Revista Recre@rte Nº6 Diciembre 2006 ISSN: 1699-1834      http://www.iacat.com/Revista/recrearte06.htm

 

ARQUEOLOGÍA Y TEATRO: DE LOS RITUALES MIMÉTICOS PRETEATRALES EN EL ANTIGUO EGIPTO
A LA ESCUELA VIVENCIADA DEL DEMOS

 

Dr. Antonio Cantos Ceballos

Profesor Titular de Dirección Escénica de Actores

Facultad de Ciencias de la Comunicación

Universidad de Málaga

 

 

“Tu gloriosa emanación procede de

manteniendo vivos dioses y hombres.

Reptiles y animales(de cuatro patas)

 

viven de ella.

Te aproximas a nosotros desde tu (oscura) cueva cada

estación,

vertiendo el agua por la fuerza de tu alma

para incrementar los sacrificios para tu doble(es decir, alma),

alimentas a hombres y a dioses por igual.

¡Salve, oh (nuestro) señor!

No hay dios como tú

la tierra tiene tu figura;

el submundo se ajusta con tus misterios”.

 

PAPIRO DE BERLÍN

 

 

         

Este fragmento del Papiro de Berlín traducido por P. J. de Horrack y recogido por el investigador Max Müller(1990, p. 143) hace alusión a la representación dramática más importante celebrada en el Antiguo Egipto: el mitologema de Osiris. Tenemos noticia de estas representaciones dramáticas en el país del Nilo en torno al año 3000 a. C. Básicamente, estas puestas en escena tienen, en cuanto a su contenido, una clara raíz mitológica. Mediante las personificaciones de los hechos sagrados procedentes del culto a los dioses, por medio de danzas y canciones, los egipcios recuerdan los misterios del mundo: se explican los actos de la tierra por referencia a actos de personificaciones sobrenaturales.

 

          El mitologema es algo más simple que un relato, no es un cuento, ni tampoco posee para nada un carácter intelectual sino vital, pues es esencial al mito el que sea sentido como una realidad vivida, que no conoce la distinción entre sujeto y objeto, típica de la actitud intelectiva descubierta por los griegos, sino que funde a ambos, al sujeto y al objeto, en la unidad del creyente y de lo creído. De este modo, la representación de los mitologemas en la sociedad del Antiguo Egipto cumpliría la función de expresar dramáticamente la ideología de la que vive la sociedad, mantener ante su conciencia no solamente los valores que reconoce y los ideales que persigue de generación en generación, sino ante todo su ser y estructura misma, los elementos, los vínculos, las tensiones que la constituyen, justificar en fin las reglas y las prácticas tradicionales, sin las cuales todo lo suyo se dispersaría, como nos dice el profesor García Pelayo(1978, p. 27): “el mito actúa como factor integrador, es decir, capaz de convertir a la pluralidad de hombres y de grupos en una unidad“. Desde esta perspectiva, la función de los mitologemas persigue un claro afán didáctico: enseñar al pueblo, de forma oral y vivenciada, el origen y las transformaciones del mundo y de su propia sociedad, mediante su participación directa en estas ceremonias de narraciones de carácter sagrado.

 

          El mitologema más representado era el de Osiris. César Oliva y Francisco Torres(1992, p. 21), nos aportan detalles acerca de las frecuentes celebraciones-representaciones del mito de Osiris, que tenían lugar en el desierto, delante o en el interior del templo, y su duración aproximada era de ocho días que se correspondían con los ocho actos de que constaba la obra.

 

          El mitologema era interpretado por los sacerdotes y el pueblo, quienes usaban, como vestuario para la ocasión, una prenda ritual en la que dominaban los tonos blancos llegando a ser transparentes los de las muchachas. Los actores llevaban gran cantidad de adornos corporales, como peluca y trenzas, y un maquillaje a base de fuertes colores para el rostro, empleando la anilina para azular los ojos.

 

          El centro del espectáculo comprendía los rituales por la muerte de Osiris y, sobre todo, por su resurrección y entrada en el templo. Su muerte representaba la sequía anual del Nilo y su renacimiento: el desbordamiento del mismo y el crecimiento de las mieses. En suma, se venía a representar la renovación de la vida vegetal. Según el mito, el cuerpo muerto de Osiris llegó flotando a Byblos (costa de Fenicia), donde revivió en forma de árbol verde, entrando de nuevo en la vida. Osiris era el poder que daba la vida, proporcionando alimentos en este mundo y dando una existencia feliz en el otro. Por esto era el dios de los muertos y del más allá.

 

          Dentro de la representación existía una parte fundamental que se ocultaba al pueblo: la entrada del faraón y del sacerdote al cuarto de los secretos, y que tiene que ver con la teofanía de la realeza egipcia encarnada en el faraón quien, como actor principal del espectáculo y dios mismo, entraba en comunicación con el más allá para efectuar el milagro anual de la crecida del Nilo. De esta forma, el faraón se manifestaba como regulador de los poderes naturales y, por tanto, como el señor de la fertilidad, siendo, pues, el vínculo necesario entre el orden social y el orden cósmico, la única garantía de que la naturaleza siguiera su curso regular, se comportara con arreglo a las necesidades de la sociedad y todo estuviera en orden. A la salida del templo, la función terminaba con unos himnos en los que el pueblo se regocijaba del milagro anual.

 

          La historia del Antiguo Egipto se desarrolló a lo largo del Nilo, en estrecha relación con la dinámica de este río. Pocas civilizaciones antiguas, con alto nivel de desarrollo, han estado tan condicionadas por un medio geográfico como la egipcia. Egipto es un don del Nilo, afirmó Herodoto en el siglo V a. C. al visitar este país, expresando de forma afortunada esta relación. Una de las características del río Nilo era su crecida anual, provocada por las lluvias torrenciales del Sur. La crecida inundaba el valle y el delta, depositando un aluvión de tierras y limos, que los egipcios llamaban “tierra negra”, de gran fertilidad, que dejaba los campos preparados para la siembra. La vida económica de los antiguos egipcios giraba en torno al fenómeno de las inundaciones anuales. Los años de escasez, al igual que los de prosperidad, estaban relacionados, directamente, con estas inundaciones: si la crecida era excesiva, anegaba lo núcleos de población asentados al borde de las  “tierras negras”, provocando desastre y destrucción, si la crecida era escasa, las tierras cultivables disminuían y la cosecha resultaba insuficiente para alimentar a toda la población. Todo pues, o casi todo, giraba en torno a esa fuente de riqueza: las “tierras negras” que convertían al país en una potencia agrícola. Como observa la profesora Enguix(1989, p. 8), el ciclo del Nilo presentaba una gran regularidad: entre junio y septiembre tenía lugar la crecida del caudal, dejando las tierras húmedas, fértiles y aptas para el cultivo. A partir de febrero comenzaba la época de la sequía, el estiaje era creciente hasta junio, cuando se iniciaba el nuevo ciclo de inundaciones. De acuerdo con estas fases del ciclo fluvial, los egipcios dividieron el año en tres estaciones: “akit” o inundación, “peret” o estación de germinación y “shema” o estación de las cosechas.

 

          Los egipcios, basándose en la observación, asociaron el comienzo de la primera estación  con otro acontecimiento: la aparición de la estrella Sirio, que este pueblo convirtió en la manifestación de Isis, la diosa iniciadora, la que detenta el secreto de la vida, la muerte y la resurrección, encarnadora del principio femenino y fuente mágica de toda fecundidad y transformación. De este modo, cuando aparecía Sirio se celebraba el primer día del año, siendo recibido con festejos y ofrendas, dentro de las cuales ocupaba un lugar preeminente la representación del mitologema de Osiris.

 

          Osiris llega ser el dios cultivador, identificado con el sol en su fase nocturna, significando la continuidad de los nacimientos y de los renacimientos cíclicos del Nilo. Simboliza, en suma, el drama de la existencia humana en el Antiguo Egipto, abocada por la situación geográfica del país, a la muerte, pero que triunfa periódicamente sobre ésta. Osiris es la actividad vital universal, sea ésta terrena o celeste que, en la forma visible de un dios, desciende al mundo de los muertos para permitir la regeneración y, por último, la resurrección en la gloria osírica, pues, como nos dicen Jean Chevalier y Alain Gheerbrant(1991, p. 788) “todo muerto justificado es un germen de vida en las profundidades del cosmos, exactamente como un grano de trigo lo es en el seno de la tierra, llega a ser el dios cultivador”.

 

          Todos los miembros de la comunidad eran actores del mismo espectáculo existencial, aunque con un cometido diferente: el faraón-chamán como actor principal y el resto del pueblo en un relevante papel corágico. Este papel corágico, desempeñado al unísono por la comunidad, resultaba determinante en la ceremonia, puesto que aporta a la acción del faraón-mago una credulidad y una realidad eficaces, como nos explica Jean Duvignaud(1981, p.23): “La reunión en grupo de esos hombres es un agrupamiento ordenado que toma una forma, siempre la misma para cada grupo, y ordena una extensión que, sin ella, sería abstracta y vacía. Finalmente es el público quien termina el milagro o el acto de brujería porque el mago le presenta figuras que él interpreta y completa y le aporta una gramática cuya sintaxis conoce el cónclave”.

 

          Gracias al relato del productor del espectáculo, nos cuenta Peter Slade(1978, pp. 114-115), un tal I-Kherne-fert sabemos que la representación se remonta al 3000 a. C. I-Kher-nefert lo organiza todo y escoge para sí los mejores papeles, encarnando, por ejemplo, el Gran Advenimiento: camina tras los pasos de Osiris y consigue que su barca se mueva. La procesión que iba de lugar en lugar, estaba impregnada de drama por todas partes: había pompa, enemigos, viaje, matrimonio, muerte, venganza y resurrección. También existían escenas de lucha que se improvisaban en distintos lugares, mientras el público tomaba, en todo momento, un papel activo: la muchedumbre prorrumpía en agudos chillidos, y las mujeres se golpeaban fuertemente los pechos cuando el cuerpo de Osiris se introducía en el templo.

 

          Esta reciprocidad de intercambios mentales y simbólicos entre ejecutante y creyentes, adquiere un sesgo didáctico que será de vital importancia en las ulteriores sociedades históricas diferenciadas: del oficiante al pueblo educado pasan los símbolos y las religiones, y del pueblo al oficiante vuelve la credulidad que autentifica, que aporta la veracidad. En dicha reciprocidad hay una auténtica interacción de enseñanza-aprendizaje activo que produce, como síntesis, una creación mental colectiva: el mito, que sirve para dar una explicación a los misterios del universo, acerbo cultural de la comunidad, que se transmite, como legado, mediante estos gérmenes de teatralidad.

 

          El teatro griego continúa la antigua fiesta agraria y la fiesta es, ante todo, un lugar de enseñanza, donde se representan y narran los antiguos mitos, donde están operantes las fuerzas divinas en cuya eficacia se cree. El poeta ejerce de pedagogo, desplegando ante los discentes espectadores, las situaciones límite de la existencia humana en su vertiente grotesca (comedia) o terrorífica (tragedia). El público mediante la mímesis participa vivenciadamente de esta enseñanza, identificándose con el héroe y, lo que es más importante, aprehendiendo el contenido del mensaje paradigmático lanzado por el poeta.

 

          Siguiendo a R. Adrados (1983, pp. 490-491), el tema central del teatro griego se centra en la angustia y la salvación de la ciudad. Generalmente, la acción dramática se centra en un jefe o rey acompañado de su pueblo, de sus amigos o de sus servidores, que viven con él un episodio de su vida, que es la vida de la ciudad. En estas acciones, el héroe quiere salir de un problema inextricable para imponer una solución salvadora. El héroe trágico, venza o sea derrotado, sobreviva o muera, ha de pasar por el dolor. Aunque la comedia presenta un conflicto que se resuelve por medio de la risa y el recurso a la fantasía, la risa, tiene igual fuente de dolor, dado que, es la imperfección, la incoherencia del mundo ideal que el poeta pone en su lugar, lo que la provoca.

 

          Tragedia y comedia constituyen, por tanto, un testimonio privilegiado de la vida intelectual en la Atenas del siglo V a. C. donde tres autores componían, año tras año y solamente para las fiestas de las Grandes Dionisíacas (mes de marzo), una trilogía (tres dramas) cada uno y un drama satírico. A esto hay que añadir las cinco comedias para cuya representación había reservado especialmente un día. Tres días enteros, y del orden de las siete a las ocho horas diarias, permanecían en el teatro miles de espectadores (de 15 a 20.000), para ver desfilar ante sí la representación de los dramas, a razón de una trilogía y un drama satírico cada día. Las representaciones de las obras dramáticas suponían una verdadera competición (“agón”), en la que diez jueces escogidos del pueblo por los espectadores habían de decidir quién era el poeta, el corego y el protagonista (primer actor), a los que había que otorgar el premio. En este contexto descrito, Claude Mossé (1981, p. 48) resalta el nivel cultural adquirido por el demos: “cuando se piensa que fueron los atenienses reunidos en el teatro quienes coronaron a Esquilo, Sófocles y más tarde a Eurípides, prefiriéndolos a oscuros comparsas, no podemos por menos que admirar la seguridad en el juicio de este pueblo y dudar de los daños de la ‘teatrocracia’ denunciada por Platón”.

 

          Las representaciones trágicas tenían en la Atenas del siglo V a. C., una función altamente educativa. En un estado democrático como el ateniense, donde todos los ciudadanos podían participar en la cosa pública, pero donde todavía no existían escuelas regulares y el comercio de libros se encontraba en sus comienzos cuando no era inexistente, la adquisición de la cultura, estaba prácticamente ligada a la auralidad”, como afirma el profesor Bianchi Bandinelli (1981, pp. 464-465): el poeta cumplía una función civil preeminente, era el principal educador del pueblo.

 

          La vida de la democracia ateniense y su producto cultural más genuino, el drama ático, transcurren paralelamente, siendo este último un fiel espejo de su tiempo, reflejando la compleja realidad histórica, social y política dentro de la cual ha surgido y se ha desarrollado. En pleno siglo V a. C., período en el que el ciudadano se siente “político” por antonomasia y, por tanto, comprometido directamente en la dirección de la “polis”, el poeta trágico está siempre intentando desempeñar el papel de educador entre sus conciudadanos, a los que propone, enmascarado tras el mito, su visión particular del mundo, y con ésta de forma implícita, su visión personal sobre la realidad de su tiempo. La extensión urbana es, con respecto al campo, un lugar privilegiado, animado y dinamizado por la política, porque esta sugiere y ofrece la ocasión de una participación activa en la acción común que asocia a todos los hombres libres en función de su concentración en un mismo lugar. Asistimos, en el seno de la polis ateniense, al nacimiento de la razón humana componiéndose una participación basada en el universo mental centrado en el lenguaje, en el que el discurso se configura como vehículo fundamental en la relación de hombre a hombre: el diálogo, la persuasión paulatinamente, reemplazan a la violencia, típica de la dominación feudal, y regulan, a partir de entonces, las relaciones humanas. En este contexto descrito, nace el teatro como un lugar para la reflexión colectiva, en el que se ponen en tela de juicio los valores arcaicos contemplados a la luz de la nueva ética ciudadana.

 

 

3º ciclo de formación en Creatividad acorde con la C.U.E.

               > Master profesional (abierto a todos)
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Julio 2007. Encuentros Creadores. Escuela de verano de la Creatividad.    www.micat.net