CREATIVIDAD:
RETROSPECTIVA Y
PROSPECTIVA
Ricardo Marín Ibáñez
UNED
1. Introducción.
"Ahora
soy un hombre realizado: planté un libro, escribí un hijo e hice un
árbol". Así anunciaba su obra el escritor brasileño Agamenón
Mendes. Los tres testimonios clásicos de la creación:
el libro, el árbol y el hijo, han hecho aquí un sorprende trueque de su
génesis.
En
mi lectura cotidiana de la prensa, raro ha sido el día que no he encontrado la
palabra creatividad. Las situaciones, acciones, objetos y sujetos más variados
reciben el calificativo de "creativo" como un patente elogio o como
una demanda inesquivable.
Seleccionemos
al azar algunos testimonios. José María Gasalla, profesor de la Universidad
Autónoma de Madrid, dice: "Creo que en este país hay creatividad y
talento, sólo hace falta adoptar una actitud social adecuada". Se habla de
la creatividad de un jugador de fútbol como el montenegrino Mijatovic
o en su día el brasileño Pelé, capaces de desconcertar a los contrarios y
rematar la jugada con un sorprendente gol. Se postulan líderes sociales y
políticos creativos para resolver los problemas que nos asedian. Y esta demanda
la he constatado en discursos casi simultáneos de Gorbachov,
del Rey de España Juan Carlos I y del Papa Juan Pablo II.
¿Por
qué esa solicitud insistente, a veces angustiada, de creatividad?. ¿Nos encontramos ante un término único, con una precisa
significación en la que en general se está de acuerdo, o es una palabra
polisémica, equívoca, donde cada cual pone un sentido arbitrario, singular?. ¿Es una moda pasajera como determinó la Academia Francesa
de la lengua, mayoritariamente, en una sesión en 1971, o es una corriente
definitivamente instalada que avanza en espiral o tal vez en zigzagueante
singladura, pero en ascenso seguro?. ¿Podremos
diagnosticarla y cultivarla pasando de la fase de la opinión al seguro camino
de la ciencia?. ¿Tenemos experiencias, modelos,
investigaciones, que nos lleven a conclusiones válidas, generalizables?.
2. Delimitación
de la creatividad como innovación
valiosa
1.1. Innovación.
Después de analizar una amplia bibliografía sobre
el tema, he llegado a la conclusión de que este término que encontramos en los
contextos más variados, puede ser reducido a dos rasgos capitales. Uno es innovación, en el que todos parecen
convenir, bajo las expresiones más variadas. Se trata de algo que antes no
existía, divergente, que rompe la rutina, sorprendente, original, es una
aportación novedosa, algo previamente desconocido, que surge de modo
inesperado, imprevisto. Este es el indicador más universalmente aceptado, más
fácil de reconocer y de alcanzar. Basta abandonar los caminos trillados, las
vías transitadas. Y cuanto más nos apartamos de lo usual, tanto más nos
sentimos innovadores.
El
arte es el ámbito al que la novedad le es consustancial. Es una lucha
permanente por buscar nuevos motivos, técnicas, enfoques y soluciones. Un día Kandinsky al entrar en su taller se queda asombrado de los
hermosos impactos cromáticos de un cuadro visto de espaldas y atravesado por
una luz solar, que adquiría matices subyugadores. La belleza del color no tiene
por qué depender de la forma. Ha nacido una corriente caudalosa de
posibilidades inexplotadas.
La
historia de la humanidad se ha venido centrando en las luchas de cada pueblo,
nación, etnia, cultura o religión, para imponer a sus vecinos su modo de vida,
su cosmovisión, ampliando sus fronteras geográficas. Dos guerras devastadoras
en el siglo XX, la de 1914-18 y la de 1939-46, especialmente la segunda, pudo
haber llevado a una hecatombe universal. ¿No podíamos plantear la relación de
los pueblos exactamente al revés, pasar de las guerras aniquiladoras a una
fecunda colaboración?. Si las fronteras son una causa
permanente de disputas, por qué no intentar suprimirlas?.
La propuesta de Monet y Schuman
-entre tantos otros- ha sido una de las más innovadoras del siglo XX. Mirar la
realidad desde otra perspectiva puede dar un giro espectacular a la historia.
1.2. Valiosa.
He aquí un segundo atributo menos unánime pero
que estimamos decisivo. Algunos se resisten a hablar del valor porque esto
implica sumirse en el campo de la subjetividad, de las disputas sin fin. Aquí
no hay modo de llegar a un acuerdo. Y resulta peligroso entrar en terreno tan
resbaladizo ya en la propia definición. Sin embargo, ni teórica ni
prácticamente hay modo de evadir la cuestión de los valores. ¿Enmudecemos ante
cualquier cambio artístico, político o social?. La
realidad es que no dejamos de enjuiciar de la mañana a la noche, y más si se
trata de una innovación que nos afecte. El hombre es un ser valorante,
no podemos contener ese impulso -tan humano- de considerarlo todo bajo normas y
patrones que estimamos mejores que sus contrarios. Ahora mismo cada uno de
ustedes, están apreciando o despreciando mi mensaje, considerando si vale la
pena o no, si responde a sus expectativas, si les aporta algo. En cada instante
estamos estimando o desestimando, menospreciando, anteponiendo y posponiendo, y
así lo manifestamos en nuestra palabra (a veces con evidentes cinismos y
contradicciones), en nuestra conciencia (no siempre coherente ni consecuente) y
en nuestra conducta, tantas veces insincera.
Pero no es sólo una cuestión fáctica. Por
encima del hecho de un permanente enjuiciamiento de lo demás y los demás, está
esa contradicción de querer suprimir de la creatividad todo juicio de valor y
considerarla a ella misma como un valor positivo, necesario, urgente. Si
eliminamos el rasgo del valor no hay modo de distinguir el acierto del error,
la innovación genial de una chapuza intrascendente. ¿O es que significa lo
mismo repoblar una zona cubriendo un páramo de una arboleda lujuriante o quemar
un bosque, sembrar la paz o atizar guerras y discordias, respetar la dignidad
de todos o levantar los demonios del racismo, la xenofobia o la violación de
los derechos humanos?.
Allí
donde descubramos una innovación, y que aporte algo en cualquier ámbito del
valor (salud, utilidad, belleza, verdad, justicia, convivencia superior o
convicciones que den sentido a la vida) estamos ante una creación. Nuestra
definición es sencilla: crear es toda innovación valiosa, nos
encontramos ante algo nuevo y válido.
Una
definición debe ser algo más que un ejercicio intelectual, con ser esto ya
mucho. Debe tener una ambición operativa, pues como decía Kurt
Lewin, nada hay más práctico que una buena teoría.
Nuestra
definición resuelve la vieja polémica y despeja el vetusto prejuicio de que la
creación sólo se da en contados genios, en momentos felices y el resto lo cubre
el velo de la vulgaridad. Todos los que enriquecen la existencia con algo nuevo
están alineándose en el frente de los creadores. No es preciso ser un premio nobel. Einstein, Edison, Mozart, Picasso o Shakespeare, sin duda lo son, pero un
chiste, la casa decorada con gusto, un plato vistoso y sabroso, o una mediación
acertada que despeje un conflicto, son gestos creadores.
En
el plano psicológico, el testimonio de J.P.Guilford
resulta decisivo. De los 120 factores que asigna a la mente, 24 corresponden a
la producción divergente que resultan de la interacción entre los cuatro
contenidos (figurativo, simbólico, semántico, de la conducta) con los seis
productos (unidad, clase, relación, sistema, transformación, implicación).
Guilford amplió el ámbito de la creatividad y al final de sus investigaciones
llegó a la conclusión de que prácticamente la mitad de los factores mentales
estaban implicados en las conducta creadoras. Es decir, todos tienen
potencialidades creadoras.
Actualizar
las potencialidades auténticamente humanas -frente a las puramente animales-
desplegar las mejores virtualidades de cada cual, haciéndole pasar de la
persona que cada uno inicialmente es, a una lograda personalidad, es el
objetivo de toda educación. El lema de Píndaro, el
cantor de los juegos olímpicos en el mundo griego "llega a ser lo que
eres", es el nervio de la creatividad. Frente al panorama chato, sin
perspectiva, descorazonador y aun fúnebre, hecho de pasividades, hedonismos,
exigencias ilimitadas e infecundos egoísmos, la creación llena de sentido la
vida. La grandeza humana se mide, no por lo bien que alguien "se lo ha
pasado", sino por los bienes que forjó, si es con sacrificio, más
meritorio todavía.
La
conclusión es patente. Educar es humanizar al hombre desplegando sus mejores
posibilidades, es capacitarle para una eficaz inserción y donación
socioprofesional y cultural, es crear en sí mismo y en torno suyo
bienes inéditos. Educar es crear valores, es ayudar a que cada cual
potencie sus capacidades creadoras.
3. Indicadores de la creatividad.
Una
definición es sólo un trazado de límites. Separa la realidad mencionada de lo
demás. El riesgo en el que suele caerse con demasiada frecuencia es querer
incluir en la definición la especificación de todas las realidades comprendidas
en ella. Por eso se llega a la pintoresca afirmación de que es tan compleja la
creatividad, tan multiforme e impredecible, que no hay modo de definirla. Lo
cual es flagrante contradicción, pues es como afirmar que la idea que tenemos
de ella es tan confusa que no podemos distinguirla. ¿Entonces cómo separarla de
lo que no es, y cómo se habla tanto de lo que se desconoce?.
Esto
no significa que con una buena definición tengamos resueltos todos los
problemas. Entrar en la compleja orografía de la creatividad, descubrir sus
cimas, valles y derrumbaderos, es una cuestión siempre abierta. Cada ámbito
cultural tiene sus propios perfiles. El descubrimiento científico ha implicado
nuevas teorías y métodos pero la realidad es la que tiene la última palabra.
Desvelar nuevos ámbitos exige una paciente, colectiva conjunción de esfuerzos
para comprobar si las hipótesis eran acertadas o no.
La
tecnología parece gozar de un ámbito mayor de iniciativa: la informática es un
ejemplo elocuente, pero también tiene sus límites. En el ámbito de la ciencias humanas, la libertad es mayor. Y cuando nos
encontramos con un material que no ofrece prácticamente ningún límite, como es
el caso del lenguaje, las posibilidades son innumerables. En todo caso aquí nos
enfrentamos con leyes morales, no físicas. Por ello cuando se habla de creación
sin más, suele entenderse de la literaria y más directamente de la poesía, y
aun dentro de estas de la lírica.
Tres
citas bastan para ejemplificar algunas de sus ilimitadas posibilidades:
Quevedo siente el imperativo ético
del escritor en su Epístola al Conde-Duque de Olivares:
"No he de callar por
más que con el dedo,
ya
tocando la boca, ya la frente,
silencio
avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un
espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir
lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo
que se siente?"
Rubén Darío en ocasiones reduce el
lenguaje a pura musicalidad, como en su Responso a Verlaine:
"Padre
y maestro mágico, liróforo celeste,
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste,
diste tu acento encantador.
Pánida, pan tú mismo que coros condujiste,
hacia el propíleo sacro que amaba
tu alma triste,
al son del sistro y del tambor".
El dadaísmo que pretendió romper
toda lógica y aun todo sentido, como en aquella poesía de Rafael Alberti:
"5
x 5 aún no eran 25.
El
señor presidente ha perdido su sombrero,
yo no he perdido nada
¿Qué
son buenos días?.
Del
descubrimiento científico a la invención tecnológica, hasta el mundo artístico
pasando por el social, hay una línea donde la libertad y el valor mantienen una
dialéctica apasionada, con el predominio alternante de uno u otro.
4. Una mirada retrospectiva a
la creatividad.
Una
breve mirada a su pasado nos permitirá conocer mejor qué es la creatividad,
pues en el mundo del espíritu, como dirá Hegel, ser
es haber sido, o como precisará Heidegger, la
existencia precede a la esencia, somos según hemos existido.
En
estricto rigor habría que retrotraernos a toda la historia. Al hombre le es
consustancial su condición creadora, lo que no implica que esta dimensión la
actualice siempre, ni en la misma medida. Ser hombre es perseguir valores,
encarnarlos, trascender lo presente, anhelar nuevas cotas valorales.
¿Qué seríamos si se nos despojara de la abrumadora riqueza histórica de la que
somos olvidadizos herederos?. Aunque no siempre damos
en la diana de los valores, y los antivalores nos
asedian como la sombra al cuerpo.
No
nos referimos ahora a la creación en su sentido cósmico que tiene aquel escueto
y sobrecogedor testimonio: "En el principio creó Dios el cielo y la
tierra" con que se abre el Génesis. Nuestra ambición es más modesta, nos
referimos sólo al siglo XX y cuando ha habido una explícita consideración de la
creatividad.
Hay
cuatro momentos fundamentales en la historia de la creatividad: El primero se
sitúa poco antes de la última conflagración mundial (1936-45) y su ámbito es el
mundo industrial y comercial, urgido
de innovaciones en una economía competitiva. Crawford,
con su obra Tecniques of
creative thinking
(1931) (Técnicas del pensamiento creativo), es cita obligada de la creatividad.
Osborn la desarrollaría en la propaganda comercial y su obra Applied Imagination (1953)
es ya clásica. En ella expuso el "brainstorming"
o torbellino de ideas, en el que impulsaría la fase productiva de ideas, sin
restricción alguna, y la separaría de la crítica posterior; después selecciona
las más adecuadas para el propósito establecido. Las investigaciones han
probado la eficacia del método, como la realizada por Parnes
en la Universidad de Buffalo (Nueva York). El rasgo
que más subraya esta técnica y ha quedado definitivamente incorporado es el de
la "productividad", también designada como "fluidez". Se
estimula a que los participantes expresen cuantas ideas se les ocurran, sin
límite ni cortapisa alguna. Sólo cuando disponemos hasta de la última
ocurrencia, estamos seguros de poder seleccionar lo válido, sin olvido alguno.
La cantidad es la condición de la calidad en esta técnica.
Tras
la guerra (1939-45) el movimiento es acogido en las universidades. El punto de referencia inevitable es el Colegio
Universitario de Buffalo (Nueva York) que en 1949
iniciaría su primer curso y que pronto pasaría a numerosos centros de enseñanza
superior. Buffalo se ha convertido en un epicentro de la corriente creativa.
Desde 1955 desarrolla anualmente, en verano, un seminario que designa Creative problem solving institute. La revista
The journal of creative behavior, se
publica trimestralmente desde 1967 y es el máximo órgano de expresión de esta
tendencia. En 1975 se inició el "Master de ciencias de la
creatividad", con carácter interdisciplinar. Conviene hacer hincapié en
este enfoque, porque es un rasgo que suele acompañar a las innovaciones. Cuando
la realidad se contempla desde ángulos múltiples, tenemos más posibilidades de
abandonar las vías trilladas y arribar a nuevos continentes. El libro de James Watson La doble hélice, en que se narra el
descubrimiento en 1953 de la estructura del ácido desoxirribonucleico (ADN), la
materia genética fundamental -uno de los acontecimientos científicos más
importantes del siglo XX- es una prueba de las virtualidades del enfoque
interdisciplinar. Químicos, biólogos, físicos, especialistas en cristalografía
y rayos X, y otros con una buena preparación matemática, constituyeron un
nutrido grupo multidisciplinar, que hicieron posible el sensacional
descubrimiento, cerrado a cal a canto cuando se atacaba desde una sola
perspectiva.
En
un tercer momento la creatividad pasa al resto del sistema educativo. Bien
conocido es The productive
thinking program (el
programa del pensamiento productivo) que publicaron en 1966 Crutchfield
y Davis, dirigido a los alumnos de quinto y sexto
grado. El programa se basa en la resolución de problemas. Al alumno se le
recomienda que piense en otras posibilidades, mire el problema bajo una
perspectiva diferente, que busque nuevas ideas. Cuando haya datos
contradictorios debe buscar una idea que los unifique... Quizá las obras más
difundidas ha sido "Los libros de ideas de Meyer
y Torrance" (1964). El reproche generalizado a estos programas es que no
están integrados en el currículo con lo cual su aplicación es limitada.
En la década de los 70 aparece un giro en los
programas de creatividad. Sin abandonar las líneas precedentes hay una
preferencia por la preparación en campos específicos. Puede servir de modelo la
obra Patterns of problem solving (Modelos de
solución de problemas) de 1975, elaborado por Rubinstein.
Se trata de un curso de ingeniería en la universidad de California, pronto
difundido en numerosos centros. La solución de problemas y la elaboración de
proyectos individuales y en equipo, son el eje del curso a lo largo del cual el
alumno recibe no sólo conocimientos sino además técnicas creativas, ceñidas al
ámbito de la ingeniería.
A
partir de los 80 se ha impuesto la idea de que la creatividad requiere
conjuntamente una preparación específica en los respectivos campos y una
cuidadosa metodología creativa que dinamice los conocimientos y habilidades
adquiridos, en una permanente actitud de alcanzar cotas superiores y resolver
nuevos problemas. La heurística debe enseñarse dentro de contextos
específicos. Simon asegura que los grandes
maestros de ajedrez tienen memorizadas unas 50.000 posiciones y necesitan unos
diez años de preparación. Polya asegura que se
aprende a ser creador, a resolver problemas de un modo novedoso, igual que se
aprende a nadar, esquiar o tocar el piano, es decir, sumiéndonos desde el
primer momento en la práctica del aprendizaje o de la creación.
Los
proyectos industriales y comerciales en la primera mitad del siglo, su impacto
en programas educativos, primero en la enseñanza superior y luego en el resto
del sistema educativo, ha dado lugar, a partir de los años 80, a lo que se
designa como ingeniería cognitiva. Se demanda conjugar, como los dos
filos de una tijera, los conocimientos y habilidades requeridas en un campo
determinado, con las estrategias innovadoras de resolución de problemas, que
dinamicen el pensamiento, lo hagan operativo, y lo impulsen a una irreprimible
trascendencia.
¿Cuál
es el nuevo giro de la creatividad?. Todos los
momentos anteriores tienen un signo común. Se inscriben en lo que los clásicos
llamaban "facere", hacer, fabricar,
producir, o si se prefiere, en el mundo de la técnica. Se trata de reglas para
el bien hacer, en este caso para resolver los problemas que nos plantea el
entorno. Hoy habría que consignar un progresivo desplazamiento hacia el "agere", es decir, hacia la conducta humana, y más
concretamente hacia el comportamiento ético. Sencilla y comprometedoramente, la
creatividad se va convirtiendo en una exigencia moral.
El
riesgo, cuando se llega a este campo de la ética, es de trivializar los valores
más profundos que sacuden la raíz de la persona. Los valores morales, como
decía Kant con universal asentimiento, se
caracterizan porque son algo que obligan sin condiciones. Todos ustedes
han venido libremente al Congreso, y libremente eligen ir a una sesión o otra, continuar en él si responde a sus expectativas o
sencillamente dejarlo por otra actividad más provechosa o gratificante. Lo
mismo acontece con gran parte de las actividades cotidianas. La cosa cambia
cuando se trata de compromisos mayores. Ya resulta más difícil afirmar por
ejemplo: "Acudiré a mi trabajo si el lunes no arrastro la resaca del
domingo", sobre todo si mi actividad resulta decisiva para la marcha de la
empresa. Y no hay modo de sostener afirmaciones como ésta: seré perjuro ante el
juez si me lo pagan bien, o acabaré con la minoría "x" si se me
presenta la oportunidad. Cuando se trata de los valores fundamentales como la
vida y la dignidad de las personas, mi libertad choca con un muro éticamente
infranqueable aunque físicamente lo pueda aniquilar. Sencillamente el
imperativo pasa a ético cuando están en juego los valores capitales humanos.
Estamos
pues en lo que pudiera designarse como el quinto giro de la creatividad. Del
ámbito comercial e industrial pasó a la universidad, de aquí a todo el sistema
educativo, después con la ingeniería genética intentó penetrar el mundo
profesional, y ahora pretendemos que impregne toda la vida y que no sólo se
circunscriba a la configuración del mundo exterior, sino al
comportamiento típica, noble y esforzadamente humano.
La
creatividad supera la pesadumbre del círculo asfixiante del tener, y
quiere, debe, ganar la radicalidad del ser. Se trata ya no sólo de la
técnica, sino de un nuevo estilo de vida.
Decía
el viejo maestro chino Lao Tsé
en su Tao te king, que cuanto más se habla de
algo, mayor es su carencia. Nadie menciona más la comida que el hambriento, ni
el afecto y la compañía que quien sufre la desoladora soledad, y la justicia es
reclamada más desesperadamente por quienes sufren las flagrantes injusticias.
La
insistencia en reclamar el comportamiento ético, en protestar contra la
corrupción, puede ser indicador de una nueva mentalidad que subraya más el
valor de la persona que el de los bienes materiales, o puede revelar las graves
carencias del comportamiento moral en la vida privada y en la pública.
En
cualquier caso, el ideal ético emerge con vigor y, demandado con mayor o menor
sinceridad, se va imponiendo en el horizonte.
La
creatividad tiene que responder al signo de los tiempos y éste se centra en los
valores personales. Y los ambientales, los tecnoeconómicos,
el mundo del confort, sólo en tanto y en cuanto ayuden a la aventurada eclosión
de la personalidad de cada cual.
Cada
época puede definirse por su actitud ante la temporalidad. El viejo vive de
recuerdos, el joven de proyectos, y la edad madura mantiene un equilibrio entre
el pasado en el que se instala, el presente que domina y domeña con mayores
recursos y un futuro cuyos límites evanescentes quedan siempre reducidos a lo
posible, lo factible y lo pragmático.
El
tiempo que vivimos está centrado en el éxtasis del futuro como diría Heidegger. Para el pasado, apenas si tenemos tiempo ni
humor, aunque una atinada valoración deberá arrancar de él, para construir el
futuro sobre la sólida roca de lo ya logrado y continuar las líneas más
dinámicas en expansión incesante. En todo caso el presente parece ser el
momento temporal de las generaciones ya instaladas en la historia.
La
creación es por esencia futurizante. El pasado,
irremediablemente, ya se entregó y nos condiciona. El futuro, nos invita a ser
activos protagonistas de nuestro ser y de la modesta parcela de la realidad que
depende de nosotros.
Nuestra
propia personalidad depende de los bienes que multipliquemos en torno nuestro y
del rango de los conocimientos, habilidades y actitudes que configure nuestro
ser. El dilema es claro, o creamos o negamos y renegamos de nuestro ser,
esencialmente trascendente, superador de todas las circunstancias,
irremediablemente tenso hacia valores que aun no son, y hacia posibilidades
incesantes que debemos traer a la existencia.
Estamos
en el quicio del mundo del ser y del deber ser, de la realidad que nos
condiciona y de los ideales que nos atraen. La creación es la única manera de
unir los dos horizontes, que son el horizonte dinámico de nuestra propia
existencia.
Nuestra
definición de la creatividad: innovación
valiosa, las investigaciones psicológicas que prueban que todos tienen un
apretado haz de capacidades creadoras y las urgentes demandas según el signo de
los tiempos, llevan a la misma conclusión: la creación es el sentido de la
existencia y el nuevo perfil que adquiere la realidad sociológica y cultural.