DIMENSIONES
HUMANAS:
¿A
Dr. César
Díaz-Carrera
Presidente
de Honor Instituto para el Desarrollo de
MADRID
“Siembra un pensamiento y recogerás una
acción, siembra una acción y cosecharás un hábito. Cultiva un hábito y
obtendrás un carácter. Cultiva un carácter y cosecharás tu propio destino”.
Swami Sivananda
“Don Quijote simboliza al niño inocente,
Hamlet representa nuestra necesidad consciente de actuar y de controlar
nuestras vidas pero desconectados del ser interior, mientras que Fausto encarna
al ser verdadero, al maestro que ha accedido a la consciencia superando los
anteriores estadios”.
Robert A.
Johnson
A los pilotos de la marina de los Estados Unidos se les
instruye en una máxima: “cuando estés
perdido toma altura, mantén la calma y comunica posición”. No es mal consejo éste para tiempos de
crisis: tomar altura, ampliar la perspectiva. Enseñaba Moreno Báez, por aquel
entonces profesor de Literatura de quien esto escribe en
¿Qué interesa que nos recuerden concretamente los clásicos?. En
primer lugar “que todo cambia, que nada
permanece” como decía hace miles de
años Heráclito de Éfeso. Peligroso sería, sin embargo, que nos echásemos en
manos de los clásicos en un abndono suicida, por acrítico. No olvidemos, a título de ejemplo,
que, algunos nos educan en categorías cuando la realidad es proceso. Afortunadamente ése no es el caso de El
Quijote donde al final de la obra Don Quijote se “sanchifica” sin abandonar del todo su mundo de ideales, aterriza,
pone los pies en el suelo alcanzando la lucidez
mientras que el “pancista”
Sancho se “quijotiza”, abriéndose más a la comprensión del plano de
los valores y de los ideales de su amo, plano no por intangible, menos real.
Ese proceso de cambio de sentido inverso y complementario implica un mayor
nivel de complejización y también de consciencia. A su autor Miguel de
Cervantes podría aplicársele aquella frase que un día se le dirigió a Marcel
Proust “fracasó en la vida – la vida
de Cervantes fue un rosario de desdichas- y
supo transformar su fracaso en una obra maestra”. Si el éxito no consiste
en ganar cuando se tienen todos los triunfos si no en jugar bien cuando se
recibe una “mala mano” - dicho sea
sin "segundas" ya que su condición de manco fue adquirida-; ¿podemos
entonces pensar en mayor maestría en el manejo del cambio que la que supo
exhibir nuestro inmortal autor?.
La segunda lección que nos enseñan los clásicos es que, en
buena medida, somos los artífices de nuestro propio destino. Pensemos sino en
el Hamlet de Shakespeare y en el Fausto de Goethe, otras dos obras cimeras de
la literatura europea.
Si Don Quijote vive en el triunfo de “su” realidad interior
sobre la exterior, identificado con los valores (él que buscaba el pan de “trastrigo”) empeñado en cambiar el
mundo desconociendo el mundo, si don Quijote es “puro espíritu disfrazado de fantasía” a decir de Thomas Man,
Hamlet es el hombre dividido, personificación del hombre y la mujer
contemporáneos. Es el ser trágico que convierte en caos y fracaso todo lo que
toca. Su predicamento es el de la soledad y vacuidad del hombre de hoy,
dubitativo e internamente dividido (recordemos el "divided self" de Laing). Su dilema es que sabe demasiado
para ser sencillo pero no lo suficiente para ser completo. No hay paz para él,
su indecisión es el elemento irredimible. Pero por otra parte ¿cómo matar
cuando está orando –y hacer así justicia al usurpador del trono- al hombre que
asesinó a su padre y se casó con su madre?.
Hamlet vacila, es lo suficientemente lúcido para darse cuenta pero no lo
suficientemente fuerte para actuar, por eso a decir de Tolstoy “sufría la
angustia humana de perseverar en una tarea imposible de cumplir no por
dificultades inherentes a la misma sino por la incompatibilidad entre ésta y la
propia naturaleza de la persona”. Hamlet se muestra irresoluto, su energía sale
en forma de palabras “words, words,
words” palabras que sin pensamientos nunca llegan al cielo (“words without
thoughts never to heavens go”). Y es esa irresolución la que precipita la tragedia: la muerte de su amada Ofelia, la
de su madre la reina, y en fin, la suya propia. Hamlet, el príncipe de
Dinamarca, siembra por doquier catástrofe y desolación.
Sí, admitámoslo aquello son
molinos y no gigantes, Don Quijote sufre alucinaciones, podemos decir de él que
está loco y hasta que ha fracasado pero solo con la lanza que queda partida en
la embestida con las aspas de los molinos que él cree los brazos de los
gigantes. Sin embargo en el plano de la realidad intangible, Don Quijote ese
ser libre, optimista, generoso y seguro de sí
-su certidumbre y seguridad no parecen de este mundo-, en el plano del espíritu nunca podrá ser
derrotado porque mientras haya humanos siempre habrá anhelos de amor, de
esperanza, de justicia, de integridad, de eternidad. Don Quijote crea poesía,
no realidad tangible. Como dice Robert Johnson “le guste o no, el auténtico héroe es un poeta porque ¿qué es el
heroísmo sin la poesía?”. En cambio Hamlet
atrapado entre la visión y lo práctico, fracasa en ambos planos. En esto
es el prototipo de tantos hombres y mujeres modernos e irresolutos que
contemplan en su imaginación un mundo más noble y más justo pero que carecen de
los medios -o del coraje- para alcanzarlo. Si el Quijote nos enseña que
el pensamiento lleva a la acción, Hamlet nos recuerda -y de qué trágica manera- algo que los
profesionales de la milicia saben muy bien:
que sin acción el pensamiento resulta estéril. Y que por ello debemos
aprender a conjugar ambos en un diseño más sabio que nos forje un destino en el
que no juguemos el papel de víctima sino el de protagonistas.
Cuando éramos pequeños encarnábamos en nuestros juegos
infantiles a nuestros héroes (de las películas, que veíamos o de los tebeos que
con tanta avidez devorávamos). Los
valores se encarnan modelándolos de otros a quienes -con razón o sin ella- se los suponemos y por eso los juegos son un entrenamiento, un
aprendizaje para la edad adulta. Esa que nos despierta a una realidad sin
héroes donde la mediocridad es la norma. ¿Dónde buscarlos entonces cuando ya no
se encuentran fuera?.
Aquí es donde entra en escena el Fausto de Goethe. Fausto es un
maduro profesor universitario que ha alcanzado la cumbre de su profesión, que
ha ascendido a la cima de una escalera de mano para descubrir -en palabras de Joseph Campbell- que está apoyada contra la pared equivocada.
En dos palabras Fausto está en crisis, diríamos la crisis de los cuarenta, de
la edad madura. Un hombre vulgar en ese trance se refugiaría en sentimientos de
autominusvaloración y de culpabilidad
por ello o se rebotaría contra un mundo decepcionante por no haber asumido como
principal (sino única) misión el hacerlo a él feliz. Pero Fausto ni es vulgar
ni es un ser “bidimensional” como D.
Quijote y por eso no busca entregar su energía a aventuras externas que le
entretengan haciéndole olvidar su fracaso. Fausto posee la suficiente lucidez
como para darse cuenta de que en la cumbre de su éxito no sabe nada con
certeza, que no puede avanzar y que la vida es una tragedia sin paliativos
porque, vista desde el plano de lo fenoménico, de este cuerpo físico, por
ejemplo, la historia acaba siempre mal. Es la ley de la entropía que nos
recuerda que, en última instancia, el deterioro de todo es irreductible. La
consciencia egoica de Fausto está paralizada y es justamente esa parálisis, la
medicina que le sacará de la tragedia hamletiana de la duda impulsándole a un
nuevo plano de consciencia. Y aquí estamos a punto de aprender algo nuevo.
¿Cómo salirse de esa tragedia hamletiana que no es otra que la del hombre contemporáneo?.
Si Hamlet es el hombre centrado en el ego, Fausto tiene que encontrar un centro
de gravedad nuevo y superior a él, solo así podrá trascenderse a sí mismo y
redimirse. Fausto, al igual que Hamlet antes que él, ha alcanzado su punto
crítico, aquél que si es superado implica el ganar la existencia. Aquí el
contraste es esclarecedor Hamlet fracasa, Fausto lo supera. ¿Cómo?. Fausto ya a
punto del suicidio oye una música, es tiempo de Pascua, atraído por ella deja
el veneno que estaba a punto de ingerir y oyéndola es transportado a un plano
superior de consciencia. Esa música es un símbolo de la música perenne, la
armonía de las esferas, el ritmo del cosmos que habla solo a quien es capaz de
oírlo más allá de la altisonante algarabía del ego. Y es que hay que entrar en
una crisis muy profunda para que un coro o “música celestial” no suene
precisamente a eso y por lo mismo pueda ser percibido como tal, con actitud
abierta y ánimo de cambio. Ahora bien ¿cómo soportar la situación límite, la
angustia existencial sin recurrir a una estrategia de huida, sea ésta el
“suicidio” sespiriano o a la “locura” cervantina?.
Fausto hace un pacto con Mefistófeles para poder vivir su
juventud de nuevo. Mefistófeles le promete juventud y vitalidad, pero no
felicidad. ¿Qué persona habiendo alcanzado su madurez no siente que una parte
de él o de ella no ha vivido?. ¿Cuántos sueños, anhelos y deseos abortados?. El
hombre maduro siente nostalgia de su juventud que interpreta como felicidad.
Pero Mefistófeles no promete felicidad, de hecho la experiencia de Fausto en la
que termina la 1ª parte resulta insatisfactoria. No hay solución para el ideal
contemporáneo de conseguir “la eterna juventud”, para una vida no vivida parece
decirnos Goethe. Lo que sí podemos es hacer consciente en nuestra mente esas
necesidades de ser o mejor de devenir, ya que en la segunda parte publicada en
1832 tras su muerte, Goethe nos proporciona una salida. ¿Pero cual?.
Si no es posible la vuelta atrás, si el retorno al claustro materno nos está vedado ¿qué puede mitigar entonces la angustia existencial del Hamlet contemporáneo quien tras “matar a Dios” amenaza con quitarse (o no vivir) la vida (sea por el consumo de drogas, la velocidad o la adicción al poder o al dinero, etc.). Bernard Shaw afirma que sólo el arte puede salvarnos. Pero ¿qué mayor arte, digo yo, que el de ser co-creador de la propia vida?. Y “burla burlando” henos aquí de lleno en el corazón de este artículo cuya intención en forma de interrogante bien podría ser ésta: ¿Cómo desarrollar criterio útil y seguro en orden al máximo despliegue de nuestras dimensiones humanas?. Francis Bacon, el gran pensador inglés, decía que para crear hay que ir al cielo a por la forma y al infierno a por la energía. Tras Freud, hoy diríamos al inconsciente, a encontrar “la sombra” (Jung), eso significa descubrir las subpersonalidades que moran en nosotros reprimidas y liberarlas para que se expresen. Se trata de redescubrir las capacidades no vividas en el curso de la propia vida pero no siguiendo ninguna fórmula de cambio predeterminada sino de algo mucho más apasionante que eso. Si nadie puede vivir nuestra vida excepto nosotros mismos, si es difícil encontrar héroes en los que inspirarse ¿por que no asumir el ser los héroes y heroínas de nuestra propia peripecia vital?.
Somos seres de luz y sombra y
ambas son necesarias ya que sin la una la otra nada sería. Fausto encuentra su
sombra (agigantada) en Mefistófeles y es esa sombra la que le da la energía que
le permite vivir una vida humana emocionalmente rica (y no solamente
intelectual). En cambio alguien que desarrolló más su aspecto lúdico tendrá que
profundizar en su dimensión intelectual. Se trata de completarnos y poder vivir
así una vida humana en la que la razón y la intuición, lo riguroso y lo lúdico
en nosotros se den la mano. De hecho y en paralelo con la transformación de los
personajes de El Quijote, aquí Fausto de algún modo se “mefistofeliza”,
mientras que Mefistófeles se “faustiza”. Lo luminoso y lo tenebroso se unen
también aquí en un encuentro fecundo. Tal vez en esto consista crear, en
transformar contrarios en polaridades complementarias que quedan así mutuamente
enriquecidas. En cambio el error fundamental de Hamlet, el que le mantuvo en la
vacilación destructora fue el no reconocer su naturaleza instintiva que le
hubiera liberado de la parálisis; la razón de su trágica muerte radica pues en
permanecer en el espacio intersticial entre sus dos naturalezas: luz y sombra
en lugar de reconocerlas ambas y abrazarlas como partes constitutivas de su
ser. Por vía de contraste y desde la cultura hindú, sólo cuando
Los tres clásicos europeos sumariamente analizados
aquí: El Quijote, Hamlet y Fausto nos dan claves para alcanzar dimensiones
humanas cada vez más conscientemente integradoras. Sin embargo la decisión de
convertirnos en los héroes conscientes de nuestra propia historia, en los líderes creativos de nuestra propia peripecia
vital, es -por supuesto, y como no podía ser de otro modo- enteramente nuestra.
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