Revista Recre@rte Nº6 Diciembre 2006 ISSN: 1699-1834      http://www.iacat.com/Revista/recrearte06.htm

 

 

 

CREATIVIDAD Y ANALOGÍA

Cristina López Escribano

 

 

  La creatividad constituye la vía del avance científico y humanística, la esencia misma de la investigación, que es empírica en una proporción minúscula y que, en la inmensa mayoría de los casos avanza por la analogía, creando.

 

Le preguntaron a Laura, una niña de 6 años, cómo definiría un lápiz. Se queda un rato pensando y aclara:

            “Su corazón es, la mina que por fuera se viste con madera”.

 

¿Qué habría respondido un adulto ante la misma cuestión? En principio, el adulto, tiene un concepto utilitarista de las cosas, y lo que es más grave, su pensamiento tiende a considerar fenómenos y entes según su utilidad. Habría definido un lápiz como un instrumento que sirve para escribir, y nadie le habría negado que su definición aportaba rigor.

   Esa es la grandeza y la miseria del utilitarismo: nos dice lo que necesitamos saber pero no estamos seguros de que ese todo nos sirva para nada más que para hacer algo, no para saber el por qué lo hacemos.

   De hecho, podría decirse que el utilitarismo no es una forma de pensamiento, sino la ausencia del mismo.

 Saber para qué sirve un lápiz no nos hace más inteligentes, como mucho, más útiles, más productivos.

  Una segundo grupo de adultos, ante la misma pregunta, aludirían a la forma. Un lápiz, nos habría dicho un aprendiz de esteta, es un filamento, aproximadamente cuneiforme, hecho de madera policromada y con una mina que, al presionarla sobre un papel, produce un contraste del negro sobre el blanco.

   Pero: el formalismo también se nos queda corto: tampoco nos dice nada sobre la esencia del lapicero.

        En definitiva, definimos los objetos, y lo que es peor, a las personas, según su utilidad o según su visibilidad.

 

De hecho, los textos académicos no son muy amantes de la analogía, y por tanto, de las metáforas. Los docentes tampoco somos partidarios de la analogía; lo consideramos una especie de escapismo de la cuestión nuclear que nos ocupa. Ahora bien, ese escapismo, la creatividad, es la que permite avanzar en el conocimiento. Dicho de otra forma, la creatividad es una forma nueva de calificar a la analogía como instrumento idóneo para avanzar en el conocimiento.

   Un detalle nos ayudará a demostrar la afirmación anterior: la filosofía clásica se conducía por la analogía. Los grandes filósofos no son amantes el clasicismo, sino de un lenguaje literario, plagado de comparaciones, parangones, similitudes y diferencias.

 

   El segundo de tipo de pensamiento al que me he referido es el de quien pretende definir a personas, ideas, conceptos, fenómenos e instrumentos, por su forma externa: el lápiz presenta un contraste entre lo negro y lo cromático. “El problema de esta tendencia, que hemos llamado formalista, estriba en que su margen de maniobra es estrecho”: en efecto, la esencia de un lápiz es la mina, pero la  madera que lo recubre puede ser de muy distintos colores, y también pueden divergir su tamaño, altura, grosor, composición, etc. El formalismo nunca agota las cuestiones.

Dicho de otra manera: el utilitarismo, tan preciado en nuestros días incluso en el mundo académico, supone un freno a la reflexión y, por consiguiente, a la educación. Las cosas, además de servir para algo, son algo.

   En el otro lado, el formalismo, gloria y perdición de los artistas, puede satisfacer la sensibilidad pero es prisionero de la casuística.

 

  ¿Significa todo esto que el espíritu creativo desprecia al utilitarista y al formalista? No, más bien los engloba y amplia. ¿Que sería pues, la creatividad? La creatividad como método de conocimiento seria lo propio de quien engloba método utilitarista y método formal y lo expone por analogía.

 

De esta manera ilumina al receptor con una imagen mental, un látigo de luz que deja huella en la mente de ese receptor, una huella mucho más duradera que otras definiciones presuntamente más rigurosas.

 

  En efecto, la esencia del lápiz es la mina, y con ello nos evitamos explicar para qué sirve una mina: va implícito. ¿Y la imagen del vestido de madera? Todos sabemos para qué sirve un vestido. Un vestido es el complemento a la esencia de la persona.  Lo importante  es la mina, pero del mismo modo que las personas no caminan desnudas por la calle sino que protegen su intimidad y liberan su expresión, incluso su personalidad, eligiendo una indumentaria, así la esencia del lápiz, la mina, precisa de un “vestido de madera” para poder cumplir su papel, para poder desarrollarse.

 

   Lo que en las cosas es su desarrollo, en las personas constituye su realización personal. No podía ser de otra forma, dado que la creatividad no es sino la aportación personal, ese paso más que constituye la aventura la aportación individual al conocimiento.

 

  Aún más, la creatividad constituye la vía del avance científico y humanístico, la esencia misma de la investigación, que sólo es empírica en una proporción minúscula y que, en la inmensa mayoría de los casos avanza por analogía, creando.

 

Confusiones acerca de la creatividad

  Una advertencia necesaria: en puridad, el hombre no crea, transforma. Pero la transformación representa, precisamente, novedad.

  Ahora bien, la creación por analogía no puede considerarse como la tendencia, habitualmente pueril, de lo nuevo por lo nuevo, de la vanguardia por la vanguardia. Es la mente tópica, no la creativa, la que se obsesiona por ser el centro de la modernidad, especialmente por adoptar posturas, estilos o tendencias, que reciban la aprobación de los demás, siendo “los demás”, el juicio de la mayoría, y suponiendo que esa mayoría no acepta otro criterio de conducta que “estar a la última”. Ahora bien, eso sería caer en una concepción adolescente de la creatividad.

 

  Conviene reparar aquí en el concepto de originalidad, generalmente mal utilizado y peor conceptuado. Original no es quien pugna por la novedad, sino el que vuelve al origen de las cosas, porque en el origen de las cosas radica su esencia.

   Dicho de otro modo: la creatividad encuentra lo nuevo a veces sin pretenderlo pero siempre mediante la introspección y el esfuerzo personal.   

  La mente creativa busca, ante todo, la esencia de las cosas, y la busca, repitámoslo una vez más, por analogía. 

 

Creatividad tampoco es, o no puede ser,  individualismo, sino servicio. Precisamente, el individualismo es la patología de la mente creativa, la tendencia más nociva de un fenómeno por lo demás loable y digno de ser incentivado.

 Los casos de niños creativos que, por la incomprensión del medio ambiente que les rodea, terminan por encerrarse en sí mismos y, a la postre, por sufrir una ácida soledad, que incluso los incapacita o les hace pasar por tontos, cuando sus capacidades son altas, es algo demasiado frecuente.

 No, la creatividad bien encauzada desde temprana edad gusta del trabajo en equipo, con tal de que el esfuerzo común genere algo que merezca la pena.

  El creativo se inquieta ante un grupo cuyos miembros se observan el uno al otro en lugar de mirar todos juntos en una misma dirección.       

 

  El creativo es el que más colabora, pero el primero en abandonar si comprueba que el sentimiento endogámico, o lo que es más grave, los celos internos, impiden la acción común.

  Es lógico: el creativo quiere crear, pero rechaza la ineficiencia por una razón más profunda: todo ser humano, especialmente en su periodo de formación (es decir, a lo largo de toda su vida) se debate entre el espíritu de servicio y el espíritu de ser servido. Para el que se deja llevar por la segunda vía, los demás son medios de los que servirse para el propio engrandecimiento; para el primero, son posibilidades de ayuda que revierten en una mejor realización de uno mismo.

No existe expresión pedagógica más pertinente que la locución inglesa “estar fuera de sí”. Por sublime paradoja, quien vive pendiente de los demás está más contento consigo mismo que quien sólo tiene ojos para él.

       Esto puede ser un axioma ético, pero, sobre todo, es un principio educativo demasiadas veces olvidado.

 

   Un principio que podríamos concluir así: madurez -¿Acaso no nos dedicamos a hacer madurar a nuestros alumnos?- no es más que llevar al discente desde el estado de “están pendientes de mí”, al nivel de “ya me valgo sólo”, y, sin permitir que se detenga ahí, empujarle a subir el tercer escalón de la madurez: “ahora no sólo me ocupo de mí, sino también de alguno de los que me rodean”.

  Pues bien, la mente creativa rechaza la inmadurez por principio. Y, cuidado con este detalle, tiende hacia lo que podríamos llamar “suicidio interior”, en el caso de que no contemple esa madurez en quienes le rodean: se aísla, porque su espíritu es mucho más consciente que otros sobre cuándo, en un colectivo humano, se confunde colaboración con competencia.

   En ese momento, la mente creativa se defrauda y bloquea. Y eso es lo que la creatividad no puede sobrellevar. Por eso se enquista en sí misma. La experiencia me ha enseñado que ese suicidio interior, ese aislamiento máximo, puede resultar casi imposible de “curar”, porque de una cura estamos hablando.

  Por decirlo de alguna forma: al creativo tiene más ilusión que el resto ante cualquier iniciativa. De hecho, su carácter suele ser extrovertido, pero como se le defraude es muy posible que se convierta en todo lo contrario, en un ser pasivo, casi enfadado con el mundo, o al menos despectivo ante los defectos que contempla a su alrededor y que vivencia como una hipocresía generalizada.

 

  La necesidad de esa unidad de acción, el caminar juntos en una misma dirección, todos lo sentimos de una u otra forma. Por ejemplo, es sabido que en un coro formado por un número limitado de personas, alguien puede desafinar, y el efecto de su error o de su actitud resulta especialmente llamativo, chirriante. Un coro de diez personas desafina. Sin embargo, un estadio de fútbol con 70.000 personas entonando el himno de su club, aporta una armonía natural, que ningún director podría conseguir.

 

   Pero la vida no trascurre en estadios de fútbol sino en colectivos corales de pequeño tamaño: familia, vecindad, escuela. La hipersensibilidad de la mente creativa no radica en su individualismo sino justamente en lo contrario: en la falta de colaboración que percibe, antes y más nítidamente que los demás, entre quienes le rodean.

  No necesito aclarar que, en la adolescencia, esa incomodidad del creativo se vivencia, además, como una especie de desprecio ajeno hacia las propias cualidades. El cóctel, en ese momento, puede resultar explosivo. Más aún: recriminar su “egoísmo” a un adolescente en esa situación, puede resultar contraproducente, porque los muchachos son muy sensibles a la acusación injusta. Y es injusta, dado que es por mor de su generosidad no correspondida, por lo que se ha sumido en un trance que le resulta agónico.

 

    El docente debe prestar mucha atención a ese muchacho cuya especial sensibilidad, le hace aparecer como un pedante ante sus profesores y como un repelente deseoso de llamar la atención frente a sus compañeros. Puede tratarse, en efecto, de un marisabidillo, pero no nos precipitemos en el juicio antes de charlar con él/a a solas.

   Cuesta mucho ganarse la confianza de una mente creativa. Por de pronto, no le tome como un enfermo, un chico listo pero algo desequilibrado, porque no lo es. Lo será si no se le presta la necesaria atención. Tampoco considere que su peculiar universo mental, que sorprende por su componente analógico, que instintivamente relacionamos con el mundo adulto, implica una mayor madurez afectiva. No es así.

     La mente puede avanzar y retroceder a grandes pasos pero el corazón siempre impone su ritmo. Tan necesitada esta de afecto una mente creativa como otra más indolente o acomodaticia. Más bien póngale a prueba, confíe en él y es probable cuando nos sorprenda devolviendo más de lo que se le ha dado.

  Nada más lejos de una mente creativa que el chaval aquejado del Síndrome del Emperador.

 Tanto es así, que cuando la creatividad choca con el ambiente no pelea con él ni intenta subyugarle, sino que se retira hacia su propio interior. Si eso sucede, la recuperación será lenta y el éxito nunca estará asegurado.

 La creatividad asegura una mayor comprensión, e incluso una tendencia casi compulsiva a discutir el tópico, lo políticamente correcto, lo que el común de los mortales damos por sobreentendido.

 Porque, a poco que nos detengamos a pensar, a lo mejor resulta que es él quien está en lo cierto y nosotros los que andamos errados, por no ejercer nuestra capacidad crítica.

No olvidemos que la analogía es el arma favorita del sentido común, que no deja de ser el menos común de todos los sentidos.

 

 

Cristina López Escribano

 

 

3º ciclo de formación en Creatividad acorde con la C.U.E.

               > Master profesional (abierto a todos)
               > Master Académico (para titulados)
               > Doctorado (para masters)

Julio 2007. Encuentros Creadores. Escuela de verano de la Creatividad.    www.micat.net