DIMENSIONES HUMANAS:
¿A
LA CREATIVIDAD POR LOS CLASICOS?

 

Dr. César Díaz-Carrera

Presidente de Honor Instituto para el Desarrollo de la Creatividad

MADRID

 

 

 

“Siembra un pensamiento y recogerás una acción, siembra una acción y cosecharás un hábito. Cultiva un hábito y obtendrás un carácter. Cultiva un carácter y cosecharás tu propio destino”.

                                                                       Swami Sivananda

 

“Don Quijote simboliza al niño inocente, Hamlet representa nuestra necesidad consciente de actuar y de controlar nuestras vidas pero desconectados del ser interior, mientras que Fausto encarna al ser verdadero, al maestro que ha accedido a la consciencia superando los anteriores estadios”.

                                                                       Robert  A. Johnson

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Se nos asegura por activa y por pasiva que vivimos en la era de la información y a fuerza de repetirlo terminaremos por creerlo. Pero más exacto sería decir que vivimos en la era de los datos o por lo menos en la inflación y edad dorada de los mismos. Antes los bancos atesoraban dinero, ahora también y sobre todo datos, y hay bancos de datos donde el dinero no es lo importante.  La expresión “te faltan datos” lanzada a bocajarro del interlocutor en hábil contragolpe retórico puede dejarlo a uno malparado, maltrecho y eliminado de la competición dialéctica. Pero la verdad es que los datos por sí mismos de poco sirven. Si yo digo “seis” o simplemente “quedar”, la verdad es que significativamente no he dicho gran cosa pero si enhebro ambos datos dotándoles de coherencia y sentido, por ejemplo "quedamos a las seis” entonces estoy construyendo información. Bien entendido que el criterio de ordenación de esos datos, como matemáticamente demostrara Kurt Gödel, yace en un plano de consciencia distinta y “superior” al de los datos mismos y es que la clave de nuestra vida reside en el desarrollo de la Consciencia. Consciencia de mí, del otro y del entorno.

 

En este mundo de hipertrofia del dato donde lo que sobran son datos, más que nunca en la historia humana lo que precisamos es criterio  para distinguirlos, ordenarlos y utilizarlos. Uno podrá pensar que a más datos más opciones pero eso no es del todo cierto. Una plétora de datos puede,  y de hecho embota y hasta bloquea nuestra capacidad de juicio. ¿Cuál es pues el criterio para distinguir la información que nos conviene de aquella que sólo son “ruidos”, en definitiva “bazofia informativa” distractora y contaminante de nuestro cerebro?. Sólo la información   -es decir los datos contextualizados-  cuando es relevante, es decir cuando sirve  para ampliar nuestra consciencia, y verdadera (nos permite predecir y controlar el entorno) nos hace más inteligentes. Condición imprescindible es que hayamos desarrollado la meta-habilidad del discernimiento. Sin criterio no hay modo de utilizar bien las informaciones que recibimos ni tampoco de desarrollarnos personalmente con ellas. Entonces una pregunta surge ¿cómo hacer para desarrollar criterio?. ¿Dónde buscar orientación?. ¿Tendremos que  reservar plaza en un ashram y hacer las maletas para la India?. ¿O por el contrario podremos encontrar faros más cercanos que nos guíen?.

 

 

INVITACION A LOS CLASICOS

 

      A los pilotos de la marina de los Estados Unidos se les instruye en una máxima: “cuando estés perdido toma altura, mantén la calma y comunica posición”.  No es mal consejo éste para tiempos de crisis: tomar altura, ampliar la perspectiva. Enseñaba Moreno Báez, por aquel entonces profesor de Literatura de quien esto escribe en la Universidad de Santiago de Compostela que hay que acudir a los clásicos que él definía como los autores dignos de ser leídos, precisamente, porque “nos instruyen y elevan”.  Por lo demás, ¿dónde encontrar mayor sosiego que en la mágica comunicación de sus páginas? . Pero     ¿pueden los clásicos ayudarnos a desarrollar criterio? ¿Qué podemos aprender de ellos?. Hay varias cuestiones clave que los occidentales odiernos necesitamos recordar  y los clásicos están ahí, entre otras cosas, para refrescarnos la memoria.

 

      ¿Qué interesa que nos recuerden concretamente los clásicos?. En primer lugar “que todo cambia, que nada permanece”  como decía hace miles de años Heráclito de Éfeso. Peligroso sería, sin embargo, que nos echásemos en manos de los clásicos en un abndono suicida, por  acrítico. No olvidemos, a título de ejemplo, que, algunos nos educan en categorías cuando la realidad es proceso.  Afortunadamente ése no es el caso de El Quijote donde al final de la obra Don Quijote se “sanchifica” sin abandonar del todo su mundo de ideales, aterriza, pone los pies en el suelo alcanzando la lucidez  mientras que el “pancista” Sancho se “quijotiza”,  abriéndose más a la comprensión del plano de los valores y de los ideales de su amo, plano no por intangible, menos real. Ese proceso de cambio de sentido inverso y complementario implica un mayor nivel de complejización y también de consciencia. A su autor Miguel de Cervantes podría aplicársele aquella frase que un día se le dirigió a Marcel Proust “fracasó en la vida – la vida de Cervantes fue un rosario de desdichas- y supo transformar su fracaso en una obra maestra”. Si el éxito no consiste en ganar cuando se tienen todos los triunfos si no en jugar bien cuando se recibe una “mala mano” - dicho sea sin "segundas" ya que su condición de manco fue adquirida-; ¿podemos entonces pensar en mayor maestría en el manejo del cambio que la que supo exhibir nuestro inmortal autor?.

 

      La segunda lección que nos enseñan los clásicos es que, en buena medida, somos los artífices de nuestro propio destino. Pensemos sino en el Hamlet de Shakespeare y en el Fausto de Goethe, otras dos obras cimeras de la literatura europea.

 

      Si Don Quijote vive en el triunfo de “su” realidad interior sobre la exterior, identificado con los valores (él que buscaba el pan de “trastrigo”) empeñado en cambiar el mundo desconociendo el mundo, si don Quijote es “puro espíritu disfrazado de fantasía” a decir de Thomas Man, Hamlet es el hombre dividido, personificación del hombre y la mujer contemporáneos. Es el ser trágico que convierte en caos y fracaso todo lo que toca. Su predicamento es el de la soledad y vacuidad del hombre de hoy, dubitativo e internamente dividido (recordemos el "divided self" de Laing). Su dilema es que sabe demasiado para ser sencillo pero no lo suficiente para ser completo. No hay paz para él, su indecisión es el elemento irredimible. Pero por otra parte ¿cómo matar cuando está orando –y hacer así justicia al usurpador del trono- al hombre que asesinó a su padre y se casó con su madre?.  Hamlet vacila, es lo suficientemente lúcido para darse cuenta pero no lo suficientemente fuerte para actuar, por eso a decir de Tolstoy “sufría la angustia humana de perseverar en una tarea imposible de cumplir no por dificultades inherentes a la misma sino por la incompatibilidad entre ésta y la propia naturaleza de la persona”. Hamlet se muestra irresoluto, su energía sale en forma de palabras “words, words, words” palabras que sin pensamientos nunca llegan al cielo (“words without thoughts never to heavens go”). Y es esa irresolución la que precipita  la tragedia: la muerte de su amada Ofelia, la de su madre la reina, y en fin, la suya propia. Hamlet, el príncipe de Dinamarca, siembra por doquier catástrofe y desolación.

 

Sí, admitámoslo aquello son molinos y no gigantes, Don Quijote sufre alucinaciones, podemos decir de él que está loco y hasta que ha fracasado pero solo con la lanza que queda partida en la embestida con las aspas de los molinos que él cree los brazos de los gigantes. Sin embargo en el plano de la realidad intangible, Don Quijote ese ser libre, optimista, generoso y seguro de sí   -su certidumbre y seguridad no parecen de este mundo-,  en el plano del espíritu nunca podrá ser derrotado porque mientras haya humanos siempre habrá anhelos de amor, de esperanza, de justicia, de integridad, de eternidad. Don Quijote crea poesía, no realidad tangible. Como dice Robert Johnson “le guste o no, el auténtico héroe es un poeta porque ¿qué es el heroísmo sin la poesía?”. En cambio Hamlet  atrapado entre la visión y lo práctico, fracasa en ambos planos. En esto es el prototipo de tantos hombres y mujeres modernos e irresolutos que contemplan en su imaginación un mundo más noble y más justo pero que carecen de los medios  -o del coraje-  para alcanzarlo. Si el Quijote nos enseña que el pensamiento lleva a la acción, Hamlet nos recuerda   -y de qué trágica manera- algo que los profesionales de la milicia saben muy bien:  que sin acción el pensamiento resulta estéril. Y que por ello debemos aprender a conjugar ambos en un diseño más sabio que nos forje un destino en el que no juguemos el papel de víctima sino el de protagonistas.

 

      Cuando éramos pequeños encarnábamos en nuestros juegos infantiles a nuestros héroes (de las películas, que veíamos o de los tebeos que con tanta avidez devorávamos).  Los valores se encarnan modelándolos de otros a quienes  -con razón o sin ella-  se los suponemos  y por eso los juegos son un entrenamiento, un aprendizaje para la edad adulta. Esa que nos despierta a una realidad sin héroes donde la mediocridad es la norma. ¿Dónde buscarlos entonces cuando ya no se encuentran fuera?.

 

 

 

“TRASCENDETE IPSUM”

 

 

      Aquí es donde entra en escena el Fausto de Goethe. Fausto es un maduro profesor universitario que ha alcanzado la cumbre de su profesión, que ha ascendido a la cima de una escalera de mano para descubrir  -en palabras de Joseph Campbell-  que está apoyada contra la pared equivocada. En dos palabras Fausto está en crisis, diríamos la crisis de los cuarenta, de la edad madura. Un hombre vulgar en ese trance se refugiaría en sentimientos de autominusvaloración  y de culpabilidad por ello o se rebotaría contra un mundo decepcionante por no haber asumido como principal (sino única) misión el hacerlo a él feliz. Pero Fausto ni es vulgar ni es un ser “bidimensional” como D. Quijote y por eso no busca entregar su energía a aventuras externas que le entretengan haciéndole olvidar su fracaso. Fausto posee la suficiente lucidez como para darse cuenta de que en la cumbre de su éxito no sabe nada con certeza, que no puede avanzar y que la vida es una tragedia sin paliativos porque, vista desde el plano de lo fenoménico, de este cuerpo físico, por ejemplo, la historia acaba siempre mal. Es la ley de la entropía que nos recuerda que, en última instancia, el deterioro de todo es irreductible. La consciencia egoica de Fausto está paralizada y es justamente esa parálisis, la medicina que le sacará de la tragedia hamletiana de la duda impulsándole a un nuevo plano de consciencia. Y aquí estamos a punto de aprender algo nuevo. ¿Cómo salirse de esa tragedia hamletiana que no es otra que la del hombre contemporáneo?. Si Hamlet es el hombre centrado en el ego, Fausto tiene que encontrar un centro de gravedad nuevo y superior a él, solo así podrá trascenderse a sí mismo y redimirse. Fausto, al igual que Hamlet antes que él, ha alcanzado su punto crítico, aquél que si es superado implica el ganar la existencia. Aquí el contraste es esclarecedor Hamlet fracasa, Fausto lo supera. ¿Cómo?. Fausto ya a punto del suicidio oye una música, es tiempo de Pascua, atraído por ella deja el veneno que estaba a punto de ingerir y oyéndola es transportado a un plano superior de consciencia. Esa música es un símbolo de la música perenne, la armonía de las esferas, el ritmo del cosmos que habla solo a quien es capaz de oírlo más allá de la altisonante algarabía del ego. Y es que hay que entrar en una crisis muy profunda para que un coro o “música celestial” no suene precisamente a eso y por lo mismo pueda ser percibido como tal, con actitud abierta y ánimo de cambio. Ahora bien ¿cómo soportar la situación límite, la angustia existencial sin recurrir a una estrategia de huida, sea ésta el “suicidio” sespiriano o a la “locura” cervantina?.

 

      Fausto hace un pacto con Mefistófeles para poder vivir su juventud de nuevo. Mefistófeles le promete juventud y vitalidad, pero no felicidad. ¿Qué persona habiendo alcanzado su madurez no siente que una parte de él o de ella no ha vivido?. ¿Cuántos sueños, anhelos y deseos abortados?. El hombre maduro siente nostalgia de su juventud que interpreta como felicidad. Pero Mefistófeles no promete felicidad, de hecho la experiencia de Fausto en la que termina la 1ª parte resulta insatisfactoria. No hay solución para el ideal contemporáneo de conseguir “la eterna juventud”, para una vida no vivida parece decirnos Goethe. Lo que sí podemos es hacer consciente en nuestra mente esas necesidades de ser o mejor de devenir, ya que en la segunda parte publicada en 1832 tras su muerte, Goethe nos proporciona una salida. ¿Pero cual?.

 

      Si no es posible la vuelta atrás, si el retorno al claustro materno nos está vedado ¿qué puede mitigar entonces la angustia existencial del Hamlet  contemporáneo quien tras “matar a Dios” amenaza con quitarse (o no vivir) la vida (sea por el consumo de drogas, la velocidad o la adicción al poder o al dinero, etc.). Bernard Shaw afirma que sólo el arte puede salvarnos. Pero ¿qué mayor arte, digo yo, que el de ser co-creador de la propia vida?. Y “burla burlando” henos aquí de lleno en el corazón de este artículo cuya intención en forma de interrogante bien podría ser ésta: ¿Cómo desarrollar criterio útil y seguro en orden al máximo despliegue de nuestras dimensiones humanas?. Francis Bacon, el gran pensador inglés, decía que para crear hay que ir al cielo a por la forma y al infierno a por la energía. Tras Freud, hoy diríamos al inconsciente, a encontrar “la sombra” (Jung), eso significa descubrir las subpersonalidades que moran en nosotros reprimidas y liberarlas para que se expresen. Se trata de redescubrir las capacidades no vividas en el curso de la propia vida pero no siguiendo ninguna fórmula de cambio predeterminada sino de algo mucho más apasionante que eso. Si nadie puede vivir nuestra vida excepto nosotros mismos, si es difícil encontrar héroes en los que inspirarse ¿por que no asumir el ser los héroes y heroínas de nuestra propia peripecia vital?.

 

Somos seres de luz y sombra y ambas son necesarias ya que sin la una la otra nada sería. Fausto encuentra su sombra (agigantada) en Mefistófeles y es esa sombra la que le da la energía que le permite vivir una vida humana emocionalmente rica (y no solamente intelectual). En cambio alguien que desarrolló más su aspecto lúdico tendrá que profundizar en su dimensión intelectual. Se trata de completarnos y poder vivir así una vida humana en la que la razón y la intuición, lo riguroso y lo lúdico en nosotros se den la mano. De hecho y en paralelo con la transformación de los personajes de El Quijote, aquí Fausto de algún modo se “mefistofeliza”, mientras que Mefistófeles se “faustiza”. Lo luminoso y lo tenebroso se unen también aquí en un encuentro fecundo. Tal vez en esto consista crear, en transformar contrarios en polaridades complementarias que quedan así mutuamente enriquecidas. En cambio el error fundamental de Hamlet, el que le mantuvo en la vacilación destructora fue el no reconocer su naturaleza instintiva que le hubiera liberado de la parálisis; la razón de su trágica muerte radica pues en permanecer en el espacio intersticial entre sus dos naturalezas: luz y sombra en lugar de reconocerlas ambas y abrazarlas como partes constitutivas de su ser. Por vía de contraste y desde la cultura hindú, sólo cuando la Creación (Brahma) y la destrucción (Shiva) están presentes ambas, la completitud es posible.

 

         Los tres clásicos europeos sumariamente analizados aquí: El Quijote, Hamlet y Fausto nos dan claves para alcanzar dimensiones humanas cada vez más conscientemente integradoras. Sin embargo la decisión de convertirnos en los héroes conscientes de nuestra propia historia, en los  líderes creativos de nuestra propia peripecia vital, es -por supuesto, y como no podía ser de otro modo- enteramente nuestra.

 

3º ciclo de formación en Creatividad acorde con la C.U.E.
               > Programa profesional multitalentos (abierto a todos)
               > Master (para titulados)
               > Doctorado (para masters)

Julio 2005. INTENSIVO.    www.micat.net