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P L E G A R I A C Ó S M I C A




Menos fuerza para la guerra
Más valor para la Paz
En tiempo de
guerra, ante vientos de guerra, cuando “dentro de
noventa días se iniciará la tercera guerra mundial según han
anunciado numerosos comunicadores sociales que están siguiendo el sombrío
acontecer de los hechos en Corea del Norte y la respuesta que le están
dando China, Rusia, EE. UU y otras naciones a la prueba de los misiles
del país comunista” la poesía se pone en guardia…
lanza una mirada de guardia y expectativa…
Alguien tiene que vigilar... A la tierra se vino a estar de guardia… Nocte dieque incubando… Ante
este desconcierto humano, en medio de esta larga letanía del dolor humano,
no queda sino vigilar, velar… tal vez orar… desarmando las desvergonzadas locuras con la fuerza de la paz… en...
PLEGARIA CÓSMICA
Más
allá del cosmos, de cara al sol y desde oriente; al norte, al este, al
sur, al oeste, galaxias, soles, astros, montes, dioses, rogad por
nosotros, por el huracán y la gaviota, por las mil cruces siderales, por
las luciérnagas sin noche, por el aullido, el grito, el griterío, por las
primaveras encendidas, por los ocupados y confusos, por las alas rotas en
el itinerario, por los presagios alumbrados, por los justos para que
enciendan de nuevo sus milagros, por la piedra, el enigma, el insomne, el
insomnio y el asombro, por el plenilunio enamorado de noches que no
acaban, durante mil años después del mundo, las latas, los ejércitos
batracios.
Por
la espalda —trozo hambriento y desgreñado—, por el castigo siempre miserable, por la
meca, el muro, sus nichos y la cúpula dorada, por el delirio de los sanos
ojos, por la lengua pegada al paladar del tacto, por el padre nuestro, el
odio nuestro, el mártir nuestro, la horca, el yugo, el verdugo y la
palabra huérfana, por el pus latiéndole a la herida, sobre el vientre de
la tierra desguazada.
Por
el escalofrío del que reza a pie, de rodillas, de dorso, de frente, de
perfil, inverso, adverso, por los opacos, roñosos, divinos arrepentidos,
fatigados guerrilleros, héroes, vueltos, pesados, entregados; por el
rastro del abecedario, por la babel y el sinsentido, por el cascabel encigarrado, por la boca, el acero, la alambrada.
Por
el arroyo, arrullo del mutismo, por el malvado, el humilde, el ángel, el
humano redimido, por la salamandra, el limpia casas, por el cocodrilo, el
ciempiés, la iguana, por el misterio de la alondra ennegrecida, por los
que follan, almuerzan, se abotonan, por la sombra insomne de esta noche
incierta, por los extáticos, los desnudos, los relámpagos; por el sueldo
micro o el sin sueldo, por los olores, los sabores y los panes, por el
ladrón enriquecido, empobreciendo, por el desnudo, el suspiro y el
empeño, por las veredas del gusano, por el santuario, cotizaciones y
valores, por los celulares vertebrados capitales, por los descosidos, los
distintos, los vestidos.
Por
los azules excrementos, por los fuegos, por las lenguas, por los dioses,
por el remanso estremecido, por el ligero, el inevitable, el insolente,
por el indicativo, imperativo, activo, impertinente o desactivo; por el
barro, sus flores, sus simientes, por las mutilaciones, los rodeos, las
posiciones, por los cumplimientos e incumplimientos, por los canallas, las sospechas, por los bastardos
y bribones, por los asquerosos y cobardes.
Por
los borbotones, los impotentes y reversos, por los inocentes, los
helados, los repletos, por los rotos, los usados, los doblados, los
desgarrados, los caídos,
encarnados, por la apetencia, la brecha, la vereda, los caminos, por el
pan escaso y la avaricia pronta, por la calma, la borrasca o la herejía.
Por
las tortillas, las especias, los emplastos, por los terremotos, los
rosarios, los bordones, por el gemido, el grito, el alarido, por el
envuelto, el quieto y el inquieto, por el furor del viento, por el
incrédulo, el silbante y el creyente, por el pleito vuestro y nuestro,
por la maleza incierta, por el enredo, la resaca, el miedo, por el
desaguadero, la desolladura, el pan que sobra, por la cólera, el odio, la
inclemencia, por el engaño y el terror y la creencia, por el
descubrimiento, encubrimiento, cubrimiento, por la náusea, la quema, las
cenizas, por el rayo, el espejo, la muralla.
Por
el ciego, el apoyo, el fundamento, por el
secreto, la tumba, la palabra, la ventana o la cortina abierta;
por el beso, el barro y el planeta, por el envite, el alfarero y el
nonato, por los matices y las gasas del silencio, por los pétalos del sol
mugiente, por las piernas callejeras salerosas, por las sombras y las
luces rotas, por el gargajo, el tártago, el trabajo y el tartajo, por la liebre, por el libre, el blindado y
el venado tuerto; por el dado, el perfume y el misterio, por vivir, por
morir o estar presentes, por los paréntesis solos moribundos, por las
balas, las dudas y las tardes, por los nombres severos de las deudas, por
la inclemente soledad del orbe, por la tardanza de quien porta el pan,
por el burdel —la cópula perfecta—.
Por
las flores que brotarán en las calles de Kandahar,
por los presagios fulgurantes del hombre emplumado, por las ventanas que
se abren más allá de las funestas noches, por todas las historias que la
ausencia nos cuenta, por quienes cañonean niños en las calles de Najaf y de Falluja, por los
imperios rapaces al acecho contra el hombre, por la humanidad en marcha
contra la barbarie.
Por
el claro misterio de la luz, por el sol de la noche más gozosa, por la
amarilla dulzura del oriente, por la tenue caricia de lo incógnito, por
la antigua quebrada de la fronda, por la nostalgia vuelta hacia la
infancia, por la aurora que se abre en el misterio, por el rayo furente
de la vida, por el arroyo que quedó dormido, por la sencillez espiritual
de un nido, por el claro sigilo del amor, por la desfachatez del
cristofué, por la luz total de nuestras cosas, por la cuajada plenitud
del grano.
Por
los sonrojados, luminosos luceros catatumbos,
mirando de reojo, por el viento durmiendo entre los árboles o a la
intemperie el niño; por la emoción de quien anhela el mar desde su aldea,
por el tiempo desafiando la fiesta de los hombres, por los cuentos y
mitos en sombras de alborada, por la fruta y el sabor de sus perfectas
mieles, por la dulce soledad del tiempo manso; por el himno triunfal de
la alegría, por la lumbre amarilla del camino, por estos girasoles que
nos miran, por la vida esa gloria suspendida, por el fulgente camino de
la luz, por embriagar de luz la eternidad.
Por
la nieve que duerme allá en Saluggia, por la
nieve que nunca vio mi aldea, por la canción de cuna de la nieve, por la
inmensa dulzura de la nieve, por el niño dormido entre la nieve, por el
retorno eterno de la nieve; por la muerte sin tregua construida, por lo
que está perdido, va o termina, por el hombre que gira con el día, por el
hombre sin tiempo ni sin fin, tan sólo un animal desconocido.
Por
la mágica mutilación, el afinamiento primordial, el sentido del
sinsentido, camino y universo y atalaya; por el arma celeste, la palabra,
para fundar un mundo para el nido, manos abiertas, pájaro en vuelo, con
hambre de luz para la siembra.
Por
el postigo y su presagio cuervo, por los instantes, cienes
y millardos, los izquierdos, los neutros, los
derechos, por lo oscuro, lo ralo, por lo ebrio, por lo hembro, lo sobrio, por lo macho, por las piedras,
cimientos y cuadriles, por las señales de la santa lluvia, por quebradas,
florestas, renacuajos, por los solteros, cuerdos y borrachos, por la tos,
la sonrisa y las estrofas, por la guerra, la paz, por los de arriba, los
del centro, sin nada, los sin heces, los de abajo, de cara al sol de
oriente, por la última estrella que veremos.
Por
la buenaventura de la rosa, por el atardecer de los venados, por el alma llanera dulcecita,
por la primera labradora a pie, por mí, por ti, Tolú y la Trifaldi, por la casa en el aire y en el suelo, por
la varilla de llegar al cielo, por los guaduales cuando van al río, por
la hazaña, la fama que eternice, por la soberbia Kalamary
en celo, por Darío, Fray Luis
y sus versiones, por la lujuria del primer jardín, por la guabina
santandereana, por las penas del río cuando brise.
Por
el tiempo que dura la agonía, por las espadas, ángeles y aldeas, por
todos los resabios rocinantes, por el plural con una sola sombra, por el
poema aquel inagotable, por el misterio del divino loco, por la noche que
se arma en ciego sueño, por la puerta falsa del corral de campo, por los
cuchillos de la lluvia a secas, la amenaza del gato en pleno hechizo, por
el barco encantado y sus aceñas, por los dos golpes a la endeble espada,
por la razón y sinrazón del viento, por el sordo pecado de la luna.
Pablo Mora
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