<%@LANGUAGE="JAVASCRIPT" CODEPAGE="1252"%> ¿DISTINGUES BIEN MEMORIA, INTELIGENCIA Y CREATIVIDAD?
Revista Recre@rte Nº4 Diciembre 2005 ISSN: 1699-1834                              http://www.iacat.com/revista/recrearte/recrearte04.htm

 

¿DISTINGUES BIEN MEMORIA, INTELIGENCIA Y CREATIVIDAD?

Mauro Rodríguez Estrada

A lo largo de mis años escolares – hace ya mucho tiempo - me enseñaron como verdad de catecismo que “las facultades específicas del hombre son tres: memoria, inteligencia y voluntad”. Así se citaban siempre, rigurosamente en ese orden.

De joven nunca advertí que podía haber gato encerrado en la prioridad dada a la memoria. Solo al estudiar pedagogía y psicología pude entender que detrás de esta enumeración había intención política: este enfoque resulta lógico sólo si la educación se toma como transmisión de conocimientos y los profesores son enseñadores y la forma típica de estudiar en la escuela es “aprender de memoria”. La memoria en cuanto tal va en la línea de la repetición y la conservación, no de la creatividad ni de la innovación.

En épocas pasadas el esquema de las sociedades era francamente autoritario. La estructura general era una pirámide, con una tríada de poderes sacralizados (nobleza, clero y ejército; es decir, poder civil, poder religioso y poder militar) en la cúspide, y por otro lado, abajo, muy abajo, la masa del pueblo destinado y orillado a obedecer, ejecutar y callar. Los individuos que no pertenecían a la triple jerarquía, no eran ciudadanos sino súbditos o vasallos; no eran autodirigidos, sino manejados desde fuera, casi al estilo de los títeres.

Dominaban el campo la sacralización y las inercias y las rutinas, con la consigna de no mover el tapete. En las cosas más importantes de la vida no había oportunidad de pensar ni e imaginar nuevos diseños; todo estaba pre-determinado.

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Recuerdo muy bien, como si fuera ayer, cómo en mi escuela primaria, en la ciudad de Morelia, el acto escolar más solemne de todo el año era el certamen de catecismo, donde los “vencedores” se ganaban un “viaje todo pagado” a la ciudad de México para competir allá en el certamen final, muy solemnizado, a nivel nacional. Allá se concentraban los vencedores en los colegios de cada ciudad; todos pertenecientes a una cadena religiosa. Había que saberse las respuestas rigurosamente al pie de la letra; una sola palabra alterada descalificaba al concursante. El vencedor, en aquel mundillo, era el héroe, aclamado y celebrado con los máximos honores.

Y ahora se pregunta uno: ¿Cómo era posible que educadores profesionales cayeran en tan burdo memorismo? ¿Posible que ignoraran el ABC de la psicopedagogía?

Tuvieron que pasar muchos años para que yo entendiera que tal memorismo no era signo de ignorancia supina; cumplía una función de tipo político: conllevaba un mensaje importante: “En los temas de religión se acepta todo sin pensar. No hay nada que discutir. Te callas y te sometes”.- No eran tontos los dirigentes que así manejaban los asuntos. Diríamos que, al contrario, se pasaban de listos: se garantizaban el dominio de las conciencias.

Y dicho estilo educativo no se limitaba al catecismo. En términos generales, los altos reconocimientos y las medallas de excelencia eran para los alumnos que sabían repetir en los exámenes finales lo que el profesor y el libro de texto les habían enseñado durante el curso.

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Pero esto delata un problema. Existe un claro reverso de la medalla. Desde hace bastante tiempo ha surgido la reacción. Grandes pensadores nos llevan a terrenos bastante alejados de dicho esquema.

Vale la pena citar a algunas autoridades.

Michel de Montaigne, el filósofo educador, apunta: “Saber de memoria no es saber: es conservar lo que se ha dado a guardar a la memoria”. –

Y deplora que en las escuelas de su época “solamente trabajamos para llenar la memoria, dejando vacías la inteligencia y la conciencia.”

El novelista italiano Carlo Dossi reflexiona con una analogía: “Creer muy inteligente al que sabe muchas cosas de memoria es como considerar gran sabio al que tiene en su casa un gran biblioteca.”

René Descartes, luminaria de la filosofía moderna, declaraba: “La verdadera inteligencia consiste en descubrir la inteligencia ajena”.

Víctor Hugo, el literato francés, afirmó: “Como el agua que no corre hace un pantano, así la mente que no trabaja hace un tonto”.

El ilustre polígrafo español Marcelino Menéndez y Pelayo sentenció que “La memoria es el talento de los tontos”

El célebre médico e historiador español, Doctor Gregorio Marañón, observaba: “La inteligencia resplandece al contacto de las dificultades, como el fósforo se enciende al ser frotado con una superficie áspera”.

Y el filósofo norteamericano Ralph Waldo Emerson reflexiona: “¿Cuál es la tarea mas difícil del mundo? Pensar.”

Pero lo malo es que la reacción contra el memorismo y contra la enseñanza que inhibe al estudiante, no ha prosperado mucho. Se limita a algunos filósofos y estudiosos de los procesos educativos.

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Debería ser claro y cristalino para todos, pero no lo es. Los humanos estamos dotados de dos inteligencias, o si se quiere, de dos distintas funciones de la inteligencia: la que capta contenidos, sobre todo los que llegan del medio externo y la que construye e innova.

Partimos del significado genuino del verbo latino intellégere o intellígere: inter + légere, como si dijéramos “leer entre líneas”, implica captar algo con la actividad interpretativa del sujeto. No se trata aquí de la memoria mecánica, superficial, automática. Pero se abre un continuum desde una actividad mínima del sujeto, hasta una rica y plena. Podemos intentar un diagrama ilustrativo:

I N T E L I G E N C I A

Receptiva
Productiva
Conocer y conservar
Imaginar y crear
Se queda en la realidad
Trasciende la realidad
Prolonga el pasado
Construye el futuro

La inteligencia productiva es ya el paso directo a la creatividad. No es posible señalar un punto exacto en el continuum que lleva de la primera a la segunda. La diferencia está sobre todo en el diferente enfoque y propósito. En efecto, hay quienes afrontan una situación con la idea de lograr una interpretación profunda y comprensiva de la realidad; y hay quienes llevan el expreso propósito de diseñar cosas nuevas. Estos últimos son los formalmente creativos.

En las sociedades conservadoras, tradicionalistas, el sistema escolar estaba diseñado para inculturar, para mantener la ideología; se centraba todo en los datos; manejaba esquemas ya hechos; entregaba paquetes culturales; la mente del alumno era como un recipiente que había que llenar.

Pero el actual mundo del cambio nos ha obligado a una enérgica reacción: tenemos que admitir que en el proceso psicopedagógico el importante no el maestro que enseña sino el alumno que aprende. La confusión de aprender con enseñar ha sido fatal, porque ha puesto el énfasis desmedidamente en el profesor, como si él fuera el protagonista.

Esto es tan absurdo como pretender que en un parto el protagonista es el médico ginecólogo!

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Es significativo que no haya sido un artista, sino un genio de las ciencias, Albert Einstein, quien declaró: “la imaginación es mas importante que los conocimientos”. En esta breve frase quedan señaladas y ubicadas nuestras dos grandes funciones intelectuales.

La función estelar de nuestra mente es pensar. Y pensar es algo muy diferente a recordar. Quien analiza la etimología y el desarrollo semántico de la palabra pensar, lo entiende de inmediato.

Raíz latina pend – pens – (pond). De ella derivan:

•  pensamiento, pensar, pensión, pienso (para el ganado)

•  ex–pendio, ex–pensas, sus–pender, sus–penso

•  dis–pendio, dis–pensa, des–pensa

•  com–pensar, re–com–pensa

•  per–pendicular, péndulo, a–péndice, pendiente

•  pesadilla, so–pesar, pésame

•  ponderar

Pensar suele ser más difícil que recordar porque es elaborar, aquí y ahora, es diseñar una construcción, es realizar una labor de análisis, es entrar en un compromiso. Pensar suele ser ambicioso y también riesgoso; pero es la base de toda creación y de toda innovación progresista.

Este mensaje de tornar al concepto genuino de pensar, es particularmente grave y serio para personas inhibidas que se han limitado a ser receptores de cultura; a “obedecer y callar”; a acomodarse a inercias y a rutinas. No es exagerado decir que hay muchas personas enfermas de no pensar.

¿No vemos la mutilación que implica el no saber hacer clara la distinción entre pensar y recordar?. ¿No urge que aprendamos a distinguir entre la memoria (reproductiva) y el pensamiento (innovador)? ¿Cuándo nos convenceremos que todos, por el solo hecho de ser personas, debemos ser pensadores? ¿Por qué renunciamos a este gran privilegio?

 

3º ciclo de formación en Creatividad acorde con la C.U.E.
               > Programa profesional (abierto a todos)
               > Master (para titulados)
               > Doctorado (para masters)

Julio 2005. INTENSIVO.    www.micat.net