BESTIARIO 1
Paula Vázquez
El
Mono
Anoche, cuando regresé a casa, la luz
de la cocina estaba encendida. Me aproximé con cautela y vi
a un mono sentado a la mesa bebiendo una taza de chocolate. Al principio pensé
que aquello eran los efectos de una noche agitada combinada con la lectura
de libros poco recomendables, pero era
real la mirada que se clavó en mí y los sonidos ininteligibles acompañados de
gestos que me invitaban a que me acercase.
La bestia no parecía peligrosa. Pero,
¿cómo había entrado?, las ventanas del piso estaban cerradas y la puerta tenía
doble cerradura. La única posibilidad era el
ventanuco del techo del baño. Se me ocurrió abrir la puerta para que
saliese. Él seguía sorbiendo el chocolate y haciéndome señas. Me senté y me
sirvió una taza. No se levantó, así que no pude verle las piernas; no parecía
muy alto pero tampoco era un mono pequeño. Sus gestos eran suaves y su forma de
coger la taza era elegante, ni siquiera hacía ruido al sorber. De pronto, me
sonrió y empezó a hablar en voz baja. No entendí nada pero asentí y le miré
como si nos conociéramos de siempre. Entonces, se levantó y se dirigió al baño;
allí estuvo un rato. Yo oí como se cepillaba los dientes y luego, la cadena del
váter. Después salió y se fue al cuarto de invitados.
Pensé en llamar a la policía, pero mi
historia no era creíble. Resolví dejarle dormir y me fui a mi cuarto. Por la
mañana, a la hora del desayuno, la bestia estaba ya con su taza de chocolate y Obdulia no parecía perturbada por su presencia, sólo me
preguntó si debía preparar cena para dos.
Hace ya un mes que se instaló en mi
casa. Me ha costado mucho entender sus gruñidos, pero, poco a poco, voy
entendiendo lo más necesario. La semana pasada decidí ir con él a una
exposición de pintura. Pensé que en un lugar así pasaría desapercibido. Mis
amigos se extrañaron de su forma de hablar, no identificaron su extraño idioma,
sin embargo no hicieron ningún
comentario sobre su aspecto.
Estamos bien. A veces, sus hábitos me
molestan un poco, como cuando se empeña en despiojarme mientras vemos la
televisión. Siempre tomamos chocolate antes de dormir, y es entonces cuando me
mira fijamente como si quisiera decirme
algo; yo le sonrío y le digo que ya lo hará, que yo no tengo prisa. Mientras
tanto, afilo mis dientes cada día, tarea que tenía un poco descuidada.
**********
JAZZ
La serpiente y el Gato
Esa noche fui a un bar en el que no
había estado nunca antes. Era ya muy tarde, cuando oí una voz susurrante que penetraba en mis
oídos como un río plateado y caliente. A pesar del ruido ambiental, sentí sus
pasos apagados en el suelo vibrante de la pista de baile. Sonó una vieja
canción de Tom
Waits y su figura elástica e insinuante dejó en silencio al resto de los
danzantes que se apartaron, respetuosos, ante la certeza inmediata del
reconocimiento. Me acerqué; mi silueta negra se acopló perfectamente a aquella
danza a dos. Mi cuerpo apenas tocaba su cuerpo, sólo lo justo para acompasar
aquella unión perfecta.
Así seguimos viéndonos, sin hablar, sin
saber, bailando una danza que parecía unir mis noches en la única realidad
posible. Íbamos de pista en pista, envueltos en un humo metálico bajo la luz
del foco giratorio. Una noche que mi pareja no llegaba, una mano envuelta en un guante escarlata tocó
mi hombro, me volví, la mano rodeó mi cuello y de nuevo comenzó la danza, pero, esta vez era
diferente. Su tacto era cálido y aterciopelado. Una perla de sudor resbaló
hasta mi boca y sorbí aquel sabor caliente. En la oscuridad, unos ojos
amarillos brillaron con violencia. Apartó aquella manita suave de mi cuello y
de nuevo sentí el susurro plateado. Mi pareja habitual había llegado tarde. No
protesté por haberme arrancado de aquella nueva sensación gris; me dejé ir.
Pero, al finalizar, en lo más oscuro de la noche, clavé mis uñas en aquel
hermoso cuello. Sólo oí un silbido tenue. Respiré hondo, me dirigía a la pista
de baile y de nuevo la manita minúscula rodeó mi cuello. Pude entonces percibir
unos finos bigotes y unos dientes que roían mi oreja.
Es lo mejor- me dije. Y ceñí su cuerpo en espera de una suculenta cena.
Paula Vázquez P.
Santiago, 2004
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