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Revista Recre@rte Nº6 Diciembre 2006 ISSN: 1699-1834 http://www.iacat.com/Revista/recrearte06.htm |
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EL SUEÑO Y EL
INFRAMUNDO[1] James
Hillman I. Freud y
el inframundo En ocasiones se afirma que la mayoría
de las ideas pueden ser condensadas en unas pocas palabras, y estas pocas
palabras resumidas en un título, de modo que la elección de títulos no es una
tarea sencilla. De entre los posibles para esta excursión matinal, he
barajado el de «El sueño entre el mundo y el inframundo», poniendo de
relieve al sueño como puente. Freud lo denominaba una vía regia. Pero debido
a que esta vía regia se ha convertido en una recta unidireccional del
inconsciente al consciente, he optado por afrontar el camino inverso, y de
ahí mi título, que les solicito consideren como un hito para una dirección
diferente de nuestro movimiento. En cada una de estas conferencias de
Eranos intento elaborar temas arquetípicos específicos y mostrar el modo en
el que influyen en la conciencia humana, y en particular en nuestras ideas y
en actitudes psicológicas. Así, por ejemplo, hemos considerado la psicología
del desarrollo y el crecimiento en términos del arquetipo infantil; la
psicología del anciano frente a la del joven en términos del par puer‑senex; el diagnóstico de la
histeria y la feminidad por medio de la configuración arquetípica de
Dionisos. Cada año ha proporcionado una oportunidad para ver lo que hay
detrás de las posiciones psicológicas aceptadas al situar estas posiciones
frente a un contexto arquetípico relevante. Creemos que estas perspectivas
arquetípicas pueden rectificar nuestra visión de la psique y la psicología. Estas conferencias son ensayos en epistrophé, inversión, retorno, en el
regreso del fenómeno a su contexto imaginario. El principio de contemplar los
fenómenos según su semejanza deriva del neoplatonismo de Proclo. Más
directamente, emana del trabajo de Henry Corbin y el método de ta'wil, que con tanto detalle explicó
e ilustró. Ta'wil significa
literalmente, afirma, el «"reconduire, ramener" une chose á son
origin et principe, á son archetype».[2]' El
regreso a través de la semejanza, de la similitud, es un principio
fundamental para el enfoque arquetípico de todos los fenómenos psicológicos.
Ofrece al entendimiento psicológico otra entrada principal distinta a la de
los opuestos para restablecer el orden a partir de la confusión de los
fenómenos psíquicos. Permanece como una esperanza oculta el
que estos cambios de perspectiva no sólo critiquen y rectifiquen el campo
excesivamente familiar de la psicología moderna, sino que de vez en cuando
abran nuevas perspectivas sorprendentes. A pesar de mi inclinación por lo
radical y escandalosamente nuevo y de mi gozo pueril en penetrar en las
ropas del emperador, he intentado respetar estrictas limitaciones. Quisiera
dejar claros estos límites desde el principio, pues son tanto una descripción panorámica y de método como una declaración de
fe. En primer lugar, independientemente de
lo lejos que nos aventuremos con nuestras especulaciones sobre la psique, intentaremos
permanecer dentro de los límites de la psique occidental, en las raíces
culturales, geográficas e históricas de nuestra tradición. La pretensión
romántica de explorar y descubrir es posible tan sólo dentro de las
limitaciones clásicas de lo viejo, de lo conocido y de lo reducido. Desde
esta perspectiva, la novedad no significa sino renovación, renacimiento,
pero no creación; todo cuanto se afirme está remitido a lo muerto y al
pasado, no al futuro; un comentario [unter
dem Stricht], que ha sido hecho por otros antes y mejor. Por lo tanto, y
en segundo lugar, intentaremos permanecer dentro del campo de la psicología.
Del mismo modo en que Freud y Jung abjuraban para sus premisas psíquicas de
la anatomía, la biología, la ciencia natural y la teología, la tradición de
la psicología profunda debe quedarse en casa y crear su propia parcela a medida
que avanza. Esta parcela ‑psicodinámica, psicoterapia, psicopatología‑
en estos momentos está bien cubierta, a pesar de que sólo tiene 75 años de
antigüedad. Pero no puedo imaginarme la hierba más verde en otras parcelas
(puede ser más verde justo debajo de nuestros pies, si hacemos algo para que
lo sea). Y en tercer lugar, para establecer unos límites aún más estrictos,
esta parte de la psicología de la que nos ocupamos es la misma que la
desarrollada por Freud y Jung. En realidad, es su campo. Pero nosotros lo
enfocaremos desde un ángulo diferente, ni con su arado ni en su surco, sino
adaptándolo a nuestro estilo. De este modo los contornos emergentes pueden
diferir, pero el campo sigue siendo el mismo: la psique del hombre occidental
en su tradición histórica y en su condición cultural. El objetivo es el
mismo que el suyo: desarrollar una psicología que refleje la extraordinaria
importancia del alma humana. Volviendo a nuestro tema, los sueños,
se ha afirmado que aquellos que presentan una teoría de los sueños a menudo
padecen una fantasía similar a la de Freud: uno está ocupado en una empresa
completamente nueva. «Ningún principio ha sido obtenido a partir de
descubrimientos seguros», afirmó Freud; «cada autor examina los mismos
problemas una y otra vez como si empezase desde el principio» (ID, 5). La cuestión que deseo plantear al
comienzo deriva de Aristóteles. Es una cuestión práctica, a la que todos nos
enfrentamos cada mañana al intentar interpretar nuestros propios sueños.
Aristóteles dijo: «El más experto intérprete de los sueños es aquel que es
capaz de observar las semejanzas».' A qué se asemeja el sueño, qué es lo que
constituye su semejanza, en los términos de qué cosmos debieran ser interpretadas
las imágenes del sueño. 0 en el lenguaje de este Tagung: ¿a qué mundo corresponden nuestros sueños? La fantasía que deseo tengan en
consideración en respuesta a mi pregunta procede del Romanticismo, del
Renacimiento y del mundo griego. Quiero volver hacia atrás el reloj y
retomar nuevamente el sueño antes de la época de Freud. El gran trabajo de
Freud sobre los sueños apareció el 4 de noviembre de 1899 (ID, XII), a pesar
de que el año 1900 de la portada anunciase el nuevo siglo. Ciertamente el
libro representa un punto de inflexión. Al mismo tiempo, abría la era
moderna en relación con la psique y cerraba la precedente. Por entonces existían tres visiones
dominantes del sueño: la romántica, la racionalista y la somaticista. Freud
asumió elementos de cada una de ellas y los condensó en un sistema de gran
elegancia. De los románticos adoptó la idea de que el sueño latente era un
mensaje personal importante procedente de otro mundo. De los racionalistas
aceptó la idea de que el sueño manifiesto, el lenguaje del sueño tal y como
se nos aparece, era un amasijo inservible de contrasentidos ‑para
Freud, sin embargo, era descifrable en un significado y valor latente‑.
Con los somaticistas coincidía en que el sueño reflejaba procesos
psicológicos ‑para Freud, sin embargo, estos tenían que ver
principalmente con la sexualidad y la somnolencia. De las tres posturas, la más próxima a
la de Freud era la romántica, y por tanto es esta perspectiva, por haber sido
mayoritariamente asimilada, la que en mayor medida desapareció de la era
post‑freudiana en la que todos nosotros vivimos y soñamos. Al igual
que los románticos, Freud erigió un mundo sobre el sueño y lo conectó
principalmente con el reino del ensueño (TD, 137‑138), con el mundo
nocturno, con el mito clásico, concediéndole un territorio diferenciado con
topografía propia. Al afirmar que era «absolutamente egoísta» (TD, 138), «no
una expresión social; no un medio de hacerse uno entender» (NIL, 17),
insistió en su significación privada: de nuevo un punto de vista romántico.
El sueño es un fenómeno completamente intra‑psíquico, incomprensible
incluso para su sujeto, que parece vagar a su alrededor y tomar parte en él. Freud, sin embargo, se mostró de
acuerdo con los racionalistas en dos aspectos. En primer lugar, equiparó el
mundo de los sueños con una psicosis temporal, pues tanto el mundo nocturno
como el psicótico representan «un alejamiento del mundo externo real» (NIL,
27). Freud tomó su posición con el mundo diurno de la normalidad, donde la
realidad significa externa, social, material. La segunda concesión a los
racionalistas es aún más significativa (y ruinosa para su éxito). Me refiero
a la idea de que los Tagesreste, los residuos del día, son los puntos de partida del sueño: «la
experiencia nos ha enseñado que prácticamente en todo sueño se incorpora un
indicio de la memoria, o una ilusión, o un acontecimiento [...] del día
anterior; y si llevamos hasta el final estos vínculos, a menudo descubrimos
de repente el puente desde el aparentemente remoto mundo de los sueños a la
vida real del paciente» (NIL, 20‑2 l). Asimismo: «todo sueño sin
excepción se retrotrae a una impresión de los días precedentes [ ... ] o del
día inmediatamente anterior al sueño » (OD, 3 l). Aquí da comienzo el puente
unidireccional que mencioné al inicio del artículo: «Si llevamos hasta el
final estos vínculos», nos trasladamos desde el mundo de los sueños al mundo
diurno, «a la vida real del paciente» al «día del sueño». Que el sueño puede
contener imágenes sobrantes del día, imágenes que ni siquiera recordamos
haber percibido, fue tempranamente confirmado experimentalmente por Otto
Pótz1 en Viena. Así, la antigua consideración de la mente como tabula rasa, la visión del empirismo
racional, permaneció inalterado en su esencia por la nueva teoría freudiana
del sueño. Podría demostrarse que los sueños consistían en imágenes
subliminalmente percibidas procedentes del mundo consciente. No había nada en
la mente que no estuviese primero en los sentidos. Efectivamente, el sueño
podría significar algo, pero básicamente era una readaptación de los residuos
de la vida diurna de acuerdo con
las necesidades instintivas del ensueño y la sexualidad. Al final el sueño se
transforma en un «compromiso», como lo denominaba Freud, entre las demandas
del mundo nocturno y del mundo diurno. ¿0 tal vez la visión de Freud del
sueño es un compromiso entre las posturas del mundo nocturno romántico y el
mundo diurno racionalista? Aparentemente triunfaron los racionalistas. La postura racionalista vence a la
romántica porque Freud hace volver al sueño al mundo superior. Esto sucede en
primer lugar a través del Tagesreste y
el retorno al día anterior (CP, V, 136), y se produce a partir de la
idea de Freud de la interpretación como «la traducción en el lenguaje de la
vida consciente» (CP, V, 150). Ahora bien, Freud reconoce totalmente,
incluso en el más puro sentido romántico, que el sueño en sí pertenece al inframundo. Afirma que los residuos
del día «no son el sueño en sí [...] Por sí mismos no podrían formar un
sueño. Son, en sentido estricto, tan sólo el material psíquico que la tarea
del sueño utiliza» (CP, 11, 138). El mundo diurno es sólo la causa material
del sueño; sus causas formal, eficiente y final son los deseos de Eros
trabajando de noche sobre la psique para mantenerla durmiendo (OD, 66; ID,
160 n.)[3]. Además, se muestra firme e inequívoco
acerca de la causa final del sueño, de su propósito. No tiene nada que ver
con el mundo diurno. Dice Freud: «podría ser engañoso afirmar que los sueños
están relacionados con las tareas de la vida a la que nos enfrentamos o
intentar buscar una solución para los problemas de nuestro trabajo diario [...].
Sólo hay una tarea útil [...] que puede ser adscrita a un sueño, y esta es
la protección del ensueño» (CP, V, 150‑151). Todo acerca del sueño es
ajeno a la vida consciente: su lenguaje, su moralidad (CP, V, 154), su
lógica, su tiempo. Tan ajeno es el sueño que Freud se refiere a él en el
lenguaje de la psicopatología: alucinación, psicosis (CP, IV, 145; TD, 145);
síntomas histéricos e ideas obsesivas (OD, 72). El conflicto sobresale ahora con
claridad. Por un lado, el sueño pertenece
por completo al ensueño; por otro lado, la interpretación de los sueños consiste en retrotraerlos al mundo
diurno, deberíamos decir rescatar o «reclamar» (metáfora del propio Freud) el
sueño de su demencia del inframundo e incorporarlo al principio del placer.
Freud despertaría a la psique de su abrazo en el placer erótico del mundo
nocturno. Esta es su ambición. Su libro no se titula La naturaleza de los sueños ni El estudio de los sueños, ni tampoco El mundo del sueño. Se titula Die
Traumdeutung (interpretación), y por interpretación Freud entiende, como
afirma una y otra vez, «traducción» (CP, V, 139‑140, 152; OD, 69) en el
lenguaje de la vida consciente. Por tanto, el primer y único objetivo
de la interpretación terapéutica ha sido sacar la vía regia del sueño fuera del mundo nocturno; como afirma Freud,
esta «tarea que avanza en la dirección contraria [...] es nuestro trabajo de interpretación. Dicha tarea
interpretativa busca desentrañar la tarea del sueño» QL, 170). El sueño en sí se resiste a ser
despertado en esta traducción (ID, 525). En realidad, los conceptos de
resistencia y de interpretación están directamente conectados a través de una
relación inversa (CP, V, 137‑138, 152; NIL, 23‑25). A mayor resistencia entre el «ego despertado»
y el «inconsciente», menores son las posibilidades de interpretar los
sueños; a menor resistencia entre
el sueño y el mundo diurno, mayor éxito en la traducción del sueño en
lenguaje consciente. En otras palabras, existe una clara resistencia por
parte del sueño a ser asimilado en el mundo diurno y a ser utilizado para sus
fines. Precisamente este ha sido el principal
empeño del uso terapéutico de los sueños. Reflexionamos sobre ellos a la mañana,
los transcribimos, se lo llevamos al analista y los interpretamos como
mensajes de situaciones vividas, elecciones y relaciones de nuestra vida
consciente, de sus problemas, sentimientos y pensamientos. Por medio del
sueño podemos recordar lo que fue olvidado en el pasado, percibir lo que
echamos en falta en el presente o decidir sobre el futuro, leyendo el sueño
profética y oracularmente para tendencias en el inframundo que nos ayudarán
a ajustarnos mejor para hacer frente a nuestro destino en la vida. Nuestra tesis (contraria a que los
sueños sean interpretados en el lenguaje del ego) debe hacer frente a dos
objeciones: una procedente de los freudianos y otra de los jungianos. Los
freudianos insistirían en que esta «tarea de reclamación» (NIL, 106) es
precisamente de lo que se ocupa la terapia. «El psicoanálisis es un
instrumento que posibilita al ego obtener una victoria progresiva sobre el
ello» (EI, 56). La interpretación de los sueños es una parte diaria de la
tarea de reclamación. La objeción jungiana tiene dos dimensiones. Siguiendo
a Freud, la interpretación de los sueños es efectivamente una labor de auto‑conciencia
y parte de la labor más global opus contra
naturam. Pero la misma naturaleza desea este opus. Pues «volverse
consciente» es en sí mismo un proceso arquetípico oculto en el propio deseo
del sueño. Por tanto el sueño es reclamado por la mañana y solicita
interpretación incluso para resistirse a ella. La interpretación está al
servicio de la naturaleza aún cuando se interfiera con ella. La segunda objeción jungiana a nuestra
tesis contraria a la traducción terapéutica de los sueños al mundo de la vida
consciente es todavía más sutil. Un análisis jungiano sigue el proceso de
individuación. Sitúa al sueño en el ego consciente en razón de la psique como
un todo. No es a causa de la vida que los jungianos se centren tan
intensamente sobre los sueños. Nosotros los jungianos, procedería la
argumentación, leemos los sueños por su información con respecto al proceso
de individuación, por su contenido simbólico, no por el literal. Los
relacionamos con el ego sólo en
compensación, para compensar su actitud improcedente. La interpretación
de los sueños construye un puente entre el día y la noche, creando un nuevo
punto de vista intermedio, más global, que incluye al sueño y al ego, la vida
interior y la exterior. El resto del artículo intenta afrontar
estas objeciones, las cuales pueden ser condensadas sumariamente en una
frase: el sueño requiere traducción a
lenguaje consciente, ya sea para ensanchar el dominio de la conciencia o
para servir a la demanda natural de una calidad de conciencia más amplia y
equilibrada. Al desarrollar con mayor amplitud mi tesis seguiré a Freud y a
Jung: a Freud al insistir en que el sueño no tiene nada que ver con el mundo
consciente, sino que es la psique conversando consigo misma en su propio
lenguaje; y a Jung al insistir en que el ego necesita ajustarse al mundo nocturno.
Pero no les seguiré en traer el sueño al mundo diario en otra forma que no
sea en sí mismo, lo que implica que el sueño no debe ser considerado ni como
un mensaje a descifrar por el mundo diurno (Freud), ni como una compensación
a él (Jung). Por mundo diurno y luz diurna no
entiendo el mundo diario. Más bien expreso la visión literal de cualquier
mundo donde los objetos semejan lo que parecen, donde no hemos visto lo que
hay detrás de su oscuridad, su mortal penumbra. Es este estilo de pensar del
mundo diurno (realidades literales, opuestos contrarios, pasos
procesionales) el que debe ser dejado a un lado para seguir al sueño en su
territorio natural. Allí el pensamiento se desplaza en imágenes, parecidos,
correspondencias. Para avanzar en esta dirección debemos separar el vínculo
con el mundo diurno, anticipándonos a todas las ideas que allí se originan
(traducción, reclamación, compensación). Debemos cruzar el puente y dejar que
se derrumbe detrás de nosotros. Y si no se derrumba, dejémosle quemarse. El intento de interpretar el sueño en
el contexto de la vida ha sido duramente criticado en numerosas ocasiones.
Permítanme leerles una de estas críticas: De esta
condición enfermiza de nuestros tiempos emergen los estúpidos intentos de
explicar el sueño, el producto positivo del ensueño, en términos
exclusivamente de la conciencia despierta. Este método de explicación no
veía en los sueños sino las imágenes y pensamientos semirreprimidos del día. Estas palabras fueron escritas por
Heinrich Steffens[4]
y publicadas en Leipzig en 1821, mucho antes de Freud o de nosotros. El
párrafo de Steffens representa la crítica romántica de la conciencia
despierta, una crítica, tanto antes como después de Freud, basada en la
premisa de una separación ontológica entre el mundo del día y el de la noche.
Llevado al extremo, cada mundo intenta negar el otro, y cada uno efectúa un
diagnóstico de locura o de maldad sobre el otro. Cuando Freud penetró en el sueño y en
las relaciones entre la conciencia dormida y la despierta, se introdujo en una
de las mayores fantasías arquetípicas del siglo xix. Para Fechner, a quien
pronto retomaremos, esta elección entre ensueño y estado consciente era la
esencia de la vida, su misma definición.[5] Gracias
a los románticos (tal y como ha sido expuesto con profundidad y brillantez
por Albert Béguin en su obra L'âme
romantique et le rêve, una obra
que debería constar en el sy1labus de
todas las escuelas de psicología profunda) el ensueño y el estado
consciente, el día y la noche, se han convertido en depositarios de todo tipo
posible de pensamiento. Estos «regímenes diurnos y nocturnos», utilizando la
terminología de Gilbert Durand, se han erigido en los principales portadores
de contrarios: ontológico, psicológico, simbólico, ético. Cuando expresamos
un problema en este lenguaje, nos estamos reincorporando de inmediato a una
tradición sobre el día y la noche, el dormir y el despertar, que comienza
por lo menos con Heráclito, continúa a través de Platón y la caverna, a
través del neoplatonismo y el romanticismo, y a través de los dos sistemas
de funcionamiento mental de Freud, dando como resultado las conciencias
lunar y solar de Jung. Nadie obtuvo mejor resultado de esta
metáfora que G.T. Fechner (1801‑1887), de Leipzig, quien vivió la
fantasía de un Tagesansicht y un
Nachtansicht en su vida real. Por un lado, fue el fundador de la
psicofísica, un científico intuitivo, que utilizó enfoques cuantitativos y
fisiológicos a los problemas psicológicos, mientras que, por otra parte, bajo
el pseudónimo de Dr. Mises, escribió tratados, serios y satíricos, sobre
temas tales como «La anatomía comparativa de los ángeles», «La vida
espiritual de las plantas», «El
Zend Avesta», varias sátiras Nadie obtuvo mejor resultado de esta
metáfora que G.T. Fechner (1801‑1887), de Leipzig, quien vivió la
fantasía de un Tagesansicht y un Nachtansicht en su vida real. Por un lado, fue el fundador de la
psicofísica, un científico intuitivo, que utilizó enfoques cuantitativos y
fisiológicos a los problemas psicológicos, mientras que, por otra parte, bajo
el pseudónimo de Dr. Mises, escribió tratados, serios y satíricos, sobre
temas tales como «La anatomía comparativa de los ángeles», «La vida
espiritual de las plantas», «El
Zend Avesta», varias sátiras contra la medicina, y escribió sobre la vida
después de la muerte. Vuelvo a él por varias razones, entre ellas porque Béguin
no le menciona. Fechner ilustra mejor que nadie de su
época la realidad de los dos mundos, pues en él están divididos. A la edad de
39 años, y después de años de intensas lecturas y trabajo experimental,
sobre todo en la psicofísica de la percepción de colores, se vio obligado a
llevar gafas oscuras y después se volvió ciego. Se vio abatido en un
aislamiento melancólico, perdió el control de sus pensamientos, alucinaba con
torturas y su sistema alimentario se descompuso. Permaneció en este
tormentoso mundo nocturno durante
tres años. En dos ocasiones se curó milagrosamente; una vez cuando una amiga
suya soñó con prepararle una comida de Bauernschinken,
jamón crudo con muchas especias y cocinado con zumo de limón y vino
renano. Así preparado, se lo ofreció y él se lo comió, lo cual le devolvió el
apetito y la digestión. La segunda y última vez ocurrió repentinamente una
mañana al amanecer cuando descubrió que era capaz de resistir la luz y que
incluso la anhelaba, y a partir de ahí se curó. Vivió durante otros 44 años,
hasta la edad de 86[6].
A partir de esta recuperación Fechner
se transformó. Cambió su cátedra en Física por otra en Filosofía. El mundo
diurno y el mundo nocturno adoptaron un significado distinto al de sus
precursores románticos. El mundo diurno era el reino de la luz, del espíritu,
de Dios y de la belleza; el mundo nocturno era el reino de los problemas, del
pesimismo, del secularismo ateo. Situó la idea del inconsciente en el mundo
de las tinieblas. Pero a pesar de las valencias cambiantes, la fantasía
arquetípica de los dos regímenes sigue siendo para él fundamental, como lo es
en todas las psicologías profundas. Volviendo a Fechner, sigo el ejemplo
de Freud, quien escribió en una carta a Fliess (OPA, Carta 83, 9 de febrero,
1898): «Trabajo a fondo en el libro sobre los sueños... ¡Si al menos no
tuviese que leer! La literatura sobre el tema me desborda. Lo único sensato
sobre el tema lo escribió el viejo Fechner». Esto «único sensato» que el viejo
Fechner sentenció es parafraseado y destacado por Freud (ED, 48 y 536) «el escniario de los sueños es distinto al
de la vida de las ideas conscientes». Esta idea la deriva Freud de una
reseña de la obra de Fechner Elemente
der Psychophysik (ed. 1889): Si el
escenario de la actividad psicofísica fuese el mismo durmiendo que en estado
consciente, los sueños podrían ser, en mi opinión, tan sólo una prolongación
de menor intensidad de la vida de las ideas consciente y, más aún, serían
necesariamente de la misma materia y forma. Pero la realidad es bastante
diferente. Es esta idea, que el escenario de los
sueños es esencialmente diferente, la que Freud desarrolló en la «localidad
psíquica» del inconsciente. La «localidad psíquica» del sueño, continúa,
«corresponderá a un punto [...] en el cual una de las etapas preliminares de
una imagen entra en actividad». El pensamiento de Freud aquí, como el
de Fechrier, es un pensamiento topológico[7]. Al afirmar que «una regresión topográfica
tiene lugar en los sueños» (TD, 144), Freud traslada el sueño, y con él a la
misma psicología, de un cosmos descriptivo y funcional a uno topográfico.
Devuelve a la psicoterapia el reino del espacio interior. En este punto,
Freud comienza a escribir geografía interior y a viajar por lo imaginario.
Por medio del sueño, re‑descubre el inframundo. Esto es formulado en
el lema del Traumdeutung extraído
de La Eneida de Virgilio: «flectere
si nequeo superos, Acheronta movebo» («Si no puedo hacer doblegarse a los
poderes superiores, moveré el
Aqueronte [el más terrible y siniestro río del infierno]»). Pronto «nos adentraremos en el
inframundo» con detalle. Pero asumo que su topografía original y la
descripción de sus características están
presentes en la memoria de todo el mundo, derivados de la mitología, la
religión y la poesía. Por lo tanto, cuando me refiero a la topografía del inconsciente de Freud,
les solicito que escuchen sus descripciones en contraste con el contexto de
la memoria de todos ustedes. En primer lugar, el inconsciente es
una región por debajo de la conciencia, debido a lo cual se produce un
intenso sufrimiento psíquico, las neurosis, y de ahí vienen los sueños. Entre
las dos parcelas — y Freud ha elaborado mapas (NIL, 105; El, 24)
— hay un umbral o «barrera» (NIL, 103) que previene de una transición
sencilla, e incluso un «censor» inabordable (CP, IV, 105f; IL, 140f). El
concepto que usa la psicología para describir el hecho de que una hueste de eidola [imágenes, espíritus que sólo son perceptibles por la vista] está
retenida en el otro lado es el de represión. Lo que ocurre en esta otra
«provincia mental» (NIL, 96), provoca ansiedad en nuestra vida consciente. Freud a menudo se refirió a esta otra
vertiente de un modo apotropaico, por medio de un «pronombre impersonal»
(NIL, 94). Das Es, el id, remplaza en su teoría tardía al inconsciente
topográfico. Das Es parece tener un
contexto en el pensamiento filosófico (Nietzsche y Schopenhauer), pero el modo
de Freud de referirse a él más bien apunta a un contexto dentro del
pensamiento mitológico, donde términos apotropaicos y eufemísticos fueron
frecuentes para Hades y el inframundo. Tal y como mi colega GuggeribuhI‑Craig
señalaba en una conferencia reciente, los freudianos son incapaces de
entender adecuadamente a Freud porque le toman al pie de la letra. Sólo los
jungianos pueden entender adecuadamente a Freud porque le leen considerando
su mitología. De este modo, Freud habla del «inframundo psicológico» (NIL, 79) al
describir al inconsciente y lo reprimido como un «territorio extraño»
(NIL, 78), y la energía del id como «fluida» (NIL, 100). Numerosos psicólogos de
hoy en día identifican inmediatamente extensiones
de agua, desde piscinas a océanos, como el «inconsciente». Freud afirmaba
que el ámbito del id debería ser imaginado como incomparablemente mayor que
el del ego (NIL, 104) y que lo poco
que de él sabemos es principalmente a partir de la hipnosis (derivado de
Hypnos), del sufrimiento y del estudio de los sueños (NIL, 98). También tenemos noticia de él a través de lapsus y chistes en la
conciencia que nos proveen el acceso a él. A esto lo denominaba Freud la
psicopatología de la vida cotidiana, y Jung trastornos de atención. La
mitología reconocía estas lagunas en la continuidad del suelo bajo los pies,
estas cuevas y oquedades, como entradas al inframundo. Además, como el inframundo clásico, el inconsciente recibe principalmente una descripción
negativa (NIL, 98), debido a que por definicion es invisible y no
directamente cognoscible. Freud afirma: «podemos aproximarnos al id con imágenes, y denominarlo caos, una
caldera de furiosa emoción (NIL, 98). Pero «no puede expresar lo que desea» (El, 59), como tampoco puede
hablar el muerto en el inframundo sino con una voz susurrante[8].
«Sería posible describir el id», sugiere
Freud en la última frase del ensayo que introdujo el id en la psicología, «bajo
la denominación del mudo pero poderoso instinto de muerte... » (El, 59).
Al igual que la idea clásica de la muerte, el instinto de muerte de Freud es
«escurridizo», difícil de ver (El, 40, 42, 46). En el id no prevalecen las
leyes de la lógica; y el id desconoce
valores, ni dios, ni demonio, ninguna moralidad (NIL, 99; El, 54; CP V,
155). Por encima de todo, en el id no
se reconoce el paso del tiempo (BPP, 33). Los impulsos que permanecen ahí son «virtualmente inmortales y son
conservados durante décadas como si hubiesen ocurrido recientemente»
(NIL, 99). Debido a su inmortalidad, Freud la vincula con los héroes (CP, IV, 313). Y: «en el id
[ ... ] se albergan residuos
de existencia de innumerables egos». Estas «figuras revividas de egos
anteriores» son resucitadas en una vida personal (El, 380). El ego, en la fantasía de Freud,
«significa razón y prudencia» (NIL, 102; El, 25). Nos imaginamos su relación
con el id como la del héroe con la
del inframundo. Pues también el héroe debe usar «trampas» (NIL, 102)
—la expresión es de Freud— para obtener energía para si mismo. Y
si no usa trampas, usa la «musculatura» (El, 41, 56; TD, 148; OTL, 148),
nuevamente el término es de la descripción de Freud del ego. El ego, como el héroe, debe satisfacer
las demandas airadas de lo reprimido, donde «los deseos parecen emerger de un
infierno benigno» (lL, 143). En el lenguaje de Freud, los habitantes del
inframundo son «kathéxeis [fijaciones] instintivas que buscan
descargarse —que, según nuestro punto de vista, es cuanto contiene el
ello» (NIL, 100). Estas kathéxeis realizan
inmensas demandas sobre el ego. (¿Recuerdan a los muertos vociferantes que
abordan a Ulises?) Y, finalmente, este id,
como el inframundo homérico, se encuentra completamente segregado del
mundo externo, con el que trata sólo a través del ego (NIL, 104; OTL, 69). Incluso la descripción temprana de la terapia hecha por Freud como la
«curación por la palabra» y la forma de realizarla (personas situadas de
tal forma que no se miran unas a otras, cuya mirada fija queda ritualmente
desviada) encuentra su modelo en la antigüedad. «El sacrificio a las divinidades de la muerte era realizado con el
rostro desviado; sin mirar, sólo la voz estaba permitida en el reino de los
difuntos. Esto podía producir milagros», afirma Kerényi (en referencia a
Orfeo, quien miró y perdió). No es complicado transponer la mitología
conceptual de la psicología a la mitología del inframundo, ni tampoco lo es
imaginar la relación entre el mundo diurno y el mundo nocturno como el
descenso del héroe, y nuestras modernas nociones del inconsciente como
imágenes de Tártaro y Estigia, Caronte y Cerbero, Hades y Plutón. Especialmente
este último, Plutón, es relevante para reconocer en nuestras referencias
eufemísticas al inconsciente como el
inconsciente «creativo», un almacén de abundantes riquezas, no un lugar de fijación
en el tormento, sino un lugar que, si se le propicia adecuadamente, ofrece
fértil plenitud. El eufemismo es un modo de proteger la ansiedad. En la
antigüedad, Plutón («riquezas») era un nombre eufemístico para ocultar la
profundidad aterradora de Hades. Hoy, el
inconsciente «creativo» encubre los procesos de destrucción y muerte en las
profundidades del alma. La crisis nerviosa de Freud durante su
madurez le sobrevino mientras trabajaba en el libro sobre los sueños. Ellenberger
lo denominaba una «enfermedad creativa», y la compara con las enfemedades
sufridas por Jung y Fechner. La crisis
nerviosa de Freud supuso su adentramiento decisivo en el reino de las
profundidades, algo que sus intentos previos vía hipnosis, cocaína y terapia
con histéricos no habían conseguido. En este punto debemos recordar que
la Traumdeutung de Freud está basada casi en su totalidad en sus
propios sueños, que se trata de un descenso personal, un informe directo
y un mito personal del inframundo, convertido en una obra de arte, con un
cuerpo de doctrina que ha tenido validez para otros, como la tuvo la neykia [descenso al mundo de los muertos] de Dante y los otros viajes imaginarios de los clásicos. Ellos utilizaban imágenes; Freud,
conceptos. Pero la opinión de Freud sobre su teoría de los sueños da fe
de su significado arquetípico. La
teoría de los sueños «marca un punto de inflexión,» —afirma— «pasando los análisis de ser un método
psicoterapéutico a ser una psicología de las profundidades del ser humano».
Su teoría de los sueños fue para él «un nuevo mundo, que ha sido recuperado
de las regiones del folklore y el misticismo». Freud continúa afirmando que
a menudo, cuando se sentía confuso y
dubitativo sobre su obra, volvía al sueño y a su teoría de los sueños, para
de este modo recuperar la confianza[9].
Su experiencia del inframundo, como la de Jung más tarde, fue la clave de
toda su vida. Así, Freud escribió acerca de su Traumdeutung: «Revelaciones
de este género sólo ocurren una vez en la vida». Y la causa de esta
significación personal tiene también eco en los mitos del inframundo. Freud
escribe: «[El libro] era, descubrí, una porción de mi propio auto‑análisis,
mi reacción a la muerte de mi padre —es decir, al acontecimiento más
importante, la pérdida más patética en la vida de un hombre». Escuchándole metafóricamente y teniendo
como trasfondo la nekyia o descenso arquetípico (recordemos a
Eneas y a su padre fallecido en el inframundo) apreciamos más nítidamente
cómo la teoría de los sueños de Freud podría ser su visión sustentadora y leit
motiv. No se trataba
simplemente de una teoría compuesta de hipótesis (represión, satisfacción de
deseos, actividad del sueño, etc.). Era una revelación del inframundo, formulado en el lenguaje religioso de
su tiempo y de su código personal: las
metáforas de la ciencia racional. Freud, una vez más, consideró al «gran
Fechner» (ID, 536) como precursor de una idea central. Esta idea es tan importante
para nuestra comprensión del inframundo en el psicoanálisis como para entender
su teoría de los sueños. Aquí, me estoy refiriendo a la pequeña obra de Freud
Más allá del principio de placer, donde
de nuevo se basa en Fechner (pp. 3‑5). Afirma Freud: «hemos concebido
el principio que gobierna todos los procesos mentales como un caso especial
de la tendencia a la estabilidad de
Fechner» (CP 11, 255). Las descripciones
míticas de las figuras del inframundo, fijadas en sus repeticiones
irredimibles e irreparables, se corresponden metafóricamente con el principio
de estabilidad de Fechner, con el que Freud conectaba metafóricamente el
instinto de muerte. Volveremos a esta componente invariable de la psique
al considerar el apremiante problema social denominado psicopatía o
personalidad sociopática. La deferencia de Freud para con
Fechner me sugiere algo más que un mero respeto por sus ideas[10].
El «viejo» y «gran» Fechner, con su aguda crisis nerviosa a mitad de su vida
y su experiencia del inframundo, su lucha
apasionada entre ciencia y misticismo, observación y especulación, probablemente
significó para Freud un mentor
interior, como Jung consideraba a Caro y Paracelso, Nietzsche, Dorn y
Goethe. La tradición psicológica se construye sobre su propia tradición, no
sólo en sus ideas sino también en las figuras que elegimos para iluminar, y
ayudarnos a sobrellevar, nuestra propia biografía personal. II. LA PSIQUE Y EL INFRAMUNDO Estos paralelismos, que exponen lo que
de mitológico tiene un sistema conceptual psicológico, apoyan la tesis de que
la mitología no es simplemente material del pasado, perteneciente a otra
época o restringido a estudiosos de los clásicos. El mito vive intensamente
tanto en nuestros síntomas y fantasías como en nuestras ideas y sistemas
conceptuales. El mito es precisamente aquello que otorga a estos conceptos,
como los de «inconsciente» y «ello» de Freud, su vitalidad y credibilidad.
Creemos a Freud por la subestructura metafórica y los ecos que produce en
nuestra memoria psíquica acerca del inframundo, no sólo por los argumentos de
su lógica o la demostración empírica de su evidencia. Un principio fundamental de la psicología arquetípica es la
intercambiabilidad entre mitología y psicología: la mitología es una
psicología de la antigüedad; la psicología es una mitología de la modernidad.
Los antiguos no tenían psicología propiamente dicha, pero tenían mitos,
relatos especulativos sobre los humanos y su relación con fuerzas e imágenes más-que-humanas. Los modernos
no tenemos mitología propiamente dicha, pero tenemos sistemas psicológicos,
teorías especulativas sobre los humanos y su relación con fuerzas e imágenes
más-que-humanas, llamadas hoy campos, instintos, impulsos, complejos. Este principio
de la psicología arquetípica es asimismo una
operación que ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cada actitud
psicológica en cuanto fantasía o mitologema. Funciona como crítica del
positivismo a través de los mitos. Nuestro principio actúa también sobre toda
leyenda o figura mitológicas, sacándolas del campo de lo que sólo es relato e
insertándolas en un marco más amplio, mostrando
cómo funciona exactamente un mito en la psique, en los hábitos de la mente y
los del corazón. Buscamos movernos de una a otra, de modo que psicología
y mitología se iluminen mutuamente, y estorben la pretensión de cada una de
ellas de que se las considere sólo en sus propios términos. PROFUNDIDAD. La relación
entre mitología y psicología aparece de modo manifiesto en el término Tiefenpsychologie [Psicología de las profundidades], propuesto a principios de siglo por
Eugen Bleuler,el psicólogo de Zurich, como el apropiado para la nueva ciencia
del psicoanálisis[11].
A través del término profundidad reaparece una antigua imagen.
Heráclito (frag. 45) vincula por vez primera psyché, lógos y bathún (profundidad): «No podrías hallar
los límites del alma aunque recorrieses todos los caminos, tan profundo es su
logos». A través de este fragmento de Heráclito, afirma Snell, la
profundidad se convierte en la dirección, la cualidad y la dimensión de la
psique. «En Heráclito la imagen de la profundidad está destinada a arrojar
luz sobre un rasgo asombroso del alma y de su reino; que tiene su propia
dimensión, que no se extiende en el espacio». Vemos aquí que
las metáforas que creemos elegir
para describir los procesos e ideas, como
el “inconsciente” de Freud y la “psicología de las
profundidades” de Bleuler, son parte inherente de los procesos e
ideas mismos. Es como si el propio
material arquetípico eligiese sus términos descriptivos como un aspecto de su
auto‑expresión. Esto
significaría que “dar nombre” no es una actividad nominalista,
sino realista en verdad, porque el
nombre nos conduce a su realidad. Podríamos incluso decir que hay un factor
arquetípico selectivo incluido en la invención de términos. Llamemos a esto semántica o fonética arquetípicas.
Después de todo, el hecho de que
podamos extraer una significación arquetípica del lenguaje de la psicología
sugiere que la significación ya está “ahí” en las palabras, sus
raíces o sus sonidos. El
término «profundidad» y el prefijo «in»
(o «sub» o «pre») para estas profundidades valida metafóricamente la
continuidad del inframundo como antecedente del campo de la psique. La
afirmación de Heráclito sugiere
que el reino de la psique no puede ser abarcado sino a través del principio
de profundidad. Heráclito, al comienzo de la filosofía, anticipa el
Inconsciente de la psicología, al igual que Freud, al iniciar la psicología
profunda, redescubre el inframundo mitológico. No es casual que sea a
Heráclito a quien nos debamos remitir para emprender esta perspectiva
psicológica. Aristóteles dijo que Heráclito consideró al alma como su archon, su primer principio. Heráclito es el primer practicante de la
psicología profunda en nuestra tradición occidental, lo que también
significa que estamos obligados a interpretar sus fragmentos desde esta misma
perspectiva, la que sitúa a la psique en primer plano: igual que leemos a
Freud mitológicamente, hemos de leer a Herácito psicológicamente. De este modo,
su afirmación sobre la profundidad del alma sugiere asimismo que lo visible
(lo que el ojo percibe) no es nunca suficiente para el alma. Su deseo es ir
más allá, adentrarse en lo profundo. ¿Por qué? Heráclito también tiene
respuesta para esta pregunta, afirmando que: «La conexión invisible es más firme que la visible» (frag. 54),
porque, de nuevo Heráclito, «la
constitución real de cada cosa acostumbra a ocultarse a sí misma» (frag.
123), o como también se le ha traducido, «Natura
ama esconderse» (Burnet 10: Wheelwright 17). En breve, estaremos examinando
las nociones de ocultación e invisibilidad en relación con Hades, pero antes
incluso de que lo hagamos podemos hacernos una idea de lo que Heráclito
implica. Cuando juntamos los breves fragmentos que acabamos de citar, podemos
darnos cuenta de que la dimensión de profundidad
es la única que puede penetrar en lo que está escondido, incluyendo la
naturaleza misma: luego sólo el camino del alma puede llevar al verdadero
conocimiento. Heráclito sugiere la igualdad de ‘verdadero’ y
‘profundo’, y abre así el camino a la hermenéutica psicológica,
una visión de todas las cosas desde el alma. Es como si conociera nuestra
palabra inglesa understand [entender, literalmente “colocarse
debajo”], y la explorase como inteligente lector de Heidegger. Aprendemos de Heráclito
que el alma no es sólo una región en el sentido topográfico de Freud, ni
siquiera una dimensión en el sentido que le da el propio Heráclito: es una
operación de penetración, un adentrarse en las profundidades que va haciendo
alma según avanza. Si el alma es un motor primero, entonces su movimiento
primario es profundizar, gracias al cual aumenta su dimensión, tal como Freud
añadió cavernas y componentes a la
psicología mediante sus exploraciones topográficas. La búsqueda de
conexiones ocultas en una dimensión sin límite explica el imperialismo
latente de la psicología. La profundidad no tiene fin, y todas las cosas se
convierten en alma. Los elementos
básicos de todas las cosas se componen y descomponen, se generan y degeneran
en el alma (fr. 36), término primero y último de nuestro mundo móvil. En otro lugar
he descrito con cierta extensión esta
actividad infinita de “hacer alma” y la he llamado
“psicologizar”. Ahora podemos asignar un mitologema más nítido a
la actividad. La urgencia innata de ir
más allá de las apariencias, hasta la “conexión invisible” y la
estructura escondida, conduce cualquier cosa dada al mundo interior. Esta
urgencia autóctona de la psique, su deseo nativo de comprender
psicológicamente, parece análogo a lo que Freud llama el instinto de
muerte, y lo que Platón presentaba como deseo del Hades (Cratilo 403 C). Esta urgencia se
manifiesta en la mente analítica, que hace alma separando las cosas. Trabaja
mediante los procesos de destrucción, disolución, descomposición, separación
de piezas y desintegración, necesarios tanto para el psicologizar alquímico
como para el psicoanálisis moderno.
Podemos ahora entender la necesidad de términos como psicoanálisis
(Freud) y pscología analítica (Jung) para referirse al hacer alma.
Describen un método de profundidad «desintegrador», que evoca los
mitologemas de Hades. HADES Hades fue, por supuesto, el
dios de las profundidades, el dios de lo invisible. Él mismo es
invisible, lo que podría implicar que la conexión invisible es Hades, y el «qué» esencial que mantiene las cosas en
su forma es el secreto de su muerte. Y si, como dijo Heráclito, Natura
ama esconderse, entonces Natura ama a Hades. Se
nos dice que Hades carecía de templos y altares en el mundo superior, y su
confrontación con éste se experimenta como un acto violento, una violación
(el rapto de Perséfone, los asaltos contra simples ninfas de la vegetación:
Leuce y Minthe; e llíada V, 395 o Píndaro, Olímpica 9, 33). Es tan invisible que, de hecho, en toda
la colección del arte antiguo no encontramos ningún retrato ideal de Hades,
del tipo de aquéllos a los que estamos acostumbrados en el caso de otros
dioses. No tiene atributos característicos, salvo un águila, que revela su afilación soterrada con su hermano, Zeus.
No deja rastro sobre la tierra,
pues ningún clan desciende de él, ningún mortal. Rara
vez se usaba el nombre de Hades. A veces se aludía a él como “el que no es visto”; más
a menudo, como Pluto («opulencia»,
«riquezas») o como Trofonios («el que nutre»). Algunos intérpretes han
pensado que estos disfraces de Hades
son eufemismos del miedo a la muerte, pero en ese caso, ¿por qué este
eufemismo en concreto y no otro? Quizás Pluto es una descripción de Hades,
tal como Platón entendía a este Dios. En ese caso, Pluto hace referencia a la
opulencia oculta, a las riquezas de lo invisible. Podemos, entonces, entender
una de las razones por las que no se
le dispensaba culto ni sacrificios: Hades
era el rico, el que da su sustento al espíritu. A veces, se le fundía con
Thánatos («don Muerte»), del que Esquilo escribe: «Muerte es el único dios que no ama los regalos ni se preocupa de
sacrificios o libaciones, que no tiene altares ni recibe himnos» (fr. Níobe).
En las pinturas vasculares, cuando se muestra a Hades, aparece apartando el
rostro, como si ni siquera se le pudiera atribuir una fisionomía
característica. Todo esta evidencia ’negativa’ viene a
aglutinarse para formar la imagen definida de un vacío, una interioridad o
profundidad desconocida pero nominable, que esta ahí y se siente aunque no se
vea. Hades no es una ausencia, sino
una presencia oculta —incluso, una plenitud invisible. Las
investigaciones etimológicas sobre la raíz de la palabra que designa al demonio
de la muerte muestran que significa «el que oculta». Para captar mejor
cómo Hades se esconde invisiblemente en las cosas, analicemos este concepto,
prestando oídos a las conexiones ocultas, a las metáforas que contiene la
propia palabra oculto (hidden):
1) enterrado,
amortajado, dispuesto lejos de la vista, bien se trate de un cadáver o de un mysterium; 2) oculto, esotérico,
escondido en el sentido de secreto;
3) aquello que no
puede ser visto per se: no visible en tanto no espacial, no extenso; |