LA CREATIVIDAD MANIFIESTA EN
DE
FRANCISCO BRINES
TOMAS MOTOS
Valencia. Septiembre 2004
Excmo. y Magnifico Rector ,
Autoridades
Señoras y señores:
Supone para mi un gran honor y una mayor satisfacción
hacer la presentación del poeta y académico, D. Francisco Brines, galardonado en esta
segunda edición del Premio a
No es esa mi intención ofrecer una descripción y una valoración exacta del valor de la obra de Francisco Brines y de sus logros –tarea imposible en tan corto espacio de tiempo-, sino dar noticia a ustedes de las razones que nos han movido a la hora de hacerle este homenaje.
Si concebimos la creatividad como generar ideas nuevas, comunicarlas y dejar huella, el jurado encargado de conceder el premio entendió que estos rasgos se concretan en Francisco Brines en un altísimo nivel de excelencia.
El poeta como visionario.
Si creatividad es mirar donde los demás han mirado y ver lo que los demás no han visto Francisco Brines es el paradigma del creador: Pues como él bien define el poeta es “el oscuro que mira la luz”, El poeta es un visionario, el que ve en la oscuridad, el que ve la oscuridad de la luz. La preocupación por la mirada, por el conocimiento, es una constante en su obra. Valgan como ejemplo estas dos citas:
“Soy la mirada en el jardín nublado,/ del yerto mundo, de la cama difunta/ que produce los sueños”
O estos otros versos:
“Soy el niño/ que se esconde a mirar y oír el mundo,/ a sorprender la noche cómo roba”. (poema “Todavía el tiempo, de Aún no, 1971)
Y su mirada nos redescubre el tiempo, el amor y la muerte, ejes temáticos sobre los que gira su obra. El desvanecimiento de la vida debido a la fuerza implacable del tiempo es tema central que transversalmente la recorre, desde Las brasas (1960) hasta La última costa (1995), donde el acecho del tiempo se traduce en la presencia de la muerte. Y así nos muestra que
“La
vida es el naufragio de una obstinada imagen
que ya nunca sabremos si existió” (La
última costa, 1995)
Pero la poesía no solo es la anunciación de lo permanente esquivo sino también la resurrección en la luz y en la oscuridad, en el silencio. En el poema “Significaciones” (La última costa) nos dice:
“ Había ya llegado aquel mal tiempo
que oscureció la luz del Paraíso
mis lágrimas, le dije, son de sangre,
y un crepúsculo es sólo la esperanza.
Después llegó, en tumulto, un gran silencio,
Y sordo estoy, y no he resucitado”.
Y aunque “allí donde se detuvo a vivir vio las mismas cosas derruidas”, Brines no desemboca en una postura de desesperación, sino que aceptando lo insatisfactorio de la condición humana nos alienta y dice:
“ Mirad con cuanto gozo os digo que es hermoso vivir” (Palabras en la oscuridad)
Nos convoca, pues, a una aceptación suave y luminosa de la existencia con todo lo que ella supone de insatisfacción , frustración y desengaño.
“He de entrar en la luz, esa luz ciega,
y estoy aquí, llenos de amor los ojos,
mendigando qué soy,
por qué, como si fuese un dios,
el sol es mío. (La última costa)
El poeta, en esencia el recreador demiúrgico de su yo en el espacio cósmico.
Pero creatividad también es “innovación valiosa” - como la definió Ricardo Marín-. Y la innovación valiosa siempre reclama de la iluminación. yo concibo la poesía como desvelamiento, como iluminación o por lo menos, como revelación (ha declarado Brines). Por eso, clama el poeta:
“Que vuelva pronto la luz de la mañana
o el sueño de esa luz” (De las tinieblas, La última costa)
Y la innovación, si es valiosa, ayuda, no sólo a solucionar los problemas que la vida cotidiana nos plantea, sino a que salgamos “de las tinieblas, de la aspereza del alma, de la indigna acedía que invade nuestra carne”. Y la innovación valiosa, que aporta luz y nuevas visiones, nos redime.
¿A mi quién podría salvarme?
¿tus ojos, que ahora crean mi tarde inexiste?
Lector, esfuérzate y enciéndela:
está donde un olor de rosas te llega del camino.
Si existo es porque existes.
Tú repites mi vida y no la reconozco. (La tarde imaginada , libro La última costa).
La poesía es la re-(ex)istencia que renace en el esfuerzo recreador del lector. El lector incita al poeta a que encienda la vela de la poesía y a que se encienda con él. Y eso hará que siga vivo.
El
valor de la obra creadora lo concede
siempre el lector, el público. El valor viene dado por el reconocimiento y la
aceptación por parte de la sociedad a la que el creador la destina su
obra. Y Francisco Brines es un poeta,
reconocido y admirado por las generaciones anteriores a él, por la suya propia
y por todas las siguientes. Y como muestra de este reconocimiento y
admiración están los numerosos premios
recibidos: el
legendario Adonais de Poesía
(1959) por Las brasas, su primer libro; el Premio Nacional de
Brines: un creador auténtico según
los criterios de la creatividad.
Contemplada la obra de Francisco Brines, únicamente
desde criterios de
Referente a la fluidez nos recuerda Ricardo Marín que “es la abundancia de realizaciones lo que nos revela a la mente creadora”, la cantidad de “respuestas múltiples e inusuales”. Y en este sentido su obra es de un caudal abundante y fluido. Inspirada en la reflexión serena sobre la realidad íntima y sobre la existencia trasluce coherencia y constancia, y, a la vez, sutiles transformaciones. Así, la lucidez del primer libro, Las brasas (1960), da paso a los poemas histórico-narrativos que conforman Materia narrativa inexacta (1965) y al sinuoso y reflexivo Palabras a la oscuridad (1966). Aún no (1971) abre caminos nuevos, como la sátira y un desgarrado existencialismo que preconiza la visión desengañada y a la vez metafísica de Insistencias en Luzbel (1977). Con El otoño de las rosas (1986) recobra Brines la transparencia y la diafanidad para culminar con la luminosidad otoñal de su postrer libro. En La última costa (1995), una de sus obras cumbre, alcanza unas difíciles desnudez y pureza expresivas. En ella reaparece acentuada la paradoja constante en su poesía entre el placer por estar vivo y la tristeza por el transcurso del tiempo.
Francisco
Brines ha reunido su obra en diversas antologías: Ensayo de una despedida (1984); El
rumor del tiempo (1989), Espejo ciego
(1993). Su obra poética se halla
recogida en Poesía completa (1960-1997).
Todo esto es prueba de su fertilidad creadora, del rico fluir sereno de la palabra emocionada.
Brines: la varia fertilidad creadora
genuina.
Por flexibilidad se entiende que: “la mente creadora no se detiene en su primera realización y sigue buscando nuevos caminos” ( nos dejó escrito Ricardo Marín). Así, Francisco Brines, digno representante de la llamada “poesía de la experiencia”, ha transitado de la sensorialidad a la reflexión, pasando por la ironía, desde la poesía metafísica a los poemas histórico-narrativos.
Y aunque el tema central de su obra es el deshacerse paulatino de la vida, tal como la luz se desvanece con la noche - la tarde, el crepúsculo, el claroscuro, son las metáforas que utiliza para expresar este proceso- Brines, poeta elegíaco, también celebra la vida, la naturaleza, la libertad y el recuerdo amoroso. Y se abre al retorno a lo íntimo, a la evocación nostálgica de la infancia, al amor y al erotismo, a la amistad y lo cotidiano.
Pero Francisco Brines es además un prosista ejemplar y un crítico excelente: lo corroboran sus escritos de arte, sus crónicas de fútbol y de toros y la serie de ensayos dedicados a analizar la obra de poetas como Salinas, Gerardo Diego, Lorca, Gastón Baquero, Vicent Andrés Estellés, Juan Gil-Albert, José Hierro, Vicente Gaos o Carlos Bousoño.
Por
elaboración se entiende la acabada realización de una obra. Un acabado tan preciso que no se le puede añadir ni
quitar nada.
Su poesía, elegante, y clasicista quizá más constreñida en aliento y formas al principio, con el tiempo, y sobre todo en El otoño de las rosas (1986) y La última costa, se vuelve un discurso galopante, totalmente enamorado del mundo, aunque sigue reconociendo, más atemperadamente que al principio, la presencia de la noche.
Utiliza Brines un lenguaje usual desnudo de alardes retóricos (Carlos Bousoño ha señalado su progresivo desnudamiento de estilo) y con las palabras más cotidianas consigue un altísimo tono lírico de una hondura y una resonancia poética inusitada. No es el típico poeta deslumbrante de alardes verbales (a lo Lorca, Huidobro o Neruda). Su vocación de intencionada pobreza retórica sigue el camino abierto por los poetas esenciales (Machado, Cernuda o Gil Albert) en busca de la desnudez y la pureza expresivas.
Brines,
la originalidad de lo inusual y sorprendente en lo familiar y cotidiano.
Provoca la extrañeza del lector mediante lo
usual, dotándolo de un aliento poético
inusual. Pero todo ello traducido en
hondura, en un buceo en el fondo del la condición humana: en el espacio
donde habitan los temas eternos (el tiempo, el amor, el deseo, la conciencia de
la falta de plenitud y la muerte).
El indicador de originalidad en la teoría de creatividad viene definido como “lo que aparece en una escasa proporción en una población determinada” y, además, supone una aportación valiosa. Pero también la originalidad hay que entenderla como la vuelta a los orígenes, a los principios del todo: el sol, el aire, el fuego, el agua, la roca, el pájaro. Y con este sentido con que hay que hablar de originalidad en la obra de Brines. La originalidad que sitúa al lector en el latido de las cosas y de las palabras. Así, el poema el Regreso del Verbo de libro La última costa, leemos:
“ En el principio, el Verbo. Y las aguas en él,
el sol, el chillido del pájaro, los aires.
Ramea en la colina, como un rubor, el fuego.
Y hoy, de nuevo, el Principio. Y las aguas en él,
Y en ellas la inocencia:
La fresca risa de un niño nadador
que rompe en el murmullo de las olas que rompen.
Su originalidad , esencial, residen el eterno retorno a lo profundo del ser: el hueco, el espacio y
el tiempo, dimensiones de donde no nos podemos desprender. Brines,
la originalidad de lo originario.
Y para finalizar, quiero hacerlo con palabras de Jaime Siles: Brines es poeta que resume en él la tradición y que la reconvierte y reactualiza en modernidad. Y con las de Carlos Barral que supo definirlo como lo que es: un clásico viviente, cuya obra nos emociona, nos ilumina y nos acompaña; un poeta que nos ayuda en el más difícil de todos los empeños: en ese extraño oficio que llamamos vivir. La principal creación, la mayor obra de arte, de la que somos responsables es nuestra propia vida. Y el principal reto que se nos presenta a cada uno de nosotros es darnos a luz a nosotros mismos.
¿Por qué las cosas de la infancia guardan
las estancias secretas de
(…) Vuelve a latir mi corazón de niño.
(…) y olvidado de todos, contemplo el llano abajo,
y los naranjos quietos que llegan hasta el mar.
(…) Todo es igual a mi, todo es un mismo Dios,
solo en mí yo vivo
y también en el mar, en el ciruelo abierto
o dentro del sosiego de su sombra,
en las alas sonoras de esta abeja,
en este goce ardiente que aplaca la fatiga.
(…) Han tocado
mis ojos el esplendor del mundo. (La
última costa)
Referencias bibliográficas
Brines, F. (1997): Poesía completa. Barcelona: Tusquests
Bousoño, C. (1974): “Situación y características de la poesía de Francisco Brines”· Prólogo a Ensayo de una despedida. Barcelona: Plaza y Janés.
Posadas, C. (2002): Versos comunicantes, poetas entrevistan a poetas México: Alforja, Iccm/ CONACULTA.
Siles, F
(2001): Laudatio del Excmo. Sr. D. Francisco
Brines por el Dr. D. Jaime Siles:
Francisco Brines: "un clásico viviente". http://www.upv.es/dhc/doctores/2001_francisco/laudatioc.html
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