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ENERGÍA EFICIENTE Y MADUREZ ( PARTE I )
Tiempo de Lectura aproximado : 12' 22''
Desde hace bastantes años he creído y defendido que los seres humanos somos
entes energéticos pero que desgraciadamente no sabemos manejar esa energía
sino de forma muy elemental.
Ni siquiera, a veces, somos conscientes
de esa energía e incluso da la sensación de que la tenemos a cero; eso
sucede cuando nos sentimos abatidos, sin ánimo, sin fuerza para hacer nada ... casi en el comienzo de una temida depresión.
Sin embargo, la energía sigue estando
ahí, a la espera de ser impulsada; quizás en la misma línea de aquella
transformación que estudiábamos en la física: de energía potencial a
energía cinética.
Y, ¿cómo podemos generar y hacer
fluir esa energía de forma que logre que la organización funcione como un
ente eficiente?.
Desde hace muchos años hemos venido
hablando de que esa eficiencia será resultado de una combinación de
factores “macroorganizativos” como la estrategia,
cultura, procesos tecnología, políticas...
Y eso sigue siendo así. Lo que sucede
es que, más y más cada día, los factores “microorganizativos”
que giran alrededor de las personas (no recursos humanos, por favor)
cobran una mayor importancia. Una nueva “guerra por el talento” se avecina.
Y, ¿cómo identificar ese talento?.
Bajo mi punto de vista, el referente
principal del talento hoy en día, ya no está en el expediente académico ni
en el conocimiento técnico. Ni siquiera en la tan “manoseada” inteligencia
emocional. Seguramente puede estar en aquella persona que haga fluir su
propia energía alineadamente con la organización y estimule ese
fluir, el fluir de los demás a su alrededor.
Y, ¿cómo se materializa y qué
componentes forman parte de ese constructo
energético?.
Yo suelo enunciar:
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Pasar de...
E = mc2
... a:
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Fórmula en la que E significa Energía, m, madurez, r,
responsabilidad, las dos a, automotivación
y actitud positiva y las dos c, confianza y compromiso.
Desde hace tiempo vengo trabajando
con los conceptos de actitud, automotivación,
responsabilidad y confianza. Más recientemente centraron mi interés el tema
del compromiso (va a ser crítico en los próximos años) y la madurez.
En esta LL quiero centrarme en este
último factor, la madurez, por considerar que de cara a la necesidad de
captar talento, puede tener una importancia de primer orden.
Vamos a hablar del significado de
madurez, de la influencia social en la madurez individual, de la
realidad social actual y terminaremos señalando unos indicadores de
madurez que nos faciliten la identificación de personas más o menos maduras
(que ya me adelanto diciendo que no se correlaciona con la edad de las
mismas).
Además esta era una tarea que tenía con mis colegas-amigos del proyecto
Ulises.
La madurez y su significado
Alguien dijo aquello de que “el niño
es el padre del hombre”. Con lo cual sabemos que al ir creciendo no nos
convertimos en otra persona sino que seguimos siendo el mismo hasta llegar
a nuestra vejez. (Quizá este planteamiento deje de ser válido en no muchos
años por los avances de las neurociencias que pueden facilitar nuestro
reequilibrio entre agresiones y regeneración celular así como actuaciones
sobre partes de nuestro cerebro de forma que podamos reprogramar
programaciones anteriores). Pero, eso sí, vamos madurando y eso significa
que vamos siendo conscientes de quiénes somos (seguramente hasta un
cierto grado). Madurar significa pues, darse cuenta de las necesidades que
uno tiene, asumir la realidad sea triste o alegre, saber lo que no se
quiere y lo que de verdad se quiere (esto es aún más difícil de conseguir)
y, estar dispuesto a pagar el precio que esta consecución de lo que
se quiere, exige. El que fracasa es porque no sabe lo que realmente quiere
o porque rechaza o no está dispuesto a pagar ese precio. La persona madura
es realista acerca de sus propias limitaciones.
Síntomas que aparecen con frecuencia en
las organizaciones y que son reflejo de inmadurez son “las quejas y
los lamentos” especie de desahogos infantiles ausentes de ningún
tipo de aportación que pudiese solventar el posible problema o situación.
Suelen coincidir los quejidos con el papel victimista
o de autocastigo al que algunos se acogen y sin
duda disfrutan con él. En ocasiones incluso ese “ir de víctima” lo utilizan
como palanca desestabilizadora del virtual “perseguidor”.
Recuerdo en un programa de TV al que
me invitaron a debatir sobre el “mobbing”
(acoso moral) en la empresa. Estábamos en la mesa un abogado laboralista,
Iñaki Piñuel (autor de varios libros sobre el
tema) y yo mismo. En cierto momento del debate a mí me pareció que se
estaba magnificando en exceso el alcance del mobbing
y casi me imaginaba si no mirar a alguien al llegar al trabajo podría estar
incurso en esa figura. Y se me ocurrió decir algo no alineado con el
discurso común comenzando por manifestar que yo mismo habría sido objeto de
mobbing en una organización durante seis meses… Dije además: “hay que distinguir sin embargo,
que no todas son víctimas de otros sino que también hay “victimistas” que persiguen determinados
objetivos, que se ponen debajo de la suela del zapato de otro sin que éste
le ponga el zapato encima, que a lo sumo son víctimas de ellos mismos o
quizás de su pasado”… No pude terminar de hablar; un invitado que estaba en
el grupo de afectados y los cuáles no salían en pantalla, se levantó y me
espetó; ”Vd me está insultando a mí y a toda España…” y siguió una perorata que daba a entender que
el acoso estaba por todas partes… Y después me
espetó a la salida para seguir desahogándose conmigo.
Realmente fue un episodio interesante
y significativo del cual no dejé de aprender.
Otra forma de inmadurez puede
reflejarse en ocasiones con el cinismo. Podemos considerar el cínico
como un irrealista desmoralizado que mientras se envuelve en ese caparazón
cínico no quiere para nada mirarse a sí mismo y a lo que le rodea. Y por
supuesto rechaza afrontar las dificultades y sufrimientos propios de la
adaptación a la realidad (No todo reequilibrio es “naturalmente”
homeostático).
¿Realidad social actual entorno a la madurez?
Vaya de entrada el que no soy sociólogo sino ingeniero aeronáutico pero me
gusta estar tanto allí arriba en la nubes como abajo pisando tierra (soy
gallego). Así, me baso en mis percepciones, en mis trabajos, en mi vida.
Observo desde diferentes plataformas; la universidad, el mundo de la
empresa, la sociedad.
Siempre, sin embargo seré subjetivo
por mucho que intente desdoblarme. Por eso el epígrafe lo pongo entre
signos de interrogación.
Hay cosas que van desapareciendo y al
igual que las estaciones intermedias y las estrellas sobre las grandes
ciudades tampoco se ven demasiado adultos.
Impera el mundo de los niños y de los viejos. Y además los niños se tienen
que comportar como mayores antes de que sea su tiempo y los viejos, ya se
sabe, son como niños.
Cosas como el fútbol no desaparecen de momento. La prensa comentaba que la
final de la Copa del Mundo iba a ser vista por más de 1.000 millones de
seres humanos. Es muy significativo “ergo” no podemos menospreciar este
fenómeno.
Va prevaleciendo una vida carente
de reflexión, sin pensamiento crítico, en la que el intelecto es un
estorbo que incomoda, aburre, nos saca de la tangibilidad
de nuestro presente “que es lo único real y que hay que quemar-disfrutar a
tope”. La crítica va desapareciendo, inclusive respecto a las películas y
los libros. ¿Por qué?. Porque el adulto-niño
no lee críticas ni presta mucha atención a lo que dicen los demás. En las pelis el referente queda reducido al trailer y el
reparto.
Al estereotipo que denomino
adulto-niño, Lucy Kellaway lo denomina mediascente que es una persona que es como un
adolescente crecidito, es decir, con treinta años más. Suele sentirse
insatisfecho y con tendencia a deprimirse como un adolescente. Suelen
alternar como Kelaway la hiperactividad con las
quejas y la irascibilidad.
Muchos pensadores de hoy repiten (o repetimos) lo que ya se había dicho al menos
hace 2.500 años. Sócrates decía: “La vida sin reflexión no merece la pena
ser vivida”.
Se potencia hoy en día, el
infantilismo como modelo y se resalta la infancia como la imagen del
porvenir.
Huizinga manifiesta “el puerilismo es la actitud
de una sociedad que se comporta más infantilmente de lo que le permitiría
su grado de discernimiento, de una sociedad que, en vez de educar al niño
elevándolo a hombre, se rebaja a sí mismo al comportamiento de la puericia”.
Esto me recuerda las visitas que como
evaluador de la ANECA realizó 2-3 veces al año a diversas Universidades de
España. Sistemáticamente los profesores se quejan de falta de preparación
en los alumnos que les lleva a bajar el nivel de exigencia cada año.
¿Cómo se distinguen las actuaciones
inmaduras?. El inmaduro suele juzgar a la persona
más que a la acción (lo contrario le exigiría un análisis más fino). Y en
la inmadurez se aprecian con mucha frecuencia posiciones de dependencia y contradependencia (llevar la contraria porque sí).
La permanente pubertad (esa falta de
adultos que comentábamos antes) se distingue por una falta de dignidad
personal, de respeto y reconocimiento de los demás y hacía las opiniones de
otros. Aparece una excesiva concentración en la personalidad de uno mismo
(¿por quién se preocupa el niño?. Es como si en
estos seres inmaduros existe la necesidad absoluta de ser amado.
Falta de crítica, juicio y tendencia a la lasitud son otros indicadores de
inmadurez. Podríamos hablar también de aburrimiento reflejado con
frecuencia en las aperturas frecuentes de la boca para relajarse a través
de de un lucido y, generalmente contagioso bostezo. Los podemos considerar
a los inmaduros como reyes del “zapping” (no les
des explicaciones ni trates de profundizar que cambian de canal).
Nuestra realidad (y me refiero a la
de los afortunados de este planeta que no llegamos ni a una cuarta parte
del mismo) aparece como de “cuento de hadas” a través de los desarrollos
tecnológicos que hacen que hayan cambiado radicalmente el significado del
tiempo y del espacio. La realidad virtual está al alcance de nuestras manos
(ya incluso de nuestra voz en algunos casos). Nos trasladamos en ese
ciberespacio y la fantasía que envuelven estas posibilidades nos hacen
sentir poseedores de grandes poderes como el de la ubicuedad
por ejemplo.
Jugamos a jugar en un mundo de
objetos, de cosas (llegamos incluso a “cosificar” a las personas). Se
manipulan las cosas para divertirnos y proporcionar placer. Y cuando te
cansas las tiras y compras otras.
En el extremo transformamos la
naturaleza de lo que nos rodea – Ama a las cosas y usa a las
personas -.
Es por ello que no me gusta para nada
y lucho contra ella, la denominación que se da a las personas como “recursos
humanos”. Hay que tener en cuenta que el lenguaje condiciona
comportamientos.
Este adulto-niño es recogido por
sentimientos y emociones que en pro de la facilidad incluso dejan de serlo
y se convierten en manifestaciones “sentimentaloideas”
de éxtasis y lloros fáciles y simplones que regocijan y dan sentido a
ciertos medios de comunicación (por desgracia una gran mayoría). No hay
nada más que ver fotogramas de aficionados al fútbol llorando
desconsoladamente como si de una tragedia se tratase y sin embargo sin
repercusión sobre su vida al cabo de una semana. Como dice Vicente Verdi, estamos en una “modernidad líquida” (debe ser
por lo de las lágrimas) en la que se toca lo experiencial
(lo último en marketing-vender experiencias vitales y no productos) y lo
emocional (lo penúltimo en cuanto a dirección de personas).
El problema importante al describir esta posible realidad no son los
jóvenes sino ese adulto-niño. La inmadurez en el adolescente contiene
características básicas del pensamiento creativo, una
ansia de modificar, cambiar, revolucionar, contestar la realidad que se
encuentra. Y eso es positivo y necesario.
El problema está cuando el adulto
abdica de serlo y fuerza al adolescente a convertirse prematuramente en
adulto.
El adulto-niño busca la juventud definida no ya desde una perspectiva
biológica sino más bien desde una definición cultural en lo que aparecen
los estilos de consumo, la forma de vestir, de comportarse, de hablar.
La sociedad impele a ese adulto-niño
a ir deprisa, sin mirar hacia dónde va, atolondradamente. Eso es más propio
de la juventud como la actuación de cientos de blogs
de jóvenes que se reúnen en “wikimedios” –wiki es “rápido” en hawaiano-.
Con esas prisas, la respuesta a la
pregunta sobre la identidad de cada uno y el sentido del vivir, se aplaza
indefinidamente.
El segundo problema aparece cuando ese niño madurado precipitadamente (al
igual que se aceleran los ciclos de vida de productos, procesos...) vuelva
a la infancia a pesar de su físico de adulto ya que el niño continua siendo
paradigma de ser ideal. “Mejor que me sigan haciendo las cosas”, “el que
tiene la culpa es el otro”, “yo me comprometo hoy, mañana ya veremos”... La
identificación de la infancia con la pureza, la inocencia y la autenticidad
no se mantiene fácilmente. EL propio Agustín de Hipona
ya hace 1600 años que en sus confesiones decía (I, 6, 8): “Y cuando no me
daban lo que yo quería, o por no haberme entendido o para que no me hiciera
daño, me indignaba que mis mayores no se me sometieran y de que los libres
no me sirvieran; y llorando me vengaba de ellos. Más tarde llegué a saber
que así son los niños”. A esos “nuevos” adultos-niños les falta el valor
para afrontar todo lo que tienen ante ellos. No saben muy bien por dónde
empezar.
El emperador Augusto, cuando hablaba
de madurez, recomendaba una combinación de rapidez y paciencia, de audaz abandono
y de prudente abandono de uno mismo: “festina lente” (apresúrate
lentamente).
La paradoja va en contra de la exclusión,
del dualismo, de ese “si eres amigo de mis enemigos te convertirás en
enemigo mío” que por desgracia sigue existiendo en muchas organizaciones
(de repente me ha venido a la cabeza la Universidad).
La sociedad actual, sin embargo,
tiende a ser cada vez más paradójica encontrándose cada vez con más
facilidad los opuestos, quizá por el efecto acción-reacción en parte (ante
la mayor importancia de lo global, aparece lo local con más intensidad) y
por otro por la apertura de las realidades en un mundo en que las fronteras
se van diluyendo.
Cuando vas madurando te das cuenta
que el disfrute está más en el camino (recordar el viaje a Ítaca) que en el instante de la llegada que es algo
efímero y pasajero en cuanto a sensaciones.
Uno de los problemas de los
adultos-niños es precisamente su sentir agobiado por la gestión de su
tiempo dominada por el reloj y los demás. El salir de ese agobio implica
cambiar el reloj por la brújula y así dejar que Crhonos
(el tiempo que pasa) vaya dejando espacio a Cairos (el tiempo que se
disfruta).
En este ir hacia “lo joven” como
ideal aparece con “pseudovalores morales” como
“estética y juventud” como claves para sentirse bien, el ser uno mismo
adentro de un físico reluciente. La mente y el espíritu lo dejamos para
otras reencarnaciones quizás. ¿Quién se atreve y quiere pasar a ser adulto?
Eso significa pasar de ser un infante a una persona madura con lo que
implica: evolucionar de lo dulce, lo blando, la actitud receptiva y
dependiente a lo amargo, lo duro, la actitud preactiva que dirige la propia
vida. ¡Too much!
En el estado de inmadurez se huye de todo lo que signifique dificultad,
esfuerzo. Se busca la simplificación, lo automático, lo lineal, lo cómodo,
lo fácil. Una persona madura es de otra forma, más compleja, difícil y en
ocasiones muy dura. Eso no significa que esa madurez no te permita de vez
en cuando disfrutar relajadamente de lo fácil (¡inclusive viendo un partido
de fútbol, por supuesto!). Una vez que se asume la realidad tal como es con
sus aristas y sus zonas suaves y agradables se puede uno “echar a volar”.
El que vive en la fantasía del vuelo continuo, ¡qué difícil es que toque
tierra! Huirá continuamente de ello.
Cuando se habla de inmadurez se suele
recordar el SPP (Síndrome de Peter Pan) –James M.
Barrie. La figura de Peter
Pan encarna, por una parte, una especie de “dulce irracionalidad de la infancia”
en la que cada uno se permite el lujo de marcarse sus propias leyes y por
otro lado “la entrada en pérdida” en cuando a la falta de un
estabilizador-referente que guíe u oriente su vida futura. Hay en Peter Pan un rechazo visceral al mundo de los mayores,
de los progenitores, de cualquier referente externo vestido de autoridad.
Uno de los problemas de Peter Pan es la
dificultad que tiene de diferenciar entre fantasía y realidad. Todo es lo
mismo. Es puro juego. Todo se mezcla. Todo es válido. Cualquier barbaridad.
El mundo es pura fábula tras otra. Fáciles, cercanas, deseable pero...
irreales.
No es extraño que hoy el consumo en
cuanto a lectura en lo que significa el “management”
y crecimiento personal se fundamente en fábulas, metáforas... La capacidad
y disposición del adulto-niño parece que no da para más.- (Y que no se
enfade mi amigo Alex Rovira que este comentario para nada trata de
desvalorizar su obra sino sólo cuestiona la disposición en cuanto a
profundización intelectual del adulto-niño).
El SPP se basa en el deseo de no crecer, de seguir siendo niños. Pero uno
de los problemas de los “Niños Perdidos” es que no se sienten bien en esa “vida
de fantasía”. Se sienten aislados y fracasados. No sienten ningún avance.
Irresponsabilidad, ansia de abandono,
soledad y narcisismo aparecen como señas de identidad de Peter Pan.
Y, ¿qué lluvias pueden haber provocado estos lodos? Seguramente, como cada
realidad que nos acontece, encontraremos muy diversas causas que nos han
conducido a esa situación.
Si hablamos de los jóvenes que no
quieren crecer seguramente sus progenitores han tenido algo que ver.
Durante los últimos treinta años (la edad de nuestro sistema democrático)
grandes transformaciones se han producido. Desde el establecimiento de una
Constitución, la incorporación de la Unión Europea, la homologación como
país desarrollado entre los 10 primeros del Mundo, la incorporación de la
mujer al mercado laboral, una tasa de natalidad de las más bajas del
mundo... Todos estos factores y otros más de menor relieve nos ha llenado a
estructuras, comportamientos y roles familiares muy diferentes a los de
hace 40 años.
Quizás uno de los factores que más se pueden resaltar dentro de este modelo
es la permisividad de los progenitores que han hecho que los jóvenes
no estén convencidos que las reglas, las normas haya que aplicarlas y
cumplirlas. Ese no cumplir incluso en ocasiones se interpreta como libertad
de criterio.
La ausencia del padre cada vez es más
notoria reforzándose con la ausencia materna. Faltan los ejes de
referencia. Se pierde el juego dialéctico tradicional entre diferentes
generaciones. Aparecen vacíos en la relación padres e hijos y estos buscan
su referente afuera en el grupo de amigos o pandilla cuando no en una masa
en la que se confunde entre los demás y en donde, como dice Scalfari, se sostiene sólo por motivaciones emocionales
como suele ser la identificación de un enemigo externo siendo frecuente la
utilización de signos o símbolos distintivos y la elección de un jefe en
quien delegar todos los poderes de decisión.
La autoridad a nivel familiar se pone bajo sospecha pero quizás eso ha
pasado de una u otra forma casi siempre. De hecho no hace mucho se descifró
un jeroglífico egipcio del año 2000 antes de Cristo que decía “El fin está
próximo: los hijos ya no obedecen a sus padres” con lo que seguramente
tiempos pasados no fueran seguramente mejores sino distintos.
No es cuestión de quejarse sino de
gestionar unas diferentes realidades. Y ahí la posibilidad de conectividad
que existe hoy en día puede facilitar otro tipo de transmisión de
identidades, conocimientos, experiencias.
Existen otros elementos que influyen
y condicionan la madurez de las personas y por otra parte hemos tratado de
identificar unos indicadores que nos faciliten el descubrir una mayor o
menor madurez en las personas con las que trabajamos o pretendemos
trabajar. Pero como creo que en esta ocasión ya me he extendido bastante,
dejo esta segunda parte para después de las vacaciones.
Os dejo sin embargo, con una pregunta:
¿En qué está asentada
primordialmente nuestra identidad, en el cuerpo o en la mente?
Felices vacaciones.
José María Gasalla
Presidente Grupo Desarrollo Organizacional
Profesor de ESADE Business School
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