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Revista Recre@rte Nº6 Diciembre 2006 ISSN: 1699-1834 http://www.iacat.com/Revista/recrearte06.htm |
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TABÚ Y CENSURA Sashenka García sashenkagarcia@hotmail.com RESUMEN Los temas de tipo social han formado parte del imaginario literario
desde siempre y es el dinamismo intrínseco del mundo quien va modificando,
aportando, excluyendo los diversos tópicos que conforman esta manera de dar
cuenta de la realidad. Algunos
críticos, aun hoy, son partidarios de excluir la temática social de los
libros para niños y ofrecer sólo materiales “idealizados e inocentes” que no
perturben la serena existencia de su corta edad. En
torno a esta perspectiva encontramos una vasta muestra de libros que abordan
diferentes problemáticas desde propuestas acordes con los variados intereses,
habilidades y competencias lectoras que conforman los estadios de la
infancia. Durante
muchos años, y en ocasiones aun hoy, la literatura para niños ha fungido como
definidora de roles masculinos y femeninos estereotipados. Sin embargo, la
reivindicación de personajes femeninos ha encontrado un espacio y una voz
propia. Dos
niños que comparten sus soledades y la incomprensión de un entorno que no
acepta aquello que es distinto desarrollan una singular amistad que supera el
tiempo, la distancia y el caos de la sociedad de consumo. Desde
otra perspectiva, el humor también resulta un recurso valioso a la hora de
tratar problemáticas sociales. Su cualidad de colocarse en perspectiva
permite al lector distanciarse de la situación para luego incorporarla y
desarrollar criterios respecto a ella. Ya
aproximándonos a textos publicados para lectores jóvenes, la oferta de
materiales de calidad se enriquece día a día. Este público complejo, muchas
veces incomprendido y ávido de buenas lecturas ha debido enfrentar, como
todos, al estereotipo, el sexismo y la literatura moralizante. En
este recorrido azaroso han quedado por fuera historias y autores extraordinarios
que bien se han ganado su espacio en el mundo de los libros para niños y
jóvenes. Por más compleja o difícil que resulte determinada
temática, debe presentarse con honestidad y respeto por la misma y por el
público lector. Que el conocimiento del mundo sirva de detonante para la construcción de una realidad más justa, solidaria y tolerante. DESARROLLO En un ensayo titulado ¿Qué
es el cuento? Carlos Pacheco propone algunos elementos que pueden servir
de punto de partida para el tema que hoy nos ocupa: “Probablemente una de las prácticas más antiguas, ligada a la existencia misma del hombre sobre la tierra, sea esa de narrar historias, de contar cuentos. El ser humano vive y siente la necesidad de relatar lo vivido, de imaginar y formular otras formas posibles de experiencia. En este ejercicio, busca a veces preservar la memoria de su comunidad o establecer comunicación con sus semejantes, transmitir mensajes religiosos, éticos, políticos que estima relevantes o producir un relato cuya belleza misma lo justifica, o tal vez, y sobre todo, comprenderse y comprender el mundo al imaginar y relatar historias, explorando territorios místicos o fantásticos, épicos o cotidianos, íntimos o realistas”. La literatura es, pues,
un espacio en el cual nos “contamos” a nosotros mismos y a los demás. Por tal
motivo, los temas de tipo social han formado parte del imaginario literario
desde siempre y es el dinamismo intrínseco del mundo quien va modificando,
aportando, excluyendo los diversos tópicos que conforman esta manera de dar
cuenta de la realidad. La literatura para
niños y jóvenes se inserta en este proceso. Autores e ilustradores de todo el
mundo ofrecen una amplia gama de propuestas en torno a temas como la pobreza,
la guerra, el divorcio, la intolerancia o la muerte. Temas que pueden, por
demás, ser considerados difíciles pero que en mayor o menor medida nos tocan
a todos, incluidos los niños. Algunos críticos, aun
hoy, son partidarios de excluir la temática social de los libros para niños y
ofrecer sólo materiales “idealizados e inocentes” que no perturben la serena
existencia de su corta edad. Mantenerlos en esa suerte de agnosis
como un mecanismo de protección. Entonces, cabe la pregunta ¿es preciso
aislar al niño de la dureza de la realidad para preservar ese supuesto ideal
de inocencia? O por el contrario, se hace preciso ofrecer experiencias
estéticas de calidad que le permitan al niño ir sensibilizándose y
desarrollando un criterio propio cercano a lo humano. Me inclino,
definitivamente, por lo segundo, al igual que muchos otros. Marginar al niño de la
realidad del mundo en el cual vive no se presenta siquiera como una
posibilidad. Bien dice Kyoko Toriyama:
“La realidad es demasiado contundente para obviarla y el niño no debe estar ajeno
a ella”. Sin embargo, “los temas deben plantearse de una manera que les
permita acercarse a ella, siempre y cuando en la contundencia no esté ajena
la esperanza”. En torno a esta
perspectiva encontramos una vasta muestra de libros que abordan diferentes
problemáticas desde propuestas acordes con los variados intereses,
habilidades y competencias lectoras que conforman los estadios de la
infancia. Pues resulta de vital importancia que el niño pueda establecer
empatía e identificación con los personajes que ofrece la ficción. Pretendo
en este espacio ofrecer una panorámica de autores e ilustradores que trabajan
con estas temáticas desde una visión que, según mi criterio y experiencia en
el campo de los libros para niños y jóvenes, se presenta honesta y respetuosa
hacia la literatura y, en especial, hacia la infancia. Max
Velthuijs, reconocido escritor holandés, presenta
con ternura y sutileza temas tales como la tolerancia, el miedo y la muerte.
Con su serie Sapo, y por medio de este entrañable personaje descubre, para
los más pequeños, el regocijo de aprender de la diferencia en Sapo y el
forastero, también que el miedo es legítimo y que la muerte es parte de
la vida en Sapo tiene miedo y Sapo y la canción del mirlo,
respectivamente. Historias sencillas, con una anécdota definida y un entorno
cotidiano recreado en coloridas y cálidas ilustraciones, propician el
acercamiento, la identificación y la complicidad. Otro ejemplo importante
es Flon Flon y Musina de la escritora polaca Elzbieta.
Dos pequeños amigos se ven separados por el peor de los enemigos: la guerra.
Suaves acuarelas y textos breves aproximan al pequeño lector a lo
incomprensible de un fenómeno que sólo deja dolor a su paso. No obstante, la
sencillez del discurso no disminuye la contundencia de la propuesta, como
bien se refleja en las palabras del padre de Flon Flon: “La guerra no muere jamás, hijo mío. Sólo duerme de
vez en cuando. Y, cuando duerme, hay que tener cuidado para no despertarla”.
El reencuentro de los niños ofrece un rayo de luz entre la desolación, pues
como dice Nieves Rivas: “Es necesario evidenciar el problema pero no se puede
dejar al niño en la inclemencia”. Otro tema de especial interés,
particularmente a partir de los años 70’s, es la discriminación sexual.
Durante muchos años, y en ocasiones aun hoy, la literatura para niños ha
fungido como definidora de roles masculinos y femeninos estereotipados. Sin
embargo, la reivindicación de personajes femeninos ha encontrado un espacio y
una voz propia. Un ejemplo de ello sería La rebelión de las lavanderas
escrito por John Yeoman e
ilustrado por Quentin Blake.
En este libro, la opresión ejercida sobre un grupo de mujeres las lleva a
sublevarse y desarrollar su autonomía. Cabe igualmente mencionar El secuestro de la bibliotecaria de la
escritora neozelandesa Margaret Mahy,
obra en la cual una valiente y comprometida bibliotecaria se convierte en una
especie de redentora social de una banda de ladrones, nada más y nada menos
que gracias al poder de la palabra y los libros. A diferencia de otros textos
en los cuales lo femenino se potencia en la medida en que se subyuga lo
masculino, estos álbumes proponen la integración y la cooperación
comunitaria. Cabe aquí un acertado comentario de Teresa Colomer: “La voluntad
de colaborar al cambio ideológico probablemente requiere de una ponderación y
una sutilidad literaria notables”. Lygia
Bojunga Nunes, escritora
brasilera ganadora del premio Hans Christian Andersen, también
aborda problemáticas tan diversas como el público al cual las dirige. En La
cuerda floja, las desigualdades sociales, los prejuicios y la soledad
infantil se presentan desde un impecable juego de planos narrativos y un
singular manejo del elemento onírico, del cual también nos nutrimos en otras
de sus obras como La casa de la madrina o El bolso amarillo.
Una de sus libros, publicado recientemente en español por editorial Norma, Seis
veces Lucas, nos habla del machismo, la infidelidad y el maltrato
infantil más peligroso: aquél que no es evidente. Seis capítulos, seis miradas,
un solo niño. Los espacios para la interpretación quedan abiertos y permiten
al lector establecer sus propias conclusiones. También brasilera y
ganadora del Andersen, Ana María Machado ofrece
historias con temas sociales. En Niña bonita, el tema del racismo se
filtra con una suavidad poética que confronta supuestos estéticos
preestablecidos concluyendo en un final conciliador. De igual manera, El
perro del cerro y la rana de la sabana, desde un hilarante juego lingüístico,
derrota la tiranía desde la sonrisa y la cooperación. La tolerancia y la
diferencia se hacen presentes en Marcelino
Pavón, del autor francés Sempé. Dos niños que
comparten sus soledades y la incomprensión de un entorno que no acepta
aquello que es distinto desarrollan una singular amistad que supera el
tiempo, la distancia y el caos de la sociedad de consumo. En Venezuela, Orlando
Araujo se erige como uno de los más destacados representantes de la narrativa
realista para niños. Miguel Vicente Patacaliente es
un niño limpiabotas como tantos otros que, desgraciadamente, encontramos en
nuestras calles. La dureza de su existencia en una ciudad nada complaciente
queda denunciada en las páginas del libro, pero nunca se niega la posibilidad
del cambio. Por el contrario, se sugiere por medio de recursos como el sueño
y la magia. El viaje iniciático que lleva implícito
un crecimiento. Otros libros de la
Colección Así vivimos de Ediciones Ekaré
conforman, igualmente, un espacio para el disfrute y la reflexión. La
calle es libre escrito por Kurusa e ilustrado
por Mónika Doppert nos
cuenta, desde adentro, la cotidianidad de un grupo de niños de un barrio
capitalino y cómo, a pesar de las dificultades, los tropiezos y la
burocracia, la integración de una comunidad es la mejor arma para vivir
dignamente. Un puñado de semillas escrito por Mónica Hughes e impecablemente ilustrado por Luis Garay plantea
la difícil situación que enfrenta una niña campesina al trasladarse a la
ciudad. La metáfora de la semilla como símbolo de fertilidad y posibilidad
sugiere la intención de un cambio. Por otra parte, La composición, de
Antonio Skármeta e ilustrado por Alfonso Ruano
aborda el tema de la represión, la tiranía y el miedo, pero sobre todo, de la
resistencia, el amor y la solidaridad. Por su parte, la autora
argentina Elsa Bornemann en su libro Un elefante ocupa mucho espacio,
recientemente reeditado por Editorial Norma, narra la historia de un elefante
que convoca una huelga en el circo en el cual trabaja en busca de
reivindicaciones laborales. Como anécdota y aunque hoy en día esto puede
parecernos incompresible, este libro fue prohibido en Argentina durante la última
dictadura militar por “incitar a la subversión”. Bien dice Graciela Montes,
con un dejo de ironía, en El corral de
la infancia: “Durante años, pacientes y razonables adultos se ocuparon de
levantar cercos para detener la fuerza arrolladora de la fantasía y de la
realidad”. Por suerte, no se puede silenciar al arte por mucho tiempo. Desde otra perspectiva,
el humor también resulta un recurso valioso a la hora de tratar problemáticas
sociales. Su cualidad de colocarse en perspectiva permite al lector
distanciarse de la situación para luego incorporarla y desarrollar criterios
respecto a ella. Felicidad Orquín opina que: “La percepción
del humor supone una doble lectura, un ‘leer entre líneas’ que puede llevar a
la risa o a lo cómico pero que siempre plantea la inquietud de la ambigüedad,
que toda obra literaria lleva implícita, y la posibilidad de una relectura. A
través del humor, el niño lector puede desdramatizar una situación
conflictiva, desmitificar una autoridad y resolver muchas tensiones en un efecto
liberador”. Ya en siglos pasados,
autores como Jonathan Swift o el mismo Cervantes se
apropiaron de esta forma expresiva para ofrecer serios cuestionamientos al establishment político y social de su
tiempo. Más cercanos a nosotros, encontramos los poemas para niños de la
escritora argentina María Elena Walsh quien, dueña
de un cuidadoso manejo del lenguaje se permite subvertirlo para crear textos
llenos de encanto, picardía y musicalidad en los cuales la parodia del orden
dejan en evidencia el cuestionamiento a las instituciones, a la estructura
caótica del mundo formal y sus arbitrariedades. Así lo vemos en libros como El
reino del revés y Zoo Loco. Como
ya dije en una ocasión éste es, para mí, quizás el aporte más importante que
ha hecho María Elena Walsh a las letras para los
pequeños. La honestidad y el respeto a la inteligencia de los niños y el afán
por desarrollar un pensamiento crítico desde la primera infancia para
construir un país y un mundo decididamente mejor. Christine
Nöstlinger, autora austríaca,
se ocupa de describir situaciones conflictivas, enfocándolas con realismo y, muchas
veces, incluyendo elementos fantásticos y una fuerte dosis de humor para
temas nada complacientes. Su libro Konrad o el niño que
salió de una lata de conservas narra la historia de un extraño niño
prefabricado de inteligencia cibernética que llega por equivocación del
correo a casa de una desconcertada mujer que tratará de cumplir, de la mejor
manera posible, su recién estrenado rol maternal. En el texto, se puede
evidenciar una fuerte crítica a la sociedad de consumo y a la sumisión social
ante las nuevas tecnologías. A este respecto, Bebe Willoughby
plantea: “Muchos escritores para niños usan el humor para mostrar la
verdad (…) Ellos tratan temas que parecerían insoportables sin el humor, de
otra manera serían demasiado tristes” (…) “El humor ofrece suficiente
distancia del dolor como para que la gente joven pueda tratar con éste. Los ayuda a verse,
a sentirse menos solos y a ganar perspectiva (…) El humor dice la verdad de
una manera que aceptamos; reímos porque sabemos. No es lúgubre ni repetitivo
ni demasiado explicado. Ofrece esperanza y eso es importante, especialmente
en libros para niños”. Ya aproximándonos a
textos publicados para lectores jóvenes, la oferta de materiales de calidad
se enriquece día a día. Este público complejo, muchas veces incomprendido y
ávido de buenas lecturas ha debido enfrentar, como todos, al estereotipo, el
sexismo y la literatura moralizante. Sin embargo, así como para los niños,
encontramos autores y obras dignas de ser leídas y releídas por generaciones. En cuanto al
tratamiento de problemáticas sociales, la autora estadounidense Katherine Paterson presenta
libros como Un puente hasta Therabithia. La amistad y la fantasía construyen un
mundo idílico en una realidad que dista mucho de serlo. La discriminación social,
la violencia doméstica y la injusticia se hacen presentes en la narración,
así como el difícil tema de la muerte, en este caso, de una niña. La sanación del dolor se resuelve desde la posibilidad de
construir y reconstruir, de crear nuevos puentes para abrir nuevos mundos. En
La gran Gilly
Hopkins enfrentamos el abandono infantil, la
soledad y la incertidumbre. Un final nada complaciente pero sincero nos
invita a pensar que aquellos afectos que construimos siempre serán nuestros. La escritora portuguesa,
Alice Vieira en Los
ojos de Ana Marta de igual manera aborda la dificultad de las relaciones
familiares y cómo la soledad y la supuesta indefensión infantil pueden
potenciar la siempre sorprendente capacidad regeneradora de los niños. Uri
Orlev, autor polaco de raza judía enfrenta el tema
de la guerra y la xenofobia en El
hombre del otro lado. Un joven se debate entre la lealtad familiar y lo
que indica el adoctrinamiento político. La contundencia de una realidad
violenta le obliga a replantearse su concepción de la vida y de lo humano. Por su parte, el
argentino Antonio Santa Ana recrea la historia de un joven cuyo hermano está
enfermo de SIDA en Ojos de perro
siberiano. Mientras la familia trata de ocultar la vergüenza, el joven y
su hermano se encuentran en la búsqueda del descubrimiento de sí mismos y del
amor que les une. Sin establecer ningún juicio de valor, Santa Ana presenta
una problemática por demás vigente con una sincera dosis de emotividad. Más recientemente, la
colección juvenil Alandar
de la editorial española Edelvives, ha dedicado un
amplio espacio a novelas, la mayoría de tipo testimonial, que versan sobre
problemas tales como la guerra, los desplazados y refugiados, los conflictos
raciales y la discriminación sexual. De esta manera, encontramos la historia
de una niña afgana que lucha por sobrevivir bajo el régimen Talibán en El pan
de la guerra, un niño palestino que enfrenta la ocupación israelí en Las piedras que hablan o un pequeño de
la tribu saharaui que descubre la historia de su pueblo desplazado,
simplemente porque su tierra ahora le pertenece “a otros” en El cazador de estrellas. El inventario,
evidentemente, podría hacerse más amplio. En este recorrido azaroso han
quedado por fuera historias y autores extraordinarios que bien se han ganado
su espacio en el mundo de los libros para niños y jóvenes. Sin embargo, el
objetivo de esta revisión no es otro que detenernos en una temática dinámica
y compleja. Confirmar que la necesidad de explicarnos el mundo es inherente a
la condición humana y que las variantes que van introduciéndose responden al
devenir de la misma existencia. Esta muestra de
autores, ilustradores y obras permite dilucidar algunos aspectos importantes
en torno a los libros para niños y jóvenes. En primer lugar, se hace preciso
entender que la literatura es, ante todo, una experiencia estética que debe
invitar al niño lector a construir un imaginario propio, a la formación de
criterios que le permitan discriminar, construir conceptos y valoraciones,
desarrollar el gusto por la palabra y la sensibilidad. Por más compleja o
difícil que resulte determinada temática, debe presentarse con honestidad y
respeto por la misma y por el público lector. Dejar espacios para la
recreación y la interpretación y no asumir posturas rígidas que conduzcan a
un sentido unívoco de la realidad, sino que por el contrario se proponga la
posibilidad de lo múltiple y el respeto a la diversidad. Lejos del panfleto y
el mal entendido didactismo. Al abordar temas sociales en la literatura para
niños y jóvenes, los textos aquí mencionados contienen, en sus variadas
formas expresivas, una propuesta subyacente: es preciso dejar abierta la
puerta a la esperanza. Que el conocimiento del mundo sirva de detonante para
la construcción de una realidad más justa, solidaria y tolerante. Pues, como
dijo Octavio Paz: “Quien ha visto la esperanza no la olvida jamás. La busca
bajo todos los cielos y en todos los hombres”. |
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