LA ROSA BRILLANTE DE LA NOCHE *
Entrevista con Francisco Brines
Claudia Posadas
Francisco
Brines (Oliva, provincia de Valencia, 1932) es uno de los poetas más respetados
de España. Perteneciente a
Desde Las
brasas
el autor plantea el universo de su poética: el desvanecimiento de la vida
gracias a la fuerza implacable del tiempo. Es interesante que en ese libro la
voz narrativa es la de un anciano que cuenta su experiencia en el mundo; en ese
sentido, se acerca, en esencia (porque cada volumen da cuenta de diversas
búsquedas de expresión), a La
última costa
(1995), su más reciente publicación, donde el acecho del tiempo se traduce en
la presencia de la muerte. Este volumen fue calificado tempranamente por la
crítica española como “testamentario y de despedida”.
Tempranamente porque Brines
no considera cerrada su obra, ya que deja pasar mucho tiempo entre la
publicación de un libro y otro y porque afirma que cada texto suyo pareciera
una obra de culminación no sólo por sus temas, sino por el tratamiento. Brines
lo ha dicho: “Eso de considerar testamentarios y de despedida le ocurría a
todos mis libros; incluso en Las
brasas
el protagonista poemático era un anciano. Así, mi primer libro podría haber
sido el último, y la obra que deje escrita, porque me haya llegado el momento
de la despedida real, será el primer libro; entonces se establecerá una especie
de círculo”. En este orden, la obra de Brines es unitaria y se complementa;
cada poema, cada volumen, da sentido a los otros.
Básicamente, como se dijo,
su tema es el deshacerse paulatino de la vida, tal como la luz se desvanece con
la noche. La tarde, el crepúsculo, el claroscuro, es la metáfora fundamental de
este proceso y precisamente por esto, es una atmósfera determinante en su obra.
Poeta elegíaco, si bien canta a la despedida, también celebra la vida, su luz,
la naturaleza, la libertad y el recuerdo amoroso; en este sentido se aproxima a
ese paganismo de poetas como Cavafis, que celebran el aroma de otros tiempos,
mismo que reconocen en el aire una vez terminado el poema.
Elegante, clasicista, digno
representante de la llamada “poesía de la experiencia”, Brines ha transitado de
la sensorialidad a la reflexión, pasando por la ironía. Su poesía, quizá más
constreñida en aliento y formas al principio, con el tiempo, y sobre todo en El
otoño de las rosas
(1986) y La última costa, se
ha vuelto un discurso galopante, febril, totalmente enamorado del mundo, de su
rosa brillante, aunque reconoce, más atemperadamente que al principio, la
presencia de la noche.
Su
generación rompe o niega en cierta medida con la tradición romántica y lírica
de la poesía española anterior. ¿Cuál fue la postura estética de ese momento y
de qué manera se ha refrendado o no con el tiempo?
Considero que
Usted,
como miembro de esta segunda generación de la posguerra, puede reflexionar
retrospectivamente sobre ese espíritu de época. ¿Cuál ha sido el peso de esta
circunstancia quizá en una forma de concebir al ser humano y plasmarla en su
literatura?
Definitivamente no soy un
poeta que se caracterice por haber escrito poesía social porque para mí ésta
tenía el inconveniente de que formulaba algo ya sabido de antemano. Y yo
concibo la poesía como desvelamiento, como iluminación o por lo menos, como
revelación, aunque ésta no sea esotérica, sino directa, y aún así,
indeterminable. Lo que sí puede decirse es que la poesía social representa
éticamente un movimiento de solidaridad, pero en mi caso, ésta se da con
respecto al hombre que ha existido y existirá. En ese sentido, sí escribo una
poesía que está atendiendo al otro desde mí, entonces, el conocimiento de la
otredad es constante. ¿Desde qué posición? Desde la posición quizá más
metafísica. En ese sentido es una poesía de solidaridad para con la entidad
humana.
En
cuanto a su poética, la crítica lo considera un autor del claroscuro. ¿Por qué
“la caída de la luz” como atmósfera y como metáfora de su visión de la
condición humana?
Considero que el momento
más bello del día es el crepúsculo, quizá porque soy hombre nocturno, y por lo
tanto no vivo el amanecer. Esa luz auroral es una luz rota, es decir, la mirada
la hace distinta. Y escribo más en esos momentos, sobre todo cuando estoy en el
campo. Por otra parte, mi obra está fundamentada en la sensación de la vida
como pérdida por lo que es una poesía de tono crepuscular. La muerte siempre
está al fondo, acechando. Y en ese sentido, el símbolo del atardecer, de la
llegada de la noche, es el símbolo de la existencia y sobre todo, el centro
espiritual desde el que escribo: la sensación de pérdida, de que el don de la
vida, de la existencia, nos va a ser despojado y se nos va a borrar, como el
día borra a la noche. Así, hay una adecuación entre atmósfera y metáfora que no
es buscada, sino que ha surgido.
Entonces
el poeta es “el oscuro que mira la luz”, como dice en uno de sus textos…
Sí, o es el hombre que está
en la luz y que ve llegar la oscuridad y que percibe que ésta, igual que borra
al mundo, a él también lo va a borrar. Entonces anhela esa última percepción de
las cosas que la claridad mínima le da. Esa es la conciencia que tiene uno de
sí mismo como ser que está dirigido a la nada, y en ese sentido, como ser
nostálgico de la vida que se le quita, exceptuando en el momento de la niñez,
donde no hay percepción de la temporalidad, porque el niño existe en plenitud
divina. Recuerdo que en mi infancia me decían que dentro de cinco minutos
teníamos que salir; en esos momentos creía yo que podía ocurrir todo, porque
para mí cinco minutos era un lapso tan grande como un año. Y ahora que me dicen
que tengo que salir dentro de una hora, a lo mejor tengo la necesidad de un
poema, pero no lo escribo, es más, ni lo intento, porque sé que me puede exigir
más tiempo. Así, si esa hora no me da para nada, es una hora de urgencia. En la
niñez no hay tiempo, sino espacios. Desgraciadamente, lo único que hay es
tiempo, eso se sabe con los años, y los espacios se van diluyendo, difuminando,
perdiendo…
Antes
que se dilate
la
sombra de la noche
en
que habrás de morir
y
yo morirme,
álzame
tu pañuelo
que,
tras las montañas,
es
un fuego de rosas,
y
dime que la vida
fue
un día fiel, y largo,
que
supo de mi amor,
y
amaré este cansancio.
El
tiempo, en su poesía, es una especie de densidad que pesa sobre el hombre.
¿Cuál es la concepción sobre el tema y de qué forma es un eje que ordena su
obra?
Es que el hombre es tiempo
y ése es el gran problema de la existencia: el tiempo que gastamos, que nos
gasta, el que nos quita el ser. La existencia tiende a la solidez, a
permanecer, pero sabemos que no es así. Sobre todo hablo desde una posición
agnóstica, porque el hombre con fe piensa, siente y vive con la idea de que hay
una existencia que no termina y que se transforma en otra. En fin, les aplaudo
que piensen así, pero lo que yo anhelo es la permanencia, y no tengo el por
qué. Tengo la pregunta, el deseo, no la respuesta. Esa la dan las religiones,
no la poesía. Claro que puede otorgarla, porque cada uno escribe desde lo que
es, pero en mi caso, la poesía no me responde a ese cuestionamiento que me
hago. La metafísica es la religión del no creyente.
De
hecho en sus poemas la fe es un elemento importante, que implica una pasión
hacia el mundo; pero no es una fe numinosa, más bien, aparece como una
construcción intelectual. ¿Cuál es la materia de esta convicción?
He creído. De niño fui
creyente y sé muy bien el territorio tan plácido que se pisa. Pero me di cuenta
que con la creencia había una moral, y que esa moral no me hacía feliz sino
infeliz. En ese entonces, lo que tenía era la vida y debía salvarla. Tuve que
romper esa moral y eso significó quebrantar una fe, pero pude construir una
identidad propia. El hombre tiene una necesidad de existir en la autenticidad;
quizá puede equivocarse, pero es su propio error, en todo caso. Y en ese
sentido no lo vive como error sino como verdad. Las creencias colectivas en mi entorno
no conformaban mi persona, al revés, la torcían. Entonces había una necesidad
de empezar como una especie de Robinson, a construir mi existencia. Para eso me
ayudó mucho la poesía. Luego me di cuenta de que yo no era la excepción de la
regla y que la realidad estaba llena de excepciones. El hombre necesita la
soledad y la compañía, y yo me sentí acompañado. Y como para la existencia no
se necesitan multitudes porque más bien estorban, unos pocos me eran
suficientes para pensar que valía la pena realizar la vida desde ahí, desde la
intemperie. Desde la intemperie se construye la cabaña o la casa y uno se
instala en ella; además, recibe a los huéspedes y convive con la felicidad o
con el desastre que puede darle la vida.
Entonces,
¿cuál es su fe?
La fe en el hombre, en la
existencia, en el cumplimiento de un destino que no viene dado de antemano sino
que se hace en cada momento. Mi fe es la fe en vivir la vida en tal plenitud,
que uno pueda alcanzar la mayor felicidad según sea. Por otra parte creo que el
hombre actual puede construir con más libertad su propio destino, cosa que no
ocurría anteriormente.
Precisamente
en su poesía hay una celebración y amor por la vida, una idea de plenitud, que
constantemente está permeada, impregnada, de esa imposibilidad del ser humano
de pertenecer al mundo. ¿Cómo es esta relación?
Me sitúo un poco desde
fuera, es decir, veo la vida como ya realizada, y en ese sentido la amo, pero
también la considero como ya borrada. Eso impone a mi poesía una tonalidad que
unos consideran optimista, pero otros pesimista y nihilista; sin embargo,
personas que están en mi situación piensan que mi obra es confortadora, porque
es una poesía que quizá dice: “el desastre metafísico del hombre es éste, y sin
embargo ama la vida. Es decir, no por ese desastre la rechaces, sino al
contrario, debes amarla y exigirle la intensidad que merece”. Y en ese sentido
es todo lo contrario de una poesía negativa, más bien, es positiva. Así me lo
han mostrado algunos lectores que se han sentido confortados con una poesía que
a lo mejor a otros les produce perplejidad porque refleja una posición que a lo
mejor no desean, que es la posición de la duda.
Oh
Vida,
que
todo me lo has dado.
ahora
ya sé que, siendo esto verdad,
nada
me has dado.
Más
déjame mirarte aún con amor,
aunque
no tenga ya deseos de abrazarte.
y
aunque sepas que yo no te abandono
puedes
tú abandonarme.
¿Hasta
dónde llega en usted esta duda tan profunda e íntima?
Es que el hombre no es el
poeta. La vida es una cosa y la poesía otra. La poesía es un espejo al que nos
asomamos y en el que aparece un personaje que no tiene nuestro rostro, pero que
sabemos somos nosotros, pero nosotros de una manera muy peculiar; es como
cuando aparecemos u aparecen personas que nos son cercanas en los sueños: somos
nosotros o ellas, pero con otro rostro. La poesía devela aspectos oscuros y
desconocidos en nosotros y que sólo por el método poético llegamos a conocer;
pero también podemos opacar otros que son muy nuestros. Por lo tanto, creo que
el personaje que aparece en los textos, no es exactamente el que se refleja en
el espejo. La poesía no es una biografía como tal. Es una biografía potenciada
y a veces, sajada. Y entonces hay cosas que no aparecen. Por ejemplo, nunca he
escrito desde la alegría. Más bien, he escrito desde la pérdida. Y eso que he
vivido mucho en la felicidad.
Retomando
el espíritu de anteriores respuestas, ¿cuál es el papel de la poesía en Brines
frente a la condena al vacío del ser humano?
La aceptación, el
conocimiento y a lo mejor la necesidad de, precisamente por eso, vivir la vida
con mayor plenitud, como dije. Por otro lado, hay lectores que no están
instalados en esta filosofía, por decirlo así, y no les atañen estos asuntos,
pero espero, sí en la escritura, en la lectura. Es decir, si la escritura es
válida, les puede emocionar y sobre todo, producir el conocimiento del otro. Y
entonces se daría la aceptación de los demás. Y con esto llegamos a un punto
que me parece importante que es la moral de la poesía.
¿Cómo
es esta moral?
La tolerancia. En unos
contenidos poéticos puede haber una ética que puede ser o no la nuestra. Si es
la nuestra, y si el poema es bueno, quizá la vivamos con una mayor fuerza e
intensidad. Así, ¿cuál es la moral del poema? La tolerancia, una percepción del
otro que no está en nosotros. El poema a lo mejor, podría, en el lector
sensible y tolerante, acercarlo a un hombre supuestamente degradado desde las
normas de la sociedad pero que admite en su vida. Y pregunto, ¿el lector, por
leer a determinado escritor, se hace no sé, un drogadicto, un bebedor?, ¿se va
a la primera taberna, al primer bar a emborracharse? No, pero como se ha
emocionado con la lectura del poema, ha tocado al otro, a esa porción que no es
él pero que pudiera haber sido, quizá, cuando vea un borracho, sea más
tolerante. Considero que la gran ética de la poesía es el rompimiento de
nuestras limitaciones; eso hace que crezcamos en el conocimiento de la
humanidad. La aceptación se daría a nivel estético, aunque podría ocurrir el
caso contrario: cuando eso mismo está dicho en un texto sin calidad se
rechazaría doblemente, tanto en su escritura como en su contenido. Pero cuando
es bueno no se puede rechazar el contenido; sí en la vida del lector, pero no
en la vida del personaje que aparece en el texto.
Estoy
dentro de mí, de ambas maneras,
en
la acción que yo soy,
y
creo en el mar, y el pájaro y la estrella,
y
en esa fuga intensa y demorada
en
que el goce se enciende,
y
llega un oleaje, y el canto, y el espacio.
Y
todo es realizado
como
quien sorbe luz o ha robado el secreto de la vida.
Hace
un momento mencionó un aspecto importante: que nunca ha escrito desde la
alegría. Sin embargo, en su poesía celebra el mundo casi febrilmente y esto
podría atemperar la expresión desgarrada…
Es que precisamente canto a
la alegría desde la añoranza, y entonces la celebro. No cuando la vivo sino
cuando la he perdido. La celebro como un esplendor que ya no está y que es
deseable que volviera a estar. En ese sentido creo actúo como el poeta elegíaco
que soy porque éste es celebratorio. Y no sólo celebratorio, sino ígnico,
porque su dolor es una manera de festejar lo que ha perdido y lo que ama. Yo
celebro la vida desde su pérdida.
Sin
embargo, en recientes poemas se observa una especie de atemperamiento, una
declaración de amor al mundo y una aceptación. ¿Cómo es el proceso vital?
Está desde siempre. Lo que
ocurre es que cuando escribía de joven, esto aparecía en los versos pero no en
mi existencia. A medida que he vivido y envejecido, se ha acentuado, no
solamente en los poemas sino en mi propia experiencia. Ahora hay una mirada
cercana hacia eso que antes era literario, pero que estaba dentro. Es una
obsesión poética que luego se hace obsesión en la existencia, por eso también
aparece más.
Es
decir, ha habido un proceso de asentamiento, de introspección de las
experiencias vitales, sensoriales, que ha llegado a una expresión febril,
galopante. Estéticamente, ¿cómo se ha desarrollado dicha trayectoria?
Mi evolución ha tocado
diversos momentos. Había mayor sensorialidad al principio, luego, ha entrado el
pensamiento; después se ha decantado todo, y ha llegado el momento en que hay
una expresión desolada y seca, muy podada, por ejemplo, en la primera parte de Insistencias
en Luzbel (1977).
Pero en la segunda parte de ese volumen recobro otra vez la sensorialidad. En La
última costa
y en El otoño de las rosas hay
menos sensorialidad. Sobre todo en este último. Es como un libro de aguafuertes
sepia. De repente se hace mayor la palabra, más seca, más definitoria. No sé
qué ocurrirá en lo que escriba, sólo me expreso como el poema quiere hacerlo.
Cada libro pareciera una última etapa. Esto no me ha preocupado porque siempre
ha aparecido otro. Tengo quizá la misma obsesión pero ésta se expresa de
distinta manera. Sabiendo que mis libros tienen esa obsesión temporalista,
siempre estuve consciente de que ese tema no era limitado, que era la vida y
por lo tanto, me ha permitido una diversidad. Al escribir cada libro se refleja
el hombre que en ese momento se es y que es distinto al anterior. En ese
sentido no me preocupa que haya habido un libro así o asado. Lo que sí me ha
interesado es que cada volumen tenga su propio rostro. Hay un aire de familia,
claro, cada obra es un hijo de su padre y de su madre; me parece que no hay
deslealtades, pero que cada uno tiene su propia característica. Más bien me
preocuparía que salieran, con seis años de diferencia, unos gemelos.
Ha
dicho que El
otoño de las rosas es
su libro más cercano, más íntimo…
Es el libro con el que me siento
identificado y cercano quizá porque está escrito más cerca de mi edad actual. Y
es más vasto, toca muchos temas que han sido propios de mi obra.
Vives
ya en la estación del tiempo rezagado:
lo
has llamado el otoño de las rosas.
aspíralas
y enciéndete. Y escucha,
cuando
el silencio se apague, el silencio del mundo.
En
lo particular, ¿en qué etapa creativa y personal se encuentra?
Como siempre me encuentro
con poemas que aparecen cuando ellos quieren; luego, cuando pasa el tiempo y
hay una buena cantidad, conformo un libro. Éste se construye cuando empiezo a
ver en unidad. Por ejemplo, mi más reciente volumen, La
última costa,
inicia con poemas de la infancia y termina con poemas de la vida vista desde
más allá, desde el más allá. La construcción del libro es la guía más
iluminadora para el lector. Los poemas se potencian unos a otros. Ciertas cosas
que pueden estar no dichas en un texto se entienden gracias al conocimiento de
los otros. Y esto ocurre también con los libros. Por eso mi obra es muy unitaria.
Y
anímicamente, ¿cómo considera esta etapa?
Bastante buena, ¿y sabes
por que? Porque ya no le pido nada a la vida
Justamente,
hay un poema suyo que dice que está en paz con el pasado, con la memoria, con
los amores…
Si a la vida se le exige poco y se le agradece lo que nos da, se está en el camino de la felicidad. Creo que la madurez, que en mi caso ya es más que eso, posibilita esa instalación tan sabia y tan jus