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Revista Recre@rte Nš7 Julio 2007 ISSN: 1699-1834 http://www.iacat.com/Revista/recrearte07.htm |
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El pueblo de los Inválidos Hace no mucho tiempo atrás, en un lejano bosque existía un pequeño pueblo con unos frondosos y magnificentes bosques, unos preciosos manantiales con agua fresca, pura y cristalina, unos lagos extensos y de un color verde esmeralda que relucían al contacto con los rayos de sol que salían cada mañana. Todo el mundo lo miraba y le decía: “Gaspar, no sigas soñando y regresa a la realidad, tus padres necesitan que les ayudes a llevar la leña y a cortar los troncos”. Gaspar insistentemente les decía: “No estoy soñando” les estoy ayudando. Y las personas no entendían. ¿A quién le estás ayudando? Preguntaban. Y Gaspar contestaba: “A mis amigos los elementales” Lo que causaba risas y sonrisas ante tales fantasías. Muchos años después, Gaspar ya más grande, comenzó a tomar trozos de madera y tallar delicadamente las figuras de hadas, gnomos y todos sus amigos los elementales. Los pintaba hermosamente. Colores vivos y líneas curvas detallaban notablemente las características especiales de estos seres. Y una vez los terminaba, los envolvía en papel de regalo y se las llevaba a las personas que él más amaba dentro del pueblo. Sus padres le decían: “Gaspar, llevas muchos años haciendo estas cosas talladas en madera y lo único que has conseguido es gastar la madera que tenemos para calentarnos en invierno, te tengo que pedir que dejes de usar nuestra madera, porque o sino, no nos quedará nada y luego nadie va a ir al bosque a buscar”. “Las figuras que hago son de mis amigos en el bosque, y además hay mucha madera para seguir regalando” reclamaba Gaspar a sus padres. “Tienes razón” le dijo su madre. “Pero si quieres madera, ve a conseguir la tuya y no nos acabes la nuestra” Gaspar se fue camino al bosque, a buscar su propia madera, la cual encontró muy fácilmente, puesto que había mucha por allí. La tomo en sus brazos y regresó a su casa. Su padre, el señor Rufus, al verlo le dijo:” Gaspar, llevas mucho tiempo pintando con nuestra pintura y te pediría que ya no la uses más puesto que nosotros también tenemos que pintar nuestras cosas” A lo cual Gaspar refutó: “Papá, tenemos mucha pintura ¿porque no ocuparla entonces?” “Porque no quiero que la gastes en tonteras, puesto que alguna vez nos puede faltar” dijo el señor Rufus. “Si quieres pintura ve a conseguir la tuya” le dijo la madre, “porque nosotros nos sacrificamos para tener ésta” Gaspar no sabía que hacer, no tenía dinero para comprar pintura, ni nada para poder intercambiarla con alguien más, así que se propuso vender sus figuritas a las personas que quisieran comprárselas y con ese dinero ir comprando pintura para hacer más y más y más de sus amigos elementales tallados en madera. Cuando comenzó a ganar dinero el señor Rufus, su padre, le dijo: “Gaspar, ya que estás ganando dinero tu deber es aportar en la casa” Lo que a Gaspar le pareció razonable, pero a medida que ganaba más dinero, más dinero debía aportar en la casa y a medida que ganaba mucho más dinero, mucho más dinero debía aportar en la casa. Así fueron pasando los días, semanas y meses, hasta que un día, iba Gaspar caminando hacia el bosque y se detuvo perplejo. Miró a su alrededor y notó que su caminata no era igual que antes. Notó que su mirada ya no era igual. Su alrededor ya no era igual que hace muchos años. Algo había cambiado. Algo se había perdido. Algo que no supo como, ni donde, ni cuando, había dejado de existir. De pronto se dio cuenta que ya no existía ese Amor, esa pasión, esa alegría por hacer las figuritas. Ya no existía ese interés por tallar a sus amigos elementales en madera. Ya nada era lo mismo, ya no era el mismo. Se dio cuenta que… estaba muriendo, aun cuando seguía existiendo. Luego de haberse percatado de ello, no lo pensó dos veces. Regresó a su casa y les comunicó a sus padres. Los padres lo miraron con angustia y resolvieron: “Bueno Gaspar, si eso es lo que quieres, está bien. Pero ten en cuenta que tu has aportado periódicamente con dinero a la casa hasta ahora, y si no quieres seguir tallando en madera, te las tendrás que arreglar para seguir aportando con la misma cantidad de dinero, puesto que no podemos perder todo lo que tenemos hasta ahora por que a ti no te dan ganas de seguir trabajando. Así que o te consigues otro trabajo o te buscas otro lugar para vivir” Gaspar incapacitado para pensar lógicamente en ese momento y confuso en lo que le estaba pasando, comenzó a buscar otro trabajo. Sin cesar iba a hablar con una persona y otra ofreciéndoles sus servicios una y otra vez, pero nada le resultaba, además no sabía hacer nada más que tallar figuras en madera. Ya llevaba cinco días buscando otro trabajo hasta que finalmente decidió tomar una decisión. Reunió a sus padres y les dijo: “puesto que no he encontrado trabajo, prefiero irme de la casa”. Los padres sintiéndose apenados por la decisión que había tomado, se arrepintieron de sus acciones y le invitaron a quedarse en casa, a lo cual Gaspar, que sabía que su hogar ya no era el mismo, y que él también había cambiado, siguió adelante en su decisión. Los padres insistentemente trataron mediante lágrimas, enojos, rabias y toda clase de cosas de que su hijo no se fuera, pero Gaspar categórico, seguía adelante con su decisión. Tomó sus cosas y emprendió su partida hacia el bosque. Estaba absolutamente perdido, no sabía donde ir, no sabía a quién recurrir, no sabia nada… estaba solo, sin techo, sin comida, sin ayuda y sin dinero, pero había sido su decisión, así que tomó la responsabilidad que ello implicaba. Comenzó a caminar, sin rumbo, sin tiempo y sin destino… solo siguió un pequeño y estrecho sendero por el bosque hasta perderse, perderse más y más y más… Ya habían pasado siete meses desde la partida de Gaspar y nada se sabía al respecto, aunque algo muy extraño comenzó a ocurrir en el pueblo. De pronto, los arroyos y lagos se comenzaron a secar, el frío comenzó a establecerse, las flores y las rosas se marchitaban, los vegetales no crecían ni los frutos maduraban, las vertientes sabían a barro y todos estaban cayendo enfermos sin que hubiera razón alguna. Nadie sabía lo que pasaba. Comenzaron los robos, las personas morían de frío, no tenían nada que comer, nada que beber, morían de hambre… ya nada estaba bien, y nadie sabía que estaba aconteciendo. Un grupo de habitantes, entre ellos los padres de Gaspar, se reunió desesperadamente para conversar y tratar de solucionar este grave problema que estaba afectando a los suyos. “Aquí hay algo raro” decían algunos. El señor Rufus, viendo lo acontecido, se levantó y se ofreció para ir en busca de ayuda. A lo cual la señora Rufus replicó: “¿Por qué tienes que ser tú? ¿Por qué no puede ser alguien más? Mira, el hijo de la sra. Josefa es mas joven que tú. Fue como una flecha en el corazón. Los padres echaban mucho de menos a Gaspar, lloraban todas las noches por la horrible decisión que él había tomado, pero nunca más lo vieron. Supusieron que había muerto en el bosque, inclusive más con el frío que se dejaba caer por esos lugares. ¡Yo voy a ir a buscar ayuda y punto!” exclamó el señor Rufus. Nadie había salido del pueblo hace mucho tiempo, tenían todo lo que querían así que no había necesidad de ir a otros lugares. El señor Rufus tomó a la pequeña hada, la guardó en su bolsillo y comenzó su caminata con paso seguro y estable hacia el interior del bosque y más allá. Al cabo de dos horas de camino se detuvo a mirar el bosque, las flores morían sin cesar, los árboles ya no crecían, todo estaba muriendo a su paso. ¿Porque dios? ¿Porque eres así con nosotros? ¿Que hemos hecho nosotros para merecer esto? Se preguntaba el señor Rufus mientras proseguía su caminar. Ya llevaba tres días caminando y no encontraba nada, nada de nada. Se le habían acabado las provisiones, el agua y los dulces que llevaba consigo. Se encontraba totalmente perdido, cansado, no sabía donde ir, no sabía a quién recurrir, no sabia nada… estaba solo, sin techo, sin comida y sin ayuda, pero había sido su decisión, así que tomó la responsabilidad que ello implicaba. De pronto comenzó a llover, comenzó a caminar para no mojarse. De pronto divisó una cueva donde descansar mientras pasaba la lluvia. Puso sus ropajes en el piso y se quedó completamente dormido. De pronto una de las hadas, se posó en el hombro del señor Rufus, y este se quedó observándola. Era tan bella, era tan brillante, era como estar en un sueño. Pero todo a su alrededor era tan real, que no podía ser un sueño. Así que le preguntó al hada: “disculpa hada, ¿donde estoy?” y el hada sin musitar una palabra y jalándolo de sus ropajes lo llevó hasta la orilla de un gran acantilado, donde se podían ver valles de increíbles dimensiones, riveras y mesetas llenas de frutos y animales que convivían en la mas completa armonía, al ver el señor Rufus tanta belleza y amor a su alrededor comenzó a llorar, pero no de pena, lloraba de la felicidad y alegría de encontrarse en ese lugar tan precioso y lleno de vida, algo inimaginable para su acotado cerebro. El hada que podía leer su pensamiento le dijo: “esto no lo crea el cerebro, esto lo crea el corazón”. El se quedó impactado ante tal situación, al darse cuenta que sabía lo que estaba pensando. Y nuevamente el hada le dijo: “acá lo sabemos todo, nadie esconde nada, ya que nada se puede esconder, somos todos seres tan transparentes que hasta lo que piensas se puede saber y esto nos ha mantenido en armonía durante mucho tiempo, puesto que nadie miente y no tiene necesidad de hacerlo, nadie roba ya que hay mucho para todos y más, nadie daña a nadie, dado que no hay necesidad. ¡Hada espera! ¿Y el creador? exclamó el señor Rufus. ¿Bajo el árbol de Olivo? Y en eso lo divisa y se dirige hacia él. Cuando no faltaban ni diez pasos para llegar se detiene. No podía creerlo, era un milagro, era algo maravilloso, era su hijo Gaspar que se encontraba durmiendo una siesta con unos dibujos y lápices de colores a su lado. ¿Gaspar, eres tú, hijo? Exclamó su padre. Ya mas tranquilos, el padre le comenta a Gaspar que ha viajado por muchos días tratando de encontrar alimento para el pueblo que se encuentra pasando por una crisis, le cuenta que los ríos se están secando, que los árboles se están muriendo y que las personas también. Gaspar en un profundo silencio, camina unos pasos, mira a su alrededor y luego mira a su padre y le dice: “Papá, lo que hicieron al haberme dejado ir, no fue sino el clamor de mi alma por ver nuevos paisajes, por ver nuevas cosas. Ustedes no han tenido culpa alguna. Yo tomé la decisión de irme y puesto que así fue, ya no puedo volver, porque sería retroceder a algo que ya no quiero en mi vida. Aquí lo tengo todo. Todo lo que pueda imaginar y más. Todo. No hay peleas, no hay hambre, hay solo armonía porque así lo he querido yo, puesto que es el mundo que quiero crear” “Está bien” Le dice el padre. Gaspar, con una voz mucho más solemne y con una actitud muy amorosa le dice a su padre: ¿Pero como pude entrar yo? pregunta el Padre. El señor Rufus, comprendiendo y sin otra palabra que acotar, se despidió de Gaspar con un abrazo gigante. En sus ojos se podía expresar la sensación y satisfacción de haber encontrado algo más grande de lo que alguna vez había esperado. Cuando salió de la cueva por su otra orilla iba pensando en su pueblo y en lo que les iba a decir, pero se detuvo un momento y miró hacia atrás. El mundo que el hijo estaba creando iba desapareciendo a medida que este se alejaba, pero recordó lo que le había dicho su hijo. “Creer para ver” Y nuevamente el mundo comenzó a reaparecer ante sus ojos, en su más brillante esplendor. Cuando llegó todo el mundo se alegró, todo el mundo se acercaba para escuchar lo que había encontrado. Cuando se hubieron todos reunidos, el comenzó a hablar y les contó todo lo que había experimentado. Que había estado con un tigre que perseguía a una nube porque estaban jugando a la pinta. Que habían hadas a su alrededor que tomaban las hojas y se las tiraban en la nariz, que habían frutos exquisitos para saborear, que habían vegetales de todos los tipos, habían praderas inmensas con pastizales en donde venados y tigres jugaban en conjunto sin comerse entre ellos, que todo el mundo era feliz y bailaban y cantaban y jugaban sin cesar. Cuando terminó de hablar algunos preguntaron: ¡Esperen, esperen! Los trataba de detener el señor Rufus. Un grupo de habitantes se marchó dispuesto a encontrar la comida, y los frutos para llevar al pueblo. Al pasar de los días el grupo entero volvió sin encontrar nada. Al señor Rufus se le tildó de loco y nunca más se volvió a confiar en él. Al pasar de las semanas los vientos dejaron de soplar, salió el sol, los vegetales comenzaron a brotar y los frutos a madurar, algo estaba pasando pero nadie sabía que. Comenzaron a llenarse los estanques, los lagos y los arroyos con agua cristalina, dulce y exquisita. Los árboles estaban frondosos y la gente estaba contenta. Siguieron su vida y olvidaron ese período de amargura que alguna vez pasaron. Siguieron haciendo sus transacciones con dinero, cortando los árboles y recogiendo la madera para calentarse, lavando sus ropas en los ríos, echando sus basuras en la tierra y otras cosas más. Nunca más se supo de Gaspar ni de su mundo encantado, pero siempre se puede ver al padre, aislado de toda la gente, junto al arroyo, con un cuchillo en una mano y un trozo de madera en la otra, modelando las mas bellas hadas, pintando los más preciosos gnomos, y esculpiendo los mas amorosos silfos, mientras a lo lejos, saluda cordialmente con su mano, a un corcel blanco que recorría los senderos junto al arroyo, un corcel con un gran hueso salido desde su frente, un espectacular e imponente “Unicornio” jugando con unas hadas a su alrededor, que solo el señor Rufus era capaz de ver, para su entera felicidad y goce.
FIN
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